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Susana Ruiz

Profesora de artes plásticas, ilustradora, diseñadora gráfica e interiorista. Con la política por vocación (coordinadora del Comité Ciudadano de Santander Sí Puede) y la escritura por salud mental, voy sobrellevando la vida.

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Huelga de hambre por nuestros derechos

Hace unos días conocí a Antonio. Se puso en contacto conmigo a través de la conocida red social del pajarito y hablamos un rato largo por teléfono. Desde entonces, sobrecogida por su historia, este artículo ha estado dando vueltas por mi cabeza con esa necesidad que tienen a veces los textos no escritos de golpearte la conciencia incesantemente para salir al mundo.

Antonio es un enamorado, un amante del patrimonio cultural y natural de su pueblo, Santoña. El monte Buciero, que majestuoso protege el pueblo costero, es su segunda casa. Pero como algunos amores condenados de antemano, esa pasión le ha llevado a vivir un vía crucis demencial. El calvario de este hombre comprometido con la salvaguarda de la historia y del entorno natural comienza hace nueve años y ha escrito su enésimo capítulo al iniciar una huelga de hambre este pasado miércoles ante el Gobierno de Cantabria.

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La fiebre: breve crónica de un delirio

Este año me ha tocado pasar la gripe. Es curioso cómo nos afectan estos pequeños accidentes de la salud. Nuestros cuerpos, todopoderosos y aparentemente inquebrantables, resistentes a los envites diarios del estrés y las dolencias menores, de repente se derrumban ante un virus cualquiera que nos postra en una cama durante días. No es que mi caso sea único; de hecho, solo soy una de las cientos de personas que han pasado o están por pasar esa enfermedad, característica de la época del año en la que estamos y que alcanza ya los niveles de epidemia en nuestra comunidad. Mal de muchas, consuelo de tontas, dicen.

Lo que ha diferenciado mi gripe de la de otros años ha sido la fiebre. Cual amante goloso, me ha arrastrado a la cama. Me ha hecho sudar, temblar. Ha incendiado mi cuerpo, dejándolo roto para volverlo a hacer arder horas después. Sin descanso, en una suerte de orgía lisérgica, entre paracetamol y delirios. No sabiendo muy bien si mi discernimiento entre la realidad y las alucinaciones febriles estaba viéndose afectado de manera permanente.

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Los fuegos del diablo

Acabamos de cerrar las fiestas. De nuevo, las imágenes de las celebraciones de este año poblarán nuestros recuerdos, con su sabor agridulce; por los reencuentros y las ausencias, por las risas infantiles y las lágrimas nostálgicas de navidades pasadas. Como un fantasma de ruido y luces, este periodo que nos obliga a ser felices según mandan los cánones y los anuncios de televisión, nos abandona para dejar paso a la cotidianeidad de las lentejas.

Día de la marmota eterno, las navidades se mantienen fieles a unas tradiciones que algunos partidos quieren convertir en símbolos patrios, ahora que esta tan de moda presumir de españolidad. Este año el PP se descolgaba con una nueva medida que sacará a nuestro país del marasmo institucional y resolverá los problemas de la mayor parte de nuestros conciudadanos: declarar al Belén patrimonio de la humanidad. Que no digo yo que no tenga su cosa, pero puestos a elucubrar, y viendo por donde discurren últimamente los derroteros de las ocurrencias políticas, es posible que se cree una regulación belenística y no quepa en ellos nada que pueda ofender al sentimiento patrio que parecen representar. Me imagino, por un suponer, que el famoso 'caganer' catalán quedaría fuera; que los Reyes Magos de Oriente, tendrían dificultades por aquello de la inmigración ilegal y que a María y a José se les debería exigir un título de propiedad del establo, que me da que están de okupas.

