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Yeray S. Iborra

Besòs, 1990. Periodista. Ha contado historias en Cafèambllet, Sentit Crític, diari ARA o MondoSonoro. Ahora se forma para ello en Màster en Comunicació, Periodisme i Humanitats (MECOPH). Miembro del colectivo de periodismo narrativo y acción social, SomAtents. Sobre todo Barcelona en Catalunya Plural y Eldiario.es.

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Carmen Juares y la lucha por los cuidados

"¿Eres tú la nueva de la limpieza?". Un título de grado medio en Auxiliar de Enfermería y uno de grado superior en Integración Social no le bastaron para evitar la enésima situación de discriminación desde su llegada a Barcelona. La frase la pronunciaba, hace un año, la recepcionista de una empresa con la que Carmen Juares (Honduras, 1986) iba a entrevistarse para una plaza como integradora social. "Tenemos que demostrar más que alguien de aquí. Yo soy mujer, estudiante, amiga, pareja. Pero la sociedad siempre me verá como alguien destinada a los cuidados o la limpieza", se queja Juares desde un aula de estudio de la Universidad de Barcelona, donde cursa un grado en Educación Social. No culpa a la recepcionista: ella misma asumió durante muchos años que su rol debía estar ligado a los cuidados. Tardó en percatarse de la triple discriminación que sufría. "Migrada, mujer y pobre". Juares huyó de Honduras a los 19 años. "Para salvar la vida". Su padre, que tenía negocios en la hostelería y una vida comunitaria activa, fue asesinado por grupos violentos. Delante de ella. Eso le dejó profundas secuelas y le condenó a años de terapia. Gracias a su hermano consiguió tratamiento. Pero volvieron los fantasmas: "Por las noches me levantaba seis veces a comprobar la puerta. El psiquiatra me dijo: 'O te vas o volverás a caer'". Un familiar la acogió en Barcelona y, en pocos meses, Juares trabajaba como cuidadora: de lunes a sábado, de nueve a nueve; 750 euros al mes en negro con la promesa de que cuando pudiese acceder a los papeles –a los tres años– le harían un contrato. Éste jamás llegó. "En los cuidados explota todo el mundo: hay mayores en la zona alta y en la baja. Cuando necesité el contrato, los hijos de la señora a la que asistía me dijeron que 'no querían tener nada que ver con una sin papeles'". Hasta ese momento, Juares había sido "de la familia". Llevaba más de cinco años supervisando alimentación y control de esfínteres de la anciana. "En mis pocas horas libres, me iba a clases de geriatría. Fue la profesora la que me dijo que me estaban explotando". Escapar de aquella casa cambió a Juares: "Hice los cursos de catalán y allí conocí a mi compañero, voluntario por la lengua". Después de siete meses saliendo ("yo más bien poco", ríe), él le propuso que se casaran. "Tenía mis dudas, pero accedí. Llevamos nueve años juntos". Al poco, consiguió un trabajo gracias a su título de auxiliar de geriatría. "Muchas dejan de trabajar como internas y pasan a residencias o al servicio de atención domiciliaria". Ella lleva seis años en dicho servicio, compagina trabajo y estudios. "Salir de los cuidados es complicado". Juares argumenta que otros trabajos racializados, por tener más exposición, se han organizado antes –cita el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes–, pero que el suyo siempre ha sido invisible. Al menos hasta hace tres años. Junto a otras compañeras, Juares creó la asociación de Mujeres Migrantes Diversas, de la que es coordinadora. Todo empezó por un grupo de Whatsapp. Cinco internas coincidieron en 2015 en la 'Marcha de las Antorchas'; manifestación en Barcelona réplica de las que se sucedieron en Honduras contra el presidente Juan Orlando Hernández. "Queríamos estar en contacto. Un día, una recién llegada necesitaba ayuda para comprar un bono de transporte. La añadimos. Y pasamos de cinco a 15, luego 40…". La asociación ya ha conseguido solventar los problemas con los cursos de catalán y sus horarios. "25 compañeras no tenían tiempo para ir a clases, ¡nos las adaptaron!", se felicita. Gracias a su labor en la asociación, Juares conoció a Leticia Dolera, quien le propuso que dieran juntas el pregón de las fiestas de la Mercè en Barcelona en 2018. Sin titubear, aceptó. "Los trabajos de cuidados son el esclavismo del siglo XXI. Estos deben pasar a la administración, como la sanidad", dice. Y zanja: "Nosotros nos haremos mayores; aunque sea por egoísmo, luchemos por unas instituciones que nos cuiden".

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