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Susana Ruiz

Profesora de artes plásticas, ilustradora, diseñadora gráfica e interiorista. Con la política por vocación (coordinadora del Comité Ciudadano de Santander Sí Puede) y la escritura por salud mental, voy sobrellevando la vida.

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De parodias

"Teatro, lo tuyo es puro teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro", cantaba La Lupe, poniendo voz a la letra de Tite Curet Alonso. Y así es la vida, un enorme teatro en el cual cada una de nosotras asume el papel de protagonista de su propia representación, de directoras de la misma, de guionistas, e incluso de público en algunos momentos. Vamos escribiendo nuestras pequeñas historias, cambiando de papeles y reescribiendo las partes que nos duelen para poder seguir representando hasta que cae el telón de forma definitiva. Sin bises finales.

La política es aún más teatro. Aunque en muchas ocasiones entra de lleno en el terreno de la parodia. Las parodias surgieron en la antigua literatura griega, como poemas que imitaban de forma irrespetuosa los contenidos o las formas de otras obras. Y eso es lo que nos está tocando vivir en el tiempo de los pactos post electorales. Una suerte de relato satírico, dirigido al gran público de los votantes, que deja ver la tramoya detrás del escenario.

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Tiempo de espera-nza: análisis musicalizado

He escrito este artículo tres veces. Más por necesidad que por cumplir ese mandato que nos obliga a analizar los resultados electorales, a pedir disculpas, a hacer autocrítica y llorar muy mucho por las oportunidades perdidas. En tiempos del fast food intelectual y mediático, cualquier opinión es válida siempre que se pueda consumir en tiempo real. Estamos demasiado acostumbradas a analizar la política sin espera, sin darnos margen a construir un pensamiento crítico y ponderado, sin esa mirada de amplio espectro que necesita algo que va más allá del corpus ideológico del opinador en cuestión y se intrinca en movimientos sociológicos profundos. Este texto tiene banda sonora. Os pido que me acompañéis escuchándola.

Que la izquierda transformadora ha sufrido un varapalo de proporciones bíblicas no es opinable. Los datos están ahí, tozudos, y por más que los queramos disfrazar de unicornios voladores, no van a mutar. La mayoría de los 'ayuntamientos del cambio' han caído, la mayor parte de las candidaturas sin responsabilidades de gobierno también. Tanto donde iban en confluencia, como donde iban solas como plataformas de independientes, no asociadas a partidos tradicionales. Santander resiste con un solo concejal y está por ver si los partidos que han estado en la oposición más de cuarenta años son capaces de aunar fuerzas para desbancar un nuevo gobierno municipal, apoyado en la más rancia ultraderecha.

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¿Santander animalista?

Abrir un debate sobre los derechos de los animales como seres sintientes en nuestra ciudad es más que necesario. Pero suele significar abrir también la caja de los truenos. No faltará quien diga que tenemos cosas más importantes de qué preocuparnos; quien diga que, en una ciudad con una tasa de pobreza y exclusión social como Santander, los derechos de las personas deben primar por encima de otras cosas; quien diga que por qué perdemos al tiempo ayudando a que se respeten las necesidades de los animales cuando ni siquiera se respetan las nuestras. Como si fueran compartimentos estancos. Como si reivindicar el bienestar animal fuera excluyente. Como si nos olvidáramos de otras luchas sociales.

Frente a las visiones simplistas de un problema que nos preocupa a muchas, quizás deberíamos ampliar el foco, subir la mirada más arriba. ¿A qué nos referimos cuando hablamos sobre bienestar animal? Nos referimos principalmente a derechos. Y sobre todo a respeto.

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Fraude democrático: el caso Ganemos

Corría el año 2015 y la política nacional estaba en plena ebullición. El fenómeno Podemos irrumpió con fuerza en las elecciones europeas de 2014, arrastrando la ola de indignación que llenó las calles en 2011, redireccionando el discurso impugnatorio hacia lo institucional. Asaltando los cielos, aunque luego se hayan quedado en la casilla de salida. Pero esa es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.

