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“A los que defienden la creación de un Estado palestino ahora… ¿a qué Estado se están refiriendo? Eso no existe”, aseguró hace unos días el expresidente del Gobierno José María Aznar. “Reconocer lo que no existe es absurdo”, añadió también. 

Ha sido una declaración sorprendente, incluso para lo que suele ser Aznar. Por al menos cinco razones.

La primera, porque entre quienes defienden el reconocimiento de un Estado Palestino está su partido, el PP. Así lo votaron en el Parlamento, en 2014. Y así figura también en su propio programa electoral.

La segunda, porque la inmensa mayoría de los países del mundo también defienden esa misma posición. Y solo el veto de EEUU impide que Palestina se incorpore como miembro de pleno derecho de la ONU, donde ya tiene reconocido el estatus de observador permanente.

La tercera, porque en España es un debate tan superado que hasta se ha mostrado públicamente a favor el rey Felipe VI. ¿Él también es un “absurdo” para Aznar?

La cuarta, y más importante: que Palestina existe porque su gente es una realidad y su historia también lo es. Porque existía desde antes de que se fundara Israel. Porque millones de personas sufren y mueren por esa sangrienta ocupación, que ya dura más de medio siglo. Porque más de 33.500 personas han sido asesinadas en los últimos meses por el ejército de Israel, que los mata impunemente porque tampoco los reconoce como ciudadanos de pleno derecho en esa sociedad. Si Israel es el único Estado en este territorio, ¿los cinco millones de palestinos de dónde son?

Y la quinta, y que mejor retrata a Aznar: lo que él mismo decía cuando estaba en La Moncloa. “Sabe el presidente Arafat que España ha ayudado y apostado siempre por el pueblo palestino, y lo vamos a seguir haciendo”, prometió Aznar en el año 2000, ante el líder de la OLP. El “presidente Arafat”, como entonces lo llamaba Aznar. 

Todos tenemos derecho a cambiar de opinión. También Aznar. Pero con el presidente más nefasto que ha tenido España en los últimos cuarenta años no vale de nada buscar una argumentación moral. Nunca suele ser una cuestión de principios, tampoco lo parece hoy. Y al escuchar estas cínicas palabras de José María Aznar, me acordé de otro episodio que le define muy bien.

Aznar, en abril de 2011, también hizo unas curiosas declaraciones que en su momento nadie entendió. En plena guerra civil en Libia, y después de que el dictador Muamar el Gadafi hubiera utilizado cazas y helicópteros para bombardear a quienes protestaban contra su régimen, el expresidente español salió en su defensa. “Es un amigo de occidente”, lo calificó. “Un amigo extravagante”, añadió también.

Ese respaldo de Aznar al “amigo” Gadafi llegaba en un contexto muy especial. Después de que Naciones Unidas hubiera aprobado, semanas antes, una resolución autorizando una zona de exclusión aérea para impedir los ataques de la aviación libia contra los rebeldes –más tarde llegaría una intervención militar de la OTAN–. ¿Es que acaso Aznar se había convertido en pacifista, tras el desastre de Irak? No parecía, porque de todos los que salen en la foto de las Azores es el único que aún no ha pedido perdón. 

¿O es que Aznar había cambiado su posición sobre los terroristas y su posible reinserción? 

Porque Gadafi, hay que recordarlo, fue el responsable de uno de los peores atentados terroristas de la década de los 80: el de Lockerbie. Un comando libio colocó un explosivo en un Boeing 747, que estalló en pleno vuelo. No hubo un solo superviviente en el avión y también murieron 11 personas más en tierra: 270 víctimas en total.

Gadafi, quince años después, acabó aceptando su responsabilidad en lo ocurrido. Libia pagó incluso una indemnización millonaria a todas las víctimas de aquel atentado, tras años de sanciones internacionales. 

Todo esto no supuso ningún problema moral para Aznar a la hora de abrazarse a Gadafi, con el que mantuvo siempre una excelente relación. Un Aznar que también había dejado claro, años atrás, cómo de flexibles eran sus principios sobre el terrorismo, en aquella temporada en la que calificaba a ETA como “movimiento vasco de liberación nacional”. 

Pero la extravagante declaración de Aznar, en marzo de 2011, sobre el “amigo de occidente” poco tenía que ver con los principios o con la moral. La verdadera razón de su respaldo a Gadafi la conocimos años después, gracias a una investigación de elDiario.es que, en su momento, apenas tuvo repercusión. Creo que fue una de nuestras mejores exclusivas, aunque no todos la recuerdan. 

