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Los vecinos que han ganado contra la contaminación en As Conchas: “Luchamos estos pocos desgraciadiños”

Sara Acosta

13 de junio de 2026 22:13 h

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Cuando hace calor, Mercedes Álvarez no puede abrir las ventanas de su casa. El olor que entra es tan putrefacto que le cuesta describirlo. “Un día, una amiga vino al banco, que está un poco más arriba. Mientras esperaba en el coche, abrió la ventanilla y vomitó. ¿Merche, cómo puedes vivir aquí?”. Ella siempre ha vivido en As Conchas, como su marido, sus padres y sus suegros. En este pueblo de 20 habitantes en la provincia de Ourense no hay nada extraordinario, salvo uno de los embalses más contaminados del país por cianobacterias, peligrosas para la vida.

Sentados en la mesa de su cocina, María del Carmen Recouso y Pablo Álvarez, también vecinos, relatan el mismo infierno de vivir con miedo a caer enfermos, ellos o sus familiares, por el estado del agua que tienen a unos 50 metros de sus casas, justo al otro lado de la carretera. Un día de mucho calor de 2011, la superficie del embalse se puso completamente verde, con una capa espesa. “Como cuando haces filloas”, describe Merche señalando por la ventana. Pablo cuenta que tiraba una piedra desde la presa, que está a la altura de su casa, y no se hundía.

El hedor alcanzaba tres o cuatro kilómetros. Fue entonces cuando empezaron a pelear contra un enemigo sigiloso, como es la contaminación, y a defenderse de las administraciones que podían evitarla y no hicieron nada. Un puñado de personas mayores, algunas de ellas ancianas, que decidieron enfrentarse solas al dragón con espadas de madera. La contaminación no ha parado. Ellas tampoco han dejado de luchar, convirtiéndose en un ejemplo de que resistir unidos tiene sentido.

Qué demonios era esa masa blancuzca y verde, querían saber. A través de una conocida veterinaria, Pablo dio con el investigador Eduardo Costas, especialista en microorganismos acuáticos en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Resultó que este científico estaba al frente de un grupo de trabajo que analizaba As Conchas desde 1992, dentro de una muestra de 28 embalses del país. Costas y las personas de su equipo ya estaban acostumbrados a que los lugareños de los pueblos colindantes al embalse se fijaran en su furgoneta del CSIC y les parasen a preguntar. La metodología era muestrear cada semana los embalses que estaban muy mal, cada mes los que andaban regular, y cada cuatro meses aquellos en muy buen estado.

“As Conchas estuvo muy bien durante mucho tiempo, no nos interesaba demasiado, porque nosotros analizamos sobre todo cómo se adaptan los microorganismos acuáticos a la contaminación”, relata el investigador. Hasta que una estudiante de su grupo certificó en 2011 el primer 'bloom' de algas tóxicas, es decir, cuando ya no queda oxígeno en el agua y aparecen bacterias muy dañinas por el exceso de nutrientes.

Para entonces, Pablo, que tiene 54 años, ya no se bañaba. “Había cosas raras flotando en el agua”. Su madre aprendió a nadar en este embalse del río Limia, cuya presa se construyó en 1949 para producir electricidad. Mari Carmen, que tiene 80 años, recuerda a su marido salir con la caña a pescar truchas para cenar. A Merche, de 60, le viene a la memoria cuando su padre agricultor bajaba los domingos al embalse a pescar y comía toda la familia. En sus orillas se hacían fotos de boda y las empresas celebraban concursos de pesca. La madre de Pablo tenía un bar que aún existe, aunque está cerrado. La vida giraba en torno a esta agua que una vez estuvo considerada excelente, dentro del Parque Natural Baixa Limia-Serra do Xurés. “No podías dormir de la cantidad de ranas, había bandadas de aves. Acabaron con todo”, se entristece Mari Carmen.

Camuflados en el paisaje rural se ven dos camiones con el vientre verde aparcados en una gasolinera de carretera; al cabo de un rato más de viaje, otros dos, y más allá, otros. Transportan los excrementos de cerdos y pollos de las macrogranjas que hay en la comarca de A Limia, más de 300 instalaciones para una población de unos 20.000 habitantes. Estos purines son tóxicos cuando no se tratan de forma correcta y se vierten, pues se filtran en la tierra y en el agua, que quedan envenenadas. En 2011, Pablo y Merche empezaron a dar la cara por sus vecinos, y desde entonces no han parado. “No vas a la guerra si no piensas ganar”, dice Merche con determinación.