Ada Colau y su equipo, al igual que sucedió en otros puntos del territorio español, canaliza ese ímpetu ciudadano hacia el municipalismo y encabeza lo que en un principio se denominó Guanyem Barcelona. Y es entonces cuando hace su aparición lo que podríamos denominar como el 'Ganemos Fantasma'. Dos días antes de que la plataforma catalana se inscribiese en el Registro de Partidos Políticos, Juliá de Fabián -recuerden este nombre- a través de tres testaferros, se adelanta. Provenientes del también partido Hartos, sin ningún tipo de estructura ni aval ciudadano, se hacen con la marca al rechazar el MIR las alegaciones del equipo de Colau, obligándoles a cambiar el nombre: Barcelona en Comú. Primera partida ganada. Deberíamos preguntarnos por qué se rechazan esas solicitudes, dando manga ancha al 'Ganemos Fantasma', si ya había otros partidos con esa denominación inscritos anteriormente, o si un tiempo después abrieron la mano a inscripciones con la misma denominación. La posible connivencia de un gobierno del Partido Popular, interesado en desbaratar las iniciativas municipalistas ante la más que posible fuerza de su aterrizaje en el escenario político, planea sobre esas decisiones. Las cloacas en este Estado son muy profundas y realmente apestan.

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Gota de sangre en el borde

Era domingo. Todos los domingos son un poco parecidos. Están suspendidos en ese espacio de tiempo incierto en el cual no sabemos si algo ha terminado o si tenemos que empezar a pensar en lo que va a comenzar. Un día colgado en un impasse entre momentos, perfecto para reflexionar sobre los ritmos vitales que nos acucian y agarrar con fuerza las horas que se nos escapan entre los dedos de la memoria.

Solo que aquel no era un domingo como los demás. Me levanté con el ceño fruncido que suele acompañar a las decisiones complicadas. Tenía por delante un encargo difícil que, cada cuatro años más o menos, acude a llamar a las puertas de nuestra conciencia colectiva. Tras dos meses de campaña, tocaba votar. Depositar en una urna la voluntad popular que llevaría al gobierno de este país un poco desmembrado a quienes nos hundirían aún más en el lodazal del simulacro de democracia en el que vivíamos o nos sacarían de ese pozo negro y absurdo en el que nos habíamos convertido. O eso nos decían. Corrían tiempos difíciles, en los cuales se hacía más necesaria que nunca la participación de todas para detener el ascenso de una nueva clase política, enganchada a la demagogia, la corrupción y los intereses espurios, que como yonkis-zombi habían recorrido los platos y las tertulias, vomitando espumarajos de odio e incomprensión.

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En el filo de la navaja

Es curiosa la política, tanto como lo es la especie humana. Diversa, compleja y un poco loca en ocasiones. Y estos tiempos electorales, apretados y en constante carrera, dan una imagen quizás distorsionada o quizás muy enfocada del momento socio-político que nos ha tocado vivir. Mientras las reivindicaciones llenan estos días las calles, con manifestaciones como la vivida el 8M, el Fridays for Future o las luchas de los pensionistas, los partidos políticos se empeñan en continuar aislados de aquellos a los que pretender gobernar.

Cierto es que en la agenda mediática se ha colado el debate que a la ultraderecha le conviene, aupados por un Ibex 35 que se ha apartado la apuesta más supuestamente centrista. Mientras estamos escandalizados hablando del derecho a portar armas en un país con unos índices de criminalidad bajísimos, ocupando el cuarto puesto de la UE con menor número de homicidios y asesinatos, no hablamos de nada de lo que realmente interesa a la gente, a ti y a mí. Mientras llenan columnas y artículos cuestionando la violencia de género, proponiendo un feminismo liberal o hablando del derecho al aborto, tengo la sensación de que nos la están metiendo doblada. Y así es ¿Dónde están las propuestas del resto del espectro político? ¿Se van a limitar a correr como pollo sin cabeza cada vez que Abascal, Casado o Rivera suelten una barbaridad, escandalizados y rasgándose las vestiduras como única respuesta? Lo siento, pero eso es aceptar las reglas de un juego en el que no deberíamos estar dispuestas a participar. Eso es tragar con una separación de poderes por la que sí que realmente debemos plantar batalla: la separación de la democracia y la ciudadanía de las estructuras de decisión.

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Feminismo propositivo

Este año volvemos a tener el 8M marcado en morado en nuestros calendarios. De nuevo salimos a la calle a reivindicar derechos, denunciar desigualdades y festejar que cada día que pasa estamos más cerca de construir una sociedad realmente feminista. Es innegable que hemos copado la agenda mediática y política, tanto para bien como para mal. Algunos partidos deciden subirse a la ola, intentando surfearla con decálogos liberales de la buena feminista de los tiempos modernos, otros hacen bandera aprobando decretos leyes a todo correr e incluso tenemos a algunos que han decidido montarse a lomos del caballo desbocado del machismo más salvaje.