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Feminismo furioso

El pasado 17 de diciembre apareció el cadáver de Laura. A estas alturas no hace falta que explique quien era ni qué le sucedió. Ni siquiera hace falta que explique el porqué. Pasara a ser otra más de la larga lista de mujeres asesinadas este año, solo que ella no contará como víctima de violencia de género porque su asesino no tenía una relación sentimental con ella. Como tantas otras. Parece que el Gobierno, en virtud del Pacto de Estado contra la Violencia de Género, está recogiendo esas cifras de mujeres asesinadas fuera del ámbito íntimo para elaborar otra estadística. Otra más. El dolor queda para su familia y amigas, para los que la apreciaban y tenían cerca. La sociedad, de nuevo, se agitará unos días y volverá a sus tareas cotidianas, a celebrar la navidad aunque una de nosotras ya no esté para brindar en Nochevieja.

He preferido dejar reposar unos días la noticia. Días en los que he observado, escuchado y leído las reacciones que ha desatado este crimen. Y los que le han seguido, porque después de Laura, no han parado las violaciones, las agresiones y los intentos de asesinato.

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El cajón de los monstruos

Hoy les quiero invitar a leer un cuento, 'El monstruo del cajón'. Cuenta la historia de una niña que dibujaba todos sus sentimientos, incluidos la tristeza o la ira. Hasta que un día esos dibujos del cajón cobraron vida. Es una historia que nos enseña a no tenerle miedo a las emociones, por muy terribles que nos parezcan. Nos enseña a mirarlas a la cara, a enfrentarlas.

Algunas llevamos años dibujando monstruos. Poniéndoles nombre, gritando a los cuatro vientos que los teníamos escondidos en un cajón pero que en cualquier momento podían salir de él para difundir su mensaje de odio e intolerancia. Nos los hemos ido encontrando en las calles, tomando la forma de asociaciones filo-fascistas, repartiendo alimentos solo para los españoles. Dando palizas a migrantes y a personas que muestran abiertamente una sexualidad contraria a su ideología. Y también en las instituciones, protegiendo el callejero franquista o permitiendo loas al dictador en el mismo pleno de Santander. Muchos nos tachaban de alarmistas, de nostálgicos de la guerra civil, de querer reabrir heridas (como si se hubieran cerrado alguna vez) o simplemente de revanchistas.

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La teoría del pegamento

Hace tiempo un querido amigo me explicó algo muy obvio acerca de las relaciones humanas. Utilizando la metáfora, una sencilla herramienta retórica, abrió una compuerta que me he negado a cerrar. “Coge un plato. Ahora tíralo al suelo. ¿Se ha roto? Pídele perdón. ¿Se ha arreglado?”. Nosotras, como ese plato roto en el suelo, no podemos ser reparadas cuando nos dañan simplemente con pedir perdón.

El plato necesita que le recojan, que cuenten esos pedazos en los que se fracturó y los coloquen con mimo encima de una mesa. Con mucho tiento, paciencia y cariño, recompondremos el puzle de su fisonomía. Y con el mejor pegamento uniremos uno a uno esos trozos, a veces minúsculos, para que vuelva a estar completo. Después tendremos mucho cuidado con él. Deberemos tratarlo de forma diferente a otros platos, enteros y sin tacha, porque sabemos que en cualquier momento un mal golpe puede acabar con nuestro querido plato definitivamente roto.

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Flores y velas contra el dolor

87 mujeres y 10 menores. Esas son las cifras que arroja la violencia machista en nuestro país en lo que llevamos de 2018, según feminicidio.net. Casi 100 asesinatos, que se vienen a sumar a los más de 900 contabilizados desde el 2003, año en que se empiezan a elaborar estadísticas. No hay velas ni flores en el mundo que calmen el dolor que hay detrás de cada uno de ellos. Las heridas que dejan en el entorno de las víctimas no pueden ser paliadas por ningún acto simbólico, por ninguna declaración institucional, por ninguna manifestación.