Convocaron una manifestación. Ese año, una entrevista a doble página al científico Eduardo Costas en el diario ABC “les puso a todos muy nerviosos”, dice Pablo, pero no pasó gran cosa más allá de un par de reuniones de las administraciones locales con los investigadores. Mientras, el embalse empeoraba. “Un paisano me contó que tenía un cerezo en flor, vino una niebla y lo quemó. Era lluvia ácida”, incide. Mari Carmen no bebe el agua de su pozo, “no quiero, aquí la capa freática está muy alta y puede haber filtraciones; la uso para regar, con temor, tengo miedo, madre mía”.

En esta comarca es conocida la elevada tasa de cáncer, hace años que distintos colectivos piden que se estudien las causas. Desde una visión científica, los nitratos se convierten en nitritos y después en nitrosaminas, situados entre los principales cancerígenos que existen. “Si en Madrid la población estuviera sometida a esto, la epidemiología de cáncer sería enorme, como pasó con el amianto. Pero en As Conchas, si de tres personas se pasa a seis personas con cáncer, se duplica. Es una barbaridad, pero no son nada dentro del registro gallego de tumores, ¿no?”, reflexiona el investigador Eduardo Costas. “Yo no viviría en As Conchas”, incide. Pero estos vecinos no quieren irse. “Este es nuestro embalse”, dice Pablo. “Tú trabajas toda una vida para tener algo, ¿por qué tengo que marcharme de mi casa?, se pregunta Merche.

En una zona rural con tan poca población es difícil exponerse, mejor quedarse callados. No fue la opción de Merche y Pablo. Sin buscarlo, se han convertido en activistas en defensa de sus propias vidas; arañando tiempo de donde podían, por las noches, durante los fines de semana, redactaban notas de prensa, pedían reuniones, recogían muestras en el embalse ellos mismos, hablaban con los alcaldes, con quien hiciera falta. En una ocasión, ambos se presentaron en una rueda de prensa convocada por la Xunta de Galicia. Intentaron expulsarles hasta cuatro veces, pero ellos no se movieron de sus asientos de la última fila hasta que pudieron hablar con el Gobierno autonómico sobre el embalse.

Durante diez años, hasta 2021, lo intentaron todo para ser escuchados; nadie hacía caso, cero respuestas. “Lo negaban todo, hacían como si no pasara nada”, dice Merche. “Incluso nos insultaban, nos llamaban ”iluminados“, ya están los de As Conchas con sus cosas”, añade. ¿Cómo pudieron aguantar? “No sé, yo soy muy cabezón, me decía a mí mismo que esto era una carrera de fondo”, explica Pablo, mientras comenta que en su ordenador ha contabilizado unos 15.000 archivos sobre la causa que ha sido su vida todo este tiempo.

Ese año, en una reunión de vecinos del pueblo, lejos de rendirse, decidieron lanzarse al vacío, totalmente solos: denunciaron ante el Seprona a distintas administraciones y a la empresa Naturgy, que gestiona la presa, por el estado del río Limia; más adelante pusieron una segunda denuncia, esta vez a los responsables de Medio Rural y de Sanidad, y a los alcaldes de los pueblos de Bande, Muiños y Lobeira por no avisar del riesgo para la salud, sobre todo en los niños, de bañarse en el embalse cuando la presencia de cianobacterias ponía esta agua en el nivel 3 de contaminación, el más grave. “Nos sentíamos abandonados, despreciados, maltratados, vivimos con mucho miedo; llega un momento en el que hay que hacer algo, sea lo que sea, salga por donde salga”, dice Merche.

España es el país con más instalaciones de ganadería industrial de Europa, y el cuarto del mundo detrás de Estados Unidos, China y Alemania. Así es más fácil entender que solo en esta comarca de A Limia haya dos millones de animales para producción de carne de cerdo y de pollo; una escala desproporcionada para respetar la vida, el agua y la tierra. Cifras tan impresionantes como atractivas para una organización mundial de abogados en busca de luchas legales que ganar en favor de la vida en la tierra. Nieves Noval trabaja como letrada especializada en sistemas alimenticios en ClientEarth, una ONG que fundó en 2007 un abogado de Wall Street llamado James Thornton.

En los años 80, Thornton ganó más de 80 casos hasta forzar a la Administración del presidente Ronald Reagan a limpiar las aguas contaminadas. Después se mudó a Londres, donde hoy se encuentra la sede de esta organización ambiental en la que trabajan más de 300 personas en ocho oficinas repartidas por todo el mundo.

Aquí no se busca lanzar historias famosas, son especialistas en litigación estratégica, que arma casos con la precisión y el engranaje de un reloj suizo, pensados para un objetivo mucho más grande y a nivel mundial. “El fin es reducir la ganadería industrial. Nosotros no hablamos de macrogranjas, sino de granjeros frente a la ganadería industrial”, explica Nieves Noval.