Pocos meses antes de su apoyo público a Gadafi, en septiembre de 2010, Aznar había firmado un lucrativo contrato de comisionista: Abengoa se comprometió a pagar al expresidente el 1% de cada desaladora que contratara el gobierno libio. 

Aznar cobró incluso un adelanto por ese trabajo: 100.000 euros solo por firmar. Pero si Gadafi hubiera seguido en el poder –fue derrocado y asesinado poco después–, el negocio habría sido muchísimo mayor: seis millones de euros de comisión, si Abengoa hubiera logrado la adjudicación de cuatro nuevas desaladoras que Libia planeaba construir.

¿Seis millones de euros en comisiones? Así se entiende mejor la amistad “extravagante” de Aznar.

Con Aznar siempre hay que seguir la pista del dinero. Esa fue la lección. Y en el mundo del dinero, Palestina tiene muy poco que ofrecer frente a Israel.

Los nexos del expresidente español con Israel son numerosos. Aznar tiene una relación muy estrecha con el primer ministro israelí –su “amigo Benjamin Netanyahu”, como él mismo le llama– que empezó hace casi tres décadas, en 1995. Aznar también fue el principal promotor de la fundación “Friends of Israel Initiative”, una organización que se dedica al lobby a favor del “derecho a existir” de Israel, y desde donde se tacha a Josep Borrel de “mentiroso”, por sus críticas a la masacre de los civiles gazatíes. En los informes de FAES son muy habituales los elogios al Likud, el partido que lidera Netanyahu. Y también son públicos los nexos con la derecha israelí de uno de los principales financiadores de Aznar, el magnate de los medios Rupert Murdoch. Su empresa, News Corp, ha pagado al expresidente español casi cuatro millones de dólares en los últimos años. Y Lachlan Murdoch –hijo del magnate y actual CEO de News Corp– se reunió en secreto con Netanyahu hace apenas tres meses, cuando ya estaba en marcha la sangrienta masacre de Gaza.

La pista del dinero siempre ayuda a entender a Aznar. Y a los que le rodean. Su propio Gobierno pasará a la historia como el más corrupto de la reciente etapa democrática. Esta semana lo hemos vuelto a ver. Por triplicado.

En un juzgado, se sienta en el banquillo de los acusados Eduardo Zaplana, el ministro de Trabajo de Aznar. La Fiscalía pide para él 19 años de cárcel por varios delitos de corrupción, por las supuestas mordidas que cobró en su etapa como presidente de la Generalitat Valenciana. Su presunto testaferro, un amigo de la infancia, ha cantado ya: “Era dinero de Zaplana”. Se refiere a 6,4 millones de euros que guardaba en una cuenta de Luxemburgo, que ayudó a abrir la sobrina de Paesa, el enigmático espía.

En otro juzgado, el acusado es Rodrigo Rato, el exvicepresidente de Aznar. Le piden 70 años de cárcel por esconder otra fortuna en paraísos fiscales, un dinero que la Fiscalía asegura que logró de mordidas cuando presidía Bankia y que intentó regularizar con la amnistía fiscal. No sería su primera condena: ya estuvo en la cárcel antes por las tarjetas black –otra de las investigaciones exclusivas de elDiario.es–.

Y en otro juzgado más, esta misma semana, la Fiscalía Anticorrupción quiere que Esperanza Aguirre pague 26.000 euros por la caja B del partido: piden una condena como responsable civil a título lucrativo. Aguirre, hay que recordarlo, fue ministra de Cultura con Aznar. Que también fue quien la designó como candidata del PP a la presidencia de la Comunidad de Madrid en 2003, en aquellas elecciones que perdió y que, gracias al tamayazo, después pudo ganar.

El vicepresidente de Aznar. El ministro de Trabajo de Aznar. La ministra de Cultura de Aznar. Una lista que se suma a la de otros ilustres más, como el ministro de Medio Ambiente de Aznar, el corrupto Jaume Matas.

Y Aznar es el mismo que hoy nos da lecciones de ética, de política y de ejemplaridad. 

Lo dejo aquí por hoy. Gracias por tu apoyo. Lo que hacemos en elDiario.es solo es posible por el respaldo de personas como tú.

“A los que defienden la creación de un Estado palestino ahora… ¿a qué Estado se están refiriendo? Eso no existe”, aseguró hace unos días el expresidente del Gobierno José María Aznar. “Reconocer lo que no existe es absurdo”, añadió también. 

Ha sido una declaración sorprendente, incluso para lo que suele ser Aznar. Por al menos cinco razones.