Pero todas y cada una de esas reivindicaciones públicas contra la violencia de género tienen una función: recordarlas. Ponen el foco mediático en un problema estructural de nuestra sociedad, que debe ser erradicado más pronto que tarde. Cada vez que un grupo de mujeres se reúne y honra la memoria de las que ya no están entre nosotras, víctimas de quienes decían amarlas, remueven la conciencia de todas. Cada vez que se enciende una vela en cualquier lugar de nuestro país para llorar a los menores que han visto su vida rota por un padre que prefirió castigar a su madre quitándole lo que más quería, se nos encojen las tripas. No olvidamos, no perdonamos. Y eso es lo que pretendía la concentración del pasado 2 de noviembre frente a la sede de la Delegación de Gobierno de Santander: ser nuestra memoria colectiva.

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Muros para los otros

Quiero que os situéis. Estamos en pleno otoño, en la bahía de Santander. El tiempo acompaña, porque el verano se ha estirado algo más de lo habitual en estas tierras. Damos un paseo por el frente marítimo y una de las construcciones que llama nuestra atención es el Puerto, con esos enormes ferris atracados, símbolo del turismo floreciente de una ciudad escaparate. Centenares de pasajeros vienen y van, curioseando por las calles de ese escenario elaborado por quienes llevan años gobernando, centrados en dar buena imagen al de fuera, aunque en otras zonas de la ciudad se amontone la basura al lado de los contenedores o se nos caigan edificios.

Y parece ser, según nos cuentan las autoridades competentes, que tenemos un tropel de inmigrantes intentando saltar la valla del Puerto de Santander. Una se imagina, ante el discurso de la "masiva" llegada de albaneses que intentan colarse de polizones en los barcos que viajan al Reino Unido, a centenares de personas, agazapadas, esperando el momento oportuno para saltar la valla en plan horda vikinga. Y claro, ante ese relato terrorífico, aceptamos borreguilmente que nos levanten un muro de cuatro metros para impedir tamaño atentado a nuestro estado de derecho.

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Diagnóstico: colapso

Me encanta pasear. Es un vicio más o menos confesable, así que no tengo mucho problema en hacerlo público. Otros no lo son tanto. Y aunque en los tiempos que corren seguramente haya algún lobby hater de los paseos, el riesgo merece la pena. Me encanta pasear, por lo que tiene de cadencia. Ver deslizarse el paisaje, despacio, al ritmo de los pies. Mi respiración, el aire, el golpeteo de los zapatos contra la tierra o el asfalto, invitan a la reflexión, a la conversación, a las confesiones. Porque el paseo no es solo el tiempo que tardamos en ir de un sitio a otro. Es ese paréntesis que abrimos en la vorágine de lo cotidiano para pasarlo con nosotras mismas o en compañía, dejando transcurrir los minutos sin prisa, en un alarde de derroche de nuestra propia existencia.

Esos paseos me suelen llevar, como las niñas curiosas, a adentrarme en los caminos de nuestra bella Cantabria. Senderos que serpentean entre árboles, casas viejas y pastos verdes. Eso sería lo ideal en un mundo de piruletas y arcoíris.

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Tres monos sabios en el Ayuntamiento de Santander

Al norte de Tokio, en el santuario de Toshogu, se encuentra la escultura que representa a Mizaru, Kikazaru e Iwazaru, los tres monos sabios. Aunque el significado de esta talla datada en el siglo XV es complejo, la interpretación popular del mito ha sido desde siempre la recomendación de rendirse al sistema feudal; no ver, no oír y no poner voz a las injusticias.

Y se preguntarán qué narices pintan los tres monos japoneses estos en el Ayuntamiento de Santander. ¿Será quizás una nueva ocurrencia en materia de promoción turística? ¿Un original modelo de integración de minorías? ¿O un genial guiño a los colectivos animalistas? La verdad es mucho más sencilla: se los ha comido José Ignacio Quirós, concejal de Medio Ambiente, Movilidad Sostenible y Servicios Técnicos.

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