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Sarah Babiker

Periodista madrileña, especializada en género, con predilección hacia los Sures del mundo y cierta tendencia al desnorte. Colaboradora de espacios y medios comprometidos con la transformación social. Viví en Italia, Marruecos y, sobre todo, Argentina, de donde me traje dos nenas pequeñitas, un porteño, y un gato. Retornada a Madrid hace un par de años, actualmente escribo en El Salto, CTXT o Tribuna Feminista.

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Que tus hijos cumplan años es bonito hasta que empieza a ser un agobio: de un puñado de chuches a las macrofiestas

¿Tus hijos cumplen años este año? Imagino que sí, la gente, incluso la pequeña, tiene esa costumbre. ¿Van a un colegio donde concurren otras muchas personas de su edad? Lo más probable es que también, caso contrario estarías infringiendo la ley y alguna convención de la ONU. Sucede que la intersección entre el ritual del cumpleaños y el contexto de socialización del colegio genera situaciones tirando a estresantes. Al menos eso sugieren las caras que pone la gente cuando preguntas: “¿y tú cómo llevas lo de los cumpleaños infantiles?”

He agrupado las reacciones en tres gestos comunes. A) Resoplidos de hartazgo de quienes ven la celebración de los cumples infantiles como una molesta obligación social que querrían abolir. B) Semblantes aliviados de quienes, gracias a complejos consensos, han dado con la fórmula para estandarizar el proceso y que no sea muy costoso. C) Sonrisas triunfantes de quienes pasan la prueba con excelencia y encabezan – en despliegue y recursos – el top cinco de los cumples de tercero de primaria. Tres formas de transitar un universo complejo y sorprendentemente normativizado, con sus códigos que seguir, y que a veces nos desbordan.

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Ansiedad, rechazo y otros sentimientos frecuentes tras el parto: "Todo el mundo celebraba la llegada de mi hija menos yo"

Al introducir las palabras “foro postparto” en el buscador de Internet, la pantalla devuelve miles de resultados. Son mayoritarios los mensajes que hablan de depresión o de ansiedad, mucho menos frecuente es encontrar a mujeres que acudan a los foros para hablar de las maravillas de las primeras semanas de la maternidad. Es fácil visualizar a las miles de autoras de estos post, somnolientas y tristes, doloridas y desconcertadas, frente al ordenador, buscando una respuesta al malestar que sienten en las experiencias de otras mujeres desconocidas que de pronto parecen muy cercanas. Preguntándose si lo que les pasa es normal, enfrentándose a emociones que no se corresponden a las esperadas.

Así estaba Elena al poco de ser madre a los 23 años recién cumplidos. En un momento estaba embarazada y al despertar de la anestesia, tras una cesárea programada, ya no lo estaba. “Siempre me ha dejado un poco de marca, despertar y ver a mi hija ahí en una lámpara de calor alejada de mi”. Al principio solo conseguía cogerla para darle el pecho. “Al segundo día de haber nacido la niña empecé a sentirme triste y con bastante ansiedad, era incapaz de dormir de noche ni de día, lo achaqué a la estancia del hospital, así que al darnos el alta nos fuimos a casa, pero seguía sin librarme de esa sensación, tenía una niña preciosa, sana, maravillosa, todo el mundo me felicitaba y celebraba el nacimiento de mi hija, menos yo”.

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Dejemos de hablar de apego o sobreprotección y hablemos de cuánto cuestan las escuelas infantiles

Hace pocas semanas mi hija mayor cumplió cinco años. Los días anteriores, me sentí como en una película de Ken Loach, recorriendo mi barrio empobrecido mientras hacía cálculos sobre cuánto para la fiesta y cuánto para el regalo y cuánto para la tarta. Yo soy de una generación bisagra entre la promesa de progreso del fin del siglo XX y la precariedad como horizonte de este siglo. A quienes rozamos ese relato nos da cierta vergüenza admitir que a ratos nuestra vida es una versión con un poco más de glamour y un tanto menos de miseria de las películas de Ken Loach que veía en la filmoteca de la Facultad de Periodismo, allá en los noventa, cuando aún no sospechábamos que la Inglaterra triste post Tatcher, la dignidad permanentemente golpeada, la mera supervivencia puesta en cuestión bajo el mantra neoliberal del "No hay alternativa" sería nuestro panorama vital al cambiar el milenio.

Esto es un artículo sobre maternidad en el que no voy a hablar sobre si los niños son más o menos molestos en los restaurantes. Tampoco voy a valorar si mi vida era mejor antes que ahora, no me compré una aspiradora, tengo dos hijas, no suman ni restan, son de otra naturaleza que ni los planteamientos cortoplacistas de la felicidad, ni cierta idea consumista de "libertad" acaban de asumir o procesar.

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