Pero no quería hoy contarles nada de todo eso; no quiero que esta columna de opinión se limite a desglosar los límites con los que la sociedad patriarcal nos ahoga, de la mano de un capitalismo que sin esos límites no se sustentaría. Hoy quería hablarles de otro feminismo, el que es silenciado por el griterío de las fake news, de los partidos, de las redes sociales. Hace unos días charlaba con un hombre (sí, las mujeres también charlamos sobre feminismo con hombres sin seccionarles las gónadas y gritarles "¡Mansplaining!" a las primeras de cambio) sobre los límites del discurso que se transmite a la sociedad.

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Arde, Cantabria, arde

El olor del fuego ha vuelto a nuestras tierras. Como cada año por estas fechas, cual ritual ancestral que eleva el humo de nuestros montes como ofrenda a dioses ignotos, Cantabria arde. Hasta 211 fuegos se contabilizaron desde el pasado miércoles en apenas cinco días. Y con las llamas, llega de nuevo la polémica. La necesidad de protección de un patrimonio natural de gran valor medioambiental, choca de frente con las prácticas de un sector ganadero en declive y con riesgo de desaparición. Y son esos mismos políticos que miran el resto del año para otro lado, quienes se rasgan las vestiduras tachando de psicópatas o terroristas a los incendiarios mientras se hacen la foto en la sede del 112.

Como si se tratase de la tormenta perfecta, los incendios que asolan nuestros paisajes en invierno se deben abordar desde una perspectiva multicausal. En primer lugar, como decía, las practicas ancestrales de control del crecimiento de matorral como el tojo o el árgoma mediante el fuego. No es algo desconocido por estos lares, pero en los últimos tiempos las quemas controladas no lo son tanto. La falta de mantenimiento de nuestros montes, unida a una drástica reducción de la cabaña ganadera que se revela como insuficiente para mantener limpios los pastos, hacen que los incendios no puedan ser sofocados a tiempo y las consecuencias las paguemos todas. Y si además sumamos las subvenciones de la PAC que concede la Unión Europea por hectárea de pasto de las que muchos dependen para sobrevivir, podemos entender que un sector tan castigado como el ganadero tenga los mecheros preparados en cuanto sopla algo de viento sur.

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Huelga de hambre por nuestros derechos

Hace unos días conocí a Antonio. Se puso en contacto conmigo a través de la conocida red social del pajarito y hablamos un rato largo por teléfono. Desde entonces, sobrecogida por su historia, este artículo ha estado dando vueltas por mi cabeza con esa necesidad que tienen a veces los textos no escritos de golpearte la conciencia incesantemente para salir al mundo.

Antonio es un enamorado, un amante del patrimonio cultural y natural de su pueblo, Santoña. El monte Buciero, que majestuoso protege el pueblo costero, es su segunda casa. Pero como algunos amores condenados de antemano, esa pasión le ha llevado a vivir un vía crucis demencial. El calvario de este hombre comprometido con la salvaguarda de la historia y del entorno natural comienza hace nueve años y ha escrito su enésimo capítulo al iniciar una huelga de hambre este pasado miércoles ante el Gobierno de Cantabria.

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La fiebre: breve crónica de un delirio

Este año me ha tocado pasar la gripe. Es curioso cómo nos afectan estos pequeños accidentes de la salud. Nuestros cuerpos, todopoderosos y aparentemente inquebrantables, resistentes a los envites diarios del estrés y las dolencias menores, de repente se derrumban ante un virus cualquiera que nos postra en una cama durante días. No es que mi caso sea único; de hecho, solo soy una de las cientos de personas que han pasado o están por pasar esa enfermedad, característica de la época del año en la que estamos y que alcanza ya los niveles de epidemia en nuestra comunidad. Mal de muchas, consuelo de tontas, dicen.

Lo que ha diferenciado mi gripe de la de otros años ha sido la fiebre. Cual amante goloso, me ha arrastrado a la cama. Me ha hecho sudar, temblar. Ha incendiado mi cuerpo, dejándolo roto para volverlo a hacer arder horas después. Sin descanso, en una suerte de orgía lisérgica, entre paracetamol y delirios. No sabiendo muy bien si mi discernimiento entre la realidad y las alucinaciones febriles estaba viéndose afectado de manera permanente.

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