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Está ocurriendo el futuro

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Creo que existe una creciente voluntad en que esta ola no se pare. Es necesario combinar la necesaria reflexión de lo que está pasando (aún siendo difícil por la velocidad de los hechos), con la frescura de lo espontáneo, de la multiplicación de ideas y propuestas. Creo que es necesaria una gran tolerancia para sumar fuerzas, para conocernos, para quitar estereotipos. Creo que ese espíritu de buen rollo, esa ejemplar organización en los actos, esa conciencia pacífica y democrática está siendo un gran ejemplo por parte de miles de jóvenes hacia un mundo que se exhibe a diario en la tele a través de insultos e intolerancia. Esos espectáculos grotescos que inundan nuestras casas ¿forman parte del sistema?. Estamos en un lindo proceso de aprendizaje colectivo, donde no hay muchas recetas preestablecidas (de ahí, también, lo hermoso).

Aunque pienso que hay una energía enorme de audacia e imaginación, que está multiplicando el movimiento, que ya está adelantando propuestas, creo que hay que preparase para recorridos largos y no podemos quemar todas las naves en dos días. El momento electoral, está amplificando enormemente el eco de estas protestas. Portadas de prensa, radios, televisiones,.. Pero es posible que, como suele ser habitual, dentro de unas semanas, quizás días, volverá el silencio calculado y esos tertulianos, generadores de opinión digan que ha sido bonito pero que los ciudadanos no son nadie para cuestionar el sistema. Muchos de esos que justifican, sin que nadie los haya elegido, el que tengamos que ser mercancías en manos de políticos y banqueros, volverán a sus andanzas. Pues bien, seguiremos ahí, aunque no nos nombren, seguiremos en la red y en la calle aunque no nos pregunten y seguiremos levantando iniciativas aunque sean silenciosas. Por ahora, sigamos en la calle, sigamos creciendo, sigamos poniendo ética y dignidad a este bochornoso espectáculo de las grandes maquinarias políticas que pretenden la amnesia colectiva. Ahí les dejo aquellas palabras:

Esos políticos y esos grandes empresarios, que a golpe de billetes y desprecios, han decidido el incierto futuro de este mundo, deben saber que estas movilizaciones no han hecho sino empezar.

Para muchos de esos que cuelgan en las farolas, los que viven en los palacios del poder, la calle es un territorio extraño. Pero algún día bajarán a este mundo, al mundo del reloj y la alpargata, de las aceras y los fiados, no sabemos si a transitar las calles como ciudadanos ajenos a cualquier culpa o a expiar sus chapuzas y el desprecio a los ciudadanos. Bajarán por los designios del destino, o, mejor, bajarán por la voluntad de los ciudadanos. A veces el país de la coherencia y la dignidad es capaz de tambalear el Olimpo de los que se creen eternos, donde habitan los charlatanes, ociosos y fotogénicos, donde liman sus diferencias en grandes banquetes y frecuentan las revistas del corazón. A veces, más allá de las elecciones, las calles suben las escaleras de los palacios, como en Túnez, Islandia, Egipto o Portugal. Menos mal, que la inteligencia, la verdad y la paciencia no son propiedad de nadie. La Calle tampoco. Como decía nuestro gran poeta, Agustín Millares: la calle no será tuya ni mía, la calle de todos será.

El gobernador del FMI, esa pandilla de ladrones que gobierna el mundo, acaba de decir que habrá toda una generación perdida de jóvenes por la crisis y el paro. Es bueno que esos voceros de la desesperanza se enteren cómo hoy en decenas de ciudades, cientos de miles de jóvenes no están dispuestos a entregar su presente. Si algo ha caracterizado este hermoso y grande movimiento, es su juventud. Frente a esa idea estereotipada de que la juventud pasa de todo, no tiene preocupaciones sociales, vive ensimismados en un ordenador o pasea aislado con unos cables colgado a las orejas, está esta multitudinaria realidad, donde cientos de miles de jóvenes se han buscado, se han encontrado, se han comunicado para contarse y saberse, para decir de sus aspiraciones y de sus problemas, para correr la voz de que había que decir basta y que no van a ser mercancía en manos de políticos y banqueros. Aquí están esos jóvenes que han sido conscientes que más allá de la pantalla está la calle y que en ella se sienten los besos, se contagian las risas y se producen los abrazos. Estas iniciativas, impulsadas por miles de personas anónimas, nos dan la oportunidad de conquistar una verdadera democracia real, pero ya, no cuando sea demasiado tarde. Aquí estamos, también, mucha gente que ya peinamos canas y que vivimos unos momentos históricos que anunciaban una sociedad más justa, libre y democrática y que vimos fracasar delante de nuestras conciencias. Estamos aquí, para enterrar nuestra impotencia, para recuperar la esperanza, para rejuvenecernos con tan animosa compañía.

Somos nosotras y nosotros, portadores de pancartas y tambores, de sueños y razones, quienes hoy en múltiples plazas y ciudades decimos que queremos y que, además, podremos. A lo largo de nuestro tránsito por la aventura de la vida hemos inventado cosas tan hermosas como la inteligencia y la justicia, como el amor y la solidaridad. No dejemos que ciertos individuos pongan en juego la alegría de cada amanecer. Que no se nos debilite la voluntad. Vivamos a tope y siendo dueños de nuestro destino. Si este entusiasmo colectivo que recorre el mundo tuviera colores, sería ya perceptible desde la Luna. Y es que aquí, hay que seguir empujando este mundito girador y errante, porque con la rotación no basta, hacemos falta todas y todos. Hacemos mucha falta y nos veremos dentro de muy poco. Mañana mismo hay que seguir manos a la obra.

*Doctor en Historia de la ULPGC

José de León Hernández*

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