Franco Battiato contra los sarcófagos
Estrella del pop, compositor de música clásica y ambient, pintor, director de cine, líder cuasi espiritual para los raros de una generación. El siciliano Franco Battiato se rompe en pedazos cada vez que intentamos apresarlo. Siempre se nos escurre entre los dedos profiriendo una cita de un maestro taoísta, esto es, sufí, esto es, indotibetano. Pues Battiato era un experto en conectar. Fue capaz de empalmar la música más minimalista de su época con el estrellato masivo: apenas tres años pasaron entre que recibió el premio Stockhausen a la experimentación y obtuvo el récord de ventas en Italia por un solo álbum con La voce del padrone (1981). Le faltaban menos de tres para ir a Eurovisión (1984), menos de seis para producir su primera ópera (1987)... La década siguiente lo emplazaría en algún punto entre el lied alemán, lo sinfónico y el rock. Fiel seguidor de Anaxágoras en su capacidad de verlo “todo en todo” (á¼ν παντá½¶ πάντα), Battiato se movía como pez en el agua entre filosofías, entre estéticas, espiritualidades, principios y verdades, en una colorida amalgama, revoltijo de culturas que él describía como una “ensalada mística”.
Hoy queremos hablar de una faceta poco conocida del cantautor, que se presta a confusiones incluso en Italia: su vegetarianismo. No es, desde luego, la clave que nos faltaba para poder encasillar a Battiato, pero sí una pieza importante del vasto puzle. Pues el vegetarianismo supone uno de los pocos ingredientes constantes en esa confesa “ensalada” que el de Riposto aliñaba cada día con sus letras, escritos y pronunciamientos. Acaso su mayor cruzada.
Battiato se consideraba vegetariano de nacimiento, debido a una aversión innata a la carne animal, que de niño tenían que esconderle entre hojas de limón. “Luego se impuso la tradición, y el olor a pescado frito [era siciliano] me acabó trastornando los sentidos. Más tarde, tras diez años de fanatismo macrobiótico, poco a poco, con el paso del tiempo, ser vegetariano se convirtió en una necesidad existencial. No puedo nutrirme ya de algo que se aproxima a la sensibilidad humana. Y un día ya lejano me di cuenta de que la mía era una decisión irreversible”. Decisión reforzada por los beneficios que cada día le descubría a su nueva dieta: “Veo los resultados en mi salud y mi estado mental. Desde que abandoné la carne y el pescado, tengo mejores sueños, y sé con certeza que depende de lo que como”.
Esta trayectoria irreversible desembocó en las inmediaciones del veganismo: “Soy vegano, pero no estricto”, afirmaba el artista en una entrevista de 2015 donde también se declaraba un “loco del gazpacho”. Para entonces se abstenía del café, el tabaco y los intoxicantes, y su recetario sonaba completamente vegetal, aunque no lograra convencer a todo el mundo de algunas de sus especialidades, como la mezcla de cereales con el té. En sintonía con los ideales de no explotación veganos, Battiato rechazaba montar a caballo: “¿Por qué tiene que sentir mi peso de ochenta kilos en su lomo? Sé que muchos dicen que ha nacido para eso, pero yo no acepto la regla del depredador y la presa, ni siquiera en la naturaleza. La entiendo, pero no la acepto”. A los perros y gatos que frecuentaban su casa en Milo no los consideraba “animales, sino seres. Con ellos tengo una comunicación real”. Se negaba atarlos o encerrarlos, situación que aprovecharon en el vecindario para envenenar a cuatro de los perros.
¿Fue todo tan gradual o hubo un día en el que algo definitivamente hizo clic? ¿En qué momento se rindió la enculturación en el pesce fritto a los escrúpulos de la moral? Bien pudo ser una mañana de pesca en Sicilia, a finales de los setenta o principios de los ochenta:
“Un verano, hace unos treinta años, regresé a Sicilia. Unos amigos me invitaron a pescar. El aire de las primerísimas horas de la mañana es sagrado. Era pesca de fondo, así que nos alejamos de la costa varios kilómetros con la barca. Su habilidad técnica me asombró. Conseguían identificar, por los tirones, el tipo de pez que habían capturado antes de sacarlo del agua. Al cabo de un rato, yo también logré pescar uno. Una vez fuera del agua lo miré, y él a su vez me miró a mí. Le dije a uno de mis amigos: ”Por favor, devuélvelo al agua“. ¡Así terminó mi experiencia de pesca!”
Algunos artistas hicieron del vegetarianismo un elemento central de su ideario y aun de su estética. Uno de ellos pudiera ser Franz Kafka, a quien también se le recuerda una escena emotiva mirando a los ojos a un pez. Sin ser en absoluto un teórico del vegetarianismo, Battiato le dedicó uno de sus libros más largos –menos cortos–, donde lo relaciona con la medicina del Tíbet, tierra por lo general poco propicia para este estilo de vida (que aun así logró abrirse camino en la inhóspita meseta, a fuerza de budismo). No es que vegetarianismo y veganismo sean imprescindibles para comprender la muy mixta “ensalada” conceptual y lírica de Battiato, pero ignorarlos nos priva de su sabor característico. Lo comprobamos en ciertas reseñas que califican una canción de corte casi activista como “esquizofrénica y bestial” o “nonsense lleno de citas”, cuando la letra (de Manlio Sgalambro, en su traducción oficial al español) reza:
¿Cómo puede la vista soportar
la matanza de seres que penden
degollados y hechos trizas?
¿No repugna al gusto beber humores y sangre,
la carne en asadores, cruda?
Y había un sonido de vacas...
¿No es monstruoso el poder desear alimentarse
de otro ser que emite aún sonidos?
¡Sobreviven los ritos de sarcofagia y canibalismo!
Sarco-fagia, en el sentido original griego de “comer carne”, costumbre que para Battiato está lastrando la evolución espiritual de la humanidad, a la que tan bello empujoncito diera en su vida y en su obra.