España era, sin duda, el lugar donde trabajar. Se pusieron en contacto con la organización Amigas de la Tierra, que también buscaba la forma de denunciar las macroinstalaciones ganaderas por su nefasto impacto. La abogada María Victoria Hormigos, colaboradora de esta ONG, sacó la situación de As Conchas. “Lo tenía todo para meternos: era un embalse muy analizado, con un histórico de datos muy bueno; los vecinos llevaban diez años enfrentándose a las diferentes administraciones y se trataba de más de 300 instalaciones en una comarca muy poco poblada de la Galicia rural. Era difícil que la causa de la contaminación fuera humana”, incide Nieves.

“Éramos un equipazo”

Las dos abogadas, Victoria y Nieves, pasaron largos ratos en la cocina de Merche haciendo muchas preguntas, hasta elegir a siete de los 20 vecinos que se presentarían como denunciantes particulares, una condición ineludible para montar un caso al que dedicaron dos años y medio con un enfoque legal novedoso: la inacción de las administraciones para proteger los derechos fundamentales de la población. Se sumaron a la denuncia la asociación de vecinos de As Conchas, la organización Amigas de la Tierra y la Federación Española de Consumidores y Usuarios (CECU).

“Éramos un equipazo”, resume Nieves, con cuatro abogados de las dos ONG y expertos de ClientEarth con más de 20 años de experiencia que asesoraron en todo momento. Pidieron a los vecinos mantenerlo todo en secreto. Una de las decisiones clave fue contratar a cuatro peritos independientes especialistas en distintas áreas para certificar la contaminación y sus causas: Serafín González, investigador en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CSIC), que analizó los nitratos; Antonio Delgado, también del CSIC, quien realizó una prueba de isótopos estables, para relacionar de forma directa los vertidos de purines con la grave polución; el experto odorífero era José Cid; y Juan Martínez realizó un informe epidemiológico. Un “dream team”, resume Nieves.

El juicio se celebró en 2025. Los argumentos científicos eran tan contundentes que el fallo de 113 folios, hecho público en julio de ese año, no dejó lugar a dudas. “Se declara la vulneración de los derechos fundamentales: derecho a la vida y en su relación con el derecho a la intimidad, a la inviolabilidad del domicilio y a la propiedad”, dicta la sentencia de la Sección Segunda del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia.

Las administraciones, Xunta de Galicia y la Confederación Hidrográfica de Miño-Sil, conocían de sobra el problema ambiental y para la salud y no hicieron nada. Esta dejadez de las administraciones permitió a las empresas de la comarca lucrarse sin asumir el coste del tratamiento de los residuos de su actividad. La sentencia las obliga a indemnizar a los vecinos y a restituir el estado sano del entorno, pero eso aún no ha ocurrido.

“Yo pensé que ahora sí reconocerían el problema, pero tampoco, lo que hicieron fue recurrir ante el Tribunal Supremo. No pensé que eran tan malos”, se indigna Pablo. En febrero de 2026, el Supremo rechazó el recurso de casación. La sentencia es firme. “Me llamó Merche, tenía como 20 ó 30 mensajes de WhatsApp: Pablo, ¿no estás mirando el móvil? ¡Hemos ganado!”. Lloraron todos, también las letradas. “Ha sido el caso más satisfactorio de mi carrera”, se emociona Nieves. “Yo como abogada tengo herramientas para defenderme. Pero me dan mucha pena estas comunidades. Imagínate a Pablo recogiendo muestras del suelo durante 10 años, he aprendido mucho de lo que es la verdadera resistencia”.

Es abril de 2026. Pablo hace de guía por la ribera del embalse. A primera vista parece que todo está bien, el agua tiene un color que no llama la atención. Sin embargo, y aunque han pasado cuatro meses desde la sentencia, nadie se ha movido para mejorar la calidad del agua. Los vecinos temen que cuando lleguen los meses de más calor, la contaminación se dispare de nuevo. “Nosotros no vamos a parar de decirlo”, asume Pablo.

Cuando Merche, Pablo, Mari Carmen y el resto de vecinos de As Conchas escuchan ahora a los mismos alcaldes que les ninguneaban decir que también ellos han estado denunciando el problema, mantienen la misma calma y dignidad que cuando les insultaban. Lo resume bien Merche: “Los que luchamos fuimos estos pocos desgraciadiños”. Ahora que han ganado, todavía tienen que dar explicaciones sobre la indemnización que van a recibir, unos 30.000 euros por vecino. “Pero les vamos a dejar con la boca cerrada, porque ese dinero es para la asociación de vecinos, nosotros lo que queremos es que nuestro embalse esté limpio”.