«Como agüita al sol»: a la memoria de Fredesvinda Pérez Díaz, Finda


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Tuve el privilegio de conocer personalmente a doña Finda de la mano de su hija, María Victoria Hernández Pérez, mi amiga de investigaciones, de papeles viejos que a casi nadie importan y colega de casa prestada en el Puerto de Tazacorte. Quienes la conocimos recordaremos para siempre su candidez, que rayaba en lo divino; su predisposición a contar historias de su vida (nunca de los demás; sobre todo, por la sencilla razón de que no estaban presentes y eso era de personas sin educación, cosa que ella tenía a raudales); su generosidad, manifestada en la apertura de par en par de las puertas de su casa de la avenida Venezuela de Los Llanos de Aridane; de su fina atención, propensa a regalarte los secretos de una receta de cocina guardada con celo en los anales de los Pérez Díaz; de sus manos para los fogones y para el auténtico arte culinario, ese que camina entre lo popular (aprendido de memoria y por la práctica, de su familia y amistades) y entre las más flamantes estrellas Michelín. 

Uno de sus remedios o recetas (ahora no recuerdo bien qué ni para qué) consistía en disponer la leche a una temperatura que ella definía como «como agüita al sol». —Pero, doña Finda, ¿qué es eso de «como agüita al sol»? —Sí, mi hijo, ¡qué va a ser! No lo dejes hervir, sino como agüita calentada al sol. No creo que pueda definirse la tibieza con mayor carga poética, ni con mayor altura racional, pues, en efecto, eso es la templanza (la física para las comidas y la moral para el espíritu), esa que tanto proclamaron los sabios grecolatinos y que doña Finda enunció tan fina, acertada y razonablemente. Sin tanta palabrería. 

Nacida en Cuba, en la película documental «Retorno», de la actriz y directora Blanca Rosa Blanco, presentada hace unos meses en el Teatro Chico de Santa Cruz de La Palma, doña Finda rememoraba sus primeros años de vida en la isla caribeña, hasta que la familia se trasladó definitivamente al puerto de Tazacorte, donde ella trabajó como telefonista y a cuyas playas volvía cada año para pasar el verano. Con humor y con esa ilusión que no pierden sino los que se han desprovisto de la inocencia sencilla, propia de los niños (que no están contaminados por los rencores, por las dudas ni por el pesimismo), doña Finda manifestaba ante la cámara su esperanza de poder volver a Cuba a ver la tumba de su madre… «Yo tengo más de noventa años, pero… Sí, sí, yo tengo la esperanza de que volveré a ver la tumba de mi madre». ¡Qué lección para los que casi siempre estamos engolosinados con el pasado, rabiosos por lo que no va o embabiecados con lo que marcha mal! ¡Qué enseñanza tan rotunda sobre lo que significa la «voluntad»! ¡Cuánta alegría de corazón en tan pocas palabras! 

Guardo de doña Finda una bufanda de punto tejida por sus manos. Una combinación única de colores que me regaló y que estrené en la edición del Encuentro Insular de Música y Danza de Navidad celebrada en Villa de Mazo. Un recuerdo perenne de su amor desprendido, ese que predica la «Primera Epístola a los Corintios» y que ella practicó de forma natural, porque era buena. Acaso ese haya sido su mayor legado: el de haberse presentado ante nosotros con una bondad consustancial, sencilla y generosa. Esa que es capaz de mirar hacia los lados y de frente, siempre hacia el porvenir. 

Su imagen, con el cortadito de las 12 en el kiosco de la plaza de España de Los Llanos de Aridane, la plaza de los laureles cuyo origen tanto ha divulgado su hija María Victoria, permanece para mí como un icono de la Ciudad del Sueño: pendiente de invitar a sentarse con ella a quien pasase por allí, para contagiarle con su optimismo, para regalarle un cuentito de su vida, para emocionarle con su risa a carcajadas, contagiosa, tierna, dispuesta y sincera.

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