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“Muchas de las afirmaciones del feminismo se han transformado en dogmas”

El escritor palmero Nicolás Melini acaba de publicar un libro sobre el movimiento feminista en el que pretende aportar “una visión nueva, distinta a la que se maneja políticamente”.

El escritor Nicolás Melini.

El escritor Nicolás Melini. MANU NAVARRO

Nicolás Melini (Santa Cruz de La Palma, 1969) acaba de publicar Transcripción. ¿Qué está pasando con el feminismo dogmático y el feminismo predogmático (y otras cuestiones culturales), una obra que, asegura, no tiene como objetivo ir “contra el feminismo”. “Si acaso, podría ser un libro de cierta resistencia a la realidad, de cierta resistencia al pensamiento único, a lo dogmático, a lo políticamente correcto”, afirma en una entrevista con La Palma Ahora. Considera que “en cultura el feminismo es lo más relevante que está sucediendo”, y pretende aportar “una visión nueva, distinta a la que se maneja políticamente”. “Estoy convencido de que hay mucha gente deseosa de atender a un discurso sobre feminismo que sea independiente, que no se pliegue a la corrección política pero que tampoco sea políticamente incorrecto gratuitamente”, dice. Solo desea, subraya, “obtener algunos lectores honestos”. 

-¿Por qué ha sentido la necesidad de escribir sobre el feminismo?   

-Me parece que en cultura el feminismo es lo más relevante que está sucediendo. Creo que el escritor debe ocuparse. Es posible que la gran mayoría no lo esté haciendo por miedo, o eso me dicen algunos. El miedo de los otros es una razón más para que me interese.  No por valiente, sino porque creo que es mi responsabilidad. Uno de los mandatos que asumía el escritor hasta hace bien poco era el de mantener en alto su espíritu crítico, especialmente con las ideas que preponderan, con el poder, y el feminismo ha pasado definitivamente a formar parte de las ideas que preponderan. Estando a favor de la manifestación del 8M de 2018, mi primera reacción al observar el resultado fue, y así lo puse por escrito: “Hay que cuestionarse”. Este es un tema en el que hay muchas opiniones interesadas, a favor y en contra, merece la pena pensar sobre ello con cierta independencia. Al principio, al observar la gran polarización, solo me hacía preguntas. No tenía la menor intención de escribir un libro sobre ello. Pero he tomado la costumbre de hacerme preguntas “en público”, esto es, en Facebook: por puro egoísmo, porque pensamos mejor cuando dialogamos con otros, el diálogo nos informa de cuáles son las creencias generales, nos estimula y nos obliga a aclararnos. Pensar tiene una componente épica. El que piensa tiene que ser constante y valiente. Y, cuando estás pensando sobre un tema, normalmente, todo resulta elocuente y van apareciendo las lecturas que te alumbran. Sucede incluso con aquellos libros que estás leyendo por otra razón: es como cuando escribes una novela, que siempre suceden cosas relacionadas alrededor y que pareciera que te salen al paso para ayudarte en la escritura de la historia. A medida que iba pensando sobre lo que está sucediendo con el feminismo, en un momento en el que se han intensificado sus manifestaciones -y por eso a 2018 lo hemos denominado año feminista-, me di cuenta de que se iba haciendo necesaria una publicación del conjunto de lo que estaba escribiendo. De ahí el libro, que tiene un formato, una apariencia, bastante inclasificable, porque es una suerte de diario de reflexiones sobre la