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¿La gran esperanza para quién?

Eduardo Serradilla Sanchis / Eduardo Serradilla Sanchis

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Su discurso está trufado de los mismos tópicos al uso; es decir, frases rimbombantes y promesas grandilocuentes, que no suele esconder, por otra parte, su interés por favorecer a quien, de un modo u otro, financia su campaña y dictamina lo que se debe y lo que no se debe hacer.

A nadie le debería sorprender que esto sea así, más si se tiene en cuenta que ésta es una historia rancia que lleva repitiéndose desde que los seres humanos empezaron a jugar al esperpento que hoy conocemos como “sociedad civilizada”.

Aun así, no deja de sorprender que, en pleno siglo XXI, no hayan sido capaces de variar un tanto su discurso y adaptarse a los tiempos que corren, aunque solamente fuera para guardar un poco esas apariencias que, para ellos, son tan importantes.

Piensen, si no, en la premisa de todos estos “wonder boys”. Todos son varones, caucásicos y con las mismas raíces. Da la sensación que ese dios que ellos tanto dicen proteger de los ataques ajenos creó al resto de las razas con material sobrante, de peor calidad, si se los compara con los caucásicos y/ o arios puros que tanto añoran los nostálgicos del siglo pasado.

Tiene gracia, porque en el mundo hay menos caucásicos que orientales, por ejemplo, aunque datos como éstos no les impiden proclamarse los representantes del mundo civilizado frente a quienes no comulgan con sus postulados.

¿Y las mujeres? ¿Qué me dicen de las mujeres? Pues que en su esquema juegan un papel, más bien un trapo, en su sociedad ideal, presentándolas, en el mejor de los casos, como los pilares de la casa, la familia “tradicional” y el apoyo del varón, sin el cual, ellos nunca hubieran llegado a donde están ahora. Esta imagen decimonónica, caduca y lamentable, poco tiene que ver con la mujer del siglo XXI, la cual es perfectamente capaz de tomar sus propias decisiones sin necesidad de tener a ningún “machito guardapolvos” a su alrededor.

Sin embargo, a las mujeres se les niega el derecho a decidir sobre su vida y su futuro, llegando a la osadía, miserable y torticera, de negarles, por ejemplo, el derecho a abortar si han sido violadas por un loco en la puerta de casa o por un familiar directo en el dormitorio de la casa familiar. Para todos los que piensan como ellos, lo lógico es hacer que las mujeres carguen con el recuerdo de una experiencia traumática para luego poder llamar a esos niños bastardos y a ellas, rameras.

Incluso algunos descerebrados, por no insultarles directamente, han llegado a proclamar que “algunas violaciones están justificadas” o que “la mujer tiene recursos para no quedarse embarazada después de una violación”. Siguiendo su línea de pensamiento, uno podría pensar que el cerebro de estas personas está lleno de basura y que lo mejor que se podría hacer con ellos es mandarlos a un gulag de la época gloriosa de José Stalin, a ver si con el frío se les aclaraban esas ideas tan maravillosas que tienen.

Vamos, que son de los piensan que muchas mujeres violadas lo son por otra de esas frases que merecerían que hubiesen lapidado a quien la dijo. Esta frase no es otra que “Van como van y luego pasa lo que pasa”. Quien todavía piensa así se merece que alguien le rompa la cara y lo tire por el borde del mundo para que flote con el resto de la basura espacial que rodea a nuestro planeta.

Después está la doble moral de las mentalidades “bien pensantes” y si el embarazo no interesa, no es conveniente o, a lo mejor, el niño/ a se pudiera parecer a su padre -en este caso, su abuelo- siempre quedará la opción de irse a abortar a otro país, y de eso saben mucho en España, especialmente en la década de los sesenta y los setenta, vía Londres.

Al final, lo único que importa es mantener la estructura de una sociedad que hace décadas demostró que su tiempo había pasado, al ser incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos.

Ni me meto con sus medidas para salir de la crisis, porque todas van en la misma dirección. Acabar con los impuestos, favorecer a la empresa privada, desmontar cualquier tipo de ayuda estatal ?quien no tiene, que se muera en la calle, para entendernos- y propiciar algún tipo de guerra mientras animan a las mujeres a que tengan hijos sanos para que el ejército nunca esté falto de efectivos, tal y como proclaman las fundamentalistas de ese engendro que es el Tea Party.

Con este panorama, y en medio de una crisis que parece no querer darnos tregua, mi pregunta es la siguiente: ¿Todos estos individuos son la gran esperanza para quién? ¿Para un mundo al borde del colapso, por culpa de su forma de entender la sociedad? ¿Para quienes les pagan las campañas y no quieren perder la posición privilegiada? ¿O para ellos mismos, en su afán desmedido por llegar al poder y mantener un mundo que ya ha dado suficientes señales de que no es válido, se mire por donde se mire?

Lo cierto es que miedo me da el saber la respuesta, porque, con su forma de entender la sociedad, me recuerdan al megalómano personaje de la novela de Stephen King The Dead Zone, el candidato presidencial Greg Stillson y sus verdaderos planes, una vez que ganara las elecciones. Aunque puede que sólo sea yo y mi mente calenturienta, tal y como me decían en mi casa de pequeño.

Eduardo Serradilla Sanchis

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