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Yeray S. Iborra

Besòs, 1990. Periodista. Ha contado historias en Cafèambllet, Sentit Crític, diari ARA o MondoSonoro. Ahora se forma para ello en Màster en Comunicació, Periodisme i Humanitats (MECOPH). Miembro del colectivo de periodismo narrativo y acción social, SomAtents. Sobre todo Barcelona en Catalunya Plural y Eldiario.es.

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Moustapha Kebe: "Los acuerdos de Europa con Senegal hablan de migración, pero se aprovechan para captar nuestro mercado"

La que los medios apodaron como "crisis de los cayucos", un considerable aumento de las llegadas a las Islas Canarias en 2005 y 2006, supuso una importante respuesta institucional en el incremento del control de las migraciones marítimas entre Senegal y España. En ese contexto se fundó Remidev (Red por la migración y el desarrollo), una plataforma compuesta por una treintena de organizaciones senegalesas: asociaciones de repatriados, de familias de víctimas de la migración irregular, de demandantes de asilo, así como asociaciones juveniles, ONGs, sindicatos o grupos de investigación. La red tiene como misión promover la libre circulación de personas y bienes.

Moustapha Kémal Kebe, el responsable de proyectos de la red, nos recibe en la sede que comparten con otras entidades en Dakar. Kebe plasma una realidad muy distinta a la que se describe en España: Senegal es un país que acoge a tantas personas como las que emigran, y de las que migran, sólo un 13% va hacia Europa. Sin embargo, el experto critica un relato en el que las auténticas cifras en Europa no importan. Construir un problema mayor del real permite la injerencia europea en las políticas senegalesas, según su punto de vista.

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La "vergüenza" de volver: los deportados luchan contra el estigma del 'fracaso' en Senegal

Al llegar a casa, todo el mundo estaba durmiendo, excepto su mujer. "No le conté nada de la deportación. Me fui a dormir directamente". Durante ese día de 2006 en que volvió a Senegal tras no conseguir prosperar en Europa, Moustapha Diouf no quería salir de la habitación. "Sentía vergüenza".

Moustapha Diouf abandonó Thiaroye sur Mer –comuna perteneciente a Thiaroye, una localidad situada en la periferia de Dakar– en dirección a Europa en un cayuco por 300.000 CFA, algo menos de 500 euros, una pequeña fortuna, a causa del descenso de recursos pesqueros en la costa senegalesa allá por 2004. Diouf fue pionero en hacer uso de la 'Vía Canaria' para alcanzar territorio español. El recorrido migratorio vivió su máximo apogeo entre 2005 y 2006, momento en que España y Senegal firmaron un acuerdo que reforzó la protección en el Atlántico y obligó a las personas que querían irse del país a hacerlo por otras vías, como cruzando el desierto.

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Tambacounda, la nueva terminal de ida y vuelta de las migraciones en Senegal

Pese a ser una tierra rica en recursos, en Tambacounda escasea el empleo. Sus habitantes buscan la salida por la falta de oportunidades, azuzados por la elevada tasa de paro que la región arrastra desde hace años. Y a ellos se han sumado otros cientos que no han visto en Tambacounda un lugar donde echar raíces sino un sitio desde el que también huir del país. Tambacounda es una tierra de paso.

La región más grande de Senegal tiene frontera con cuatro estados distintos: Mauritania, Mali, Guinea y Gambia. Se ha convertido, por lo tanto, en un trampolín de la migración. En la principal puerta de salida de Senegal. Es también una de las principales regiones donde retornan las personas deportadas desde Europa o incluso desde el norte del continente africano.

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Carmen Juares y la lucha por los cuidados

"¿Eres tú la nueva de la limpieza?". Un título de grado medio en Auxiliar de Enfermería y uno de grado superior en Integración Social no le bastaron para evitar la enésima situación de discriminación desde su llegada a Barcelona. La frase la pronunciaba, hace un año, la recepcionista de una empresa con la que Carmen Juares (Honduras, 1986) iba a entrevistarse para una plaza como integradora social. "Tenemos que demostrar más que alguien de aquí. Yo soy mujer, estudiante, amiga, pareja. Pero la sociedad siempre me verá como alguien destinada a los cuidados o la limpieza", se queja Juares desde un aula de estudio de la Universidad de Barcelona, donde cursa un grado en Educación Social. No culpa a la recepcionista: ella misma asumió durante muchos años que su rol debía estar ligado a los cuidados. Tardó en percatarse de la triple discriminación que sufría. "Migrada, mujer y pobre". Juares huyó de Honduras a los 19 años. "Para salvar la vida". Su padre, que tenía negocios en la hostelería y una vida comunitaria activa, fue asesinado por grupos violentos. Delante de ella. Eso le dejó profundas secuelas y le condenó a años de terapia. Gracias a su hermano consiguió tratamiento. Pero volvieron los fantasmas: "Por las noches me levantaba seis veces a comprobar la puerta. El psiquiatra me dijo: 'O te vas o volverás a caer'". Un familiar la acogió en Barcelona y, en pocos meses, Juares trabajaba como cuidadora: de lunes a sábado, de nueve a nueve; 750 euros al mes en negro con la promesa de que cuando pudiese acceder a los papeles –a los tres años– le harían un contrato. Éste jamás llegó. "En los cuidados explota todo el mundo: hay mayores en la zona alta y en la baja. Cuando necesité el contrato, los hijos de la señora a la que asistía me dijeron que 'no querían tener nada que ver con una sin papeles'". Hasta ese momento, Juares había sido "de la familia". Llevaba más de cinco años supervisando alimentación y control de esfínteres de la anciana. "En mis pocas horas libres, me iba a clases de geriatría. Fue la profesora la que me dijo que me estaban explotando". Escapar de aquella casa cambió a Juares: "Hice los cursos de catalán y allí conocí a mi compañero, voluntario por la lengua". Después de siete meses saliendo ("yo más bien poco", ríe), él le propuso que se casaran. "Tenía mis dudas, pero accedí. Llevamos nueve años juntos". Al poco, consiguió un trabajo gracias a su título de auxiliar de geriatría. "Muchas dejan de trabajar como internas y pasan a residencias o al servicio de atención domiciliaria". Ella lleva seis años en dicho servicio, compagina trabajo y estudios. "Salir de los cuidados es complicado". Juares argumenta que otros trabajos racializados, por tener más exposición, se han organizado antes –cita el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes–, pero que el suyo siempre ha sido invisible. Al menos hasta hace tres años. Junto a otras compañeras, Juares creó la asociación de Mujeres Migrantes Diversas, de la que es coordinadora. Todo empezó por un grupo de Whatsapp. Cinco internas coincidieron en 2015 en la 'Marcha de las Antorchas'; manifestación en Barcelona réplica de las que se sucedieron en Honduras contra el presidente Juan Orlando Hernández. "Queríamos estar en contacto. Un día, una recién llegada necesitaba ayuda para comprar un bono de transporte. La añadimos. Y pasamos de cinco a 15, luego 40…". La asociación ya ha conseguido solventar los problemas con los cursos de catalán y sus horarios. "25 compañeras no tenían tiempo para ir a clases, ¡nos las adaptaron!", se felicita. Gracias a su labor en la asociación, Juares conoció a Leticia Dolera, quien le propuso que dieran juntas el pregón de las fiestas de la Mercè en Barcelona en 2018. Sin titubear, aceptó. "Los trabajos de cuidados son el esclavismo del siglo XXI. Estos deben pasar a la administración, como la sanidad", dice. Y zanja: "Nosotros nos haremos mayores; aunque sea por egoísmo, luchemos por unas instituciones que nos cuiden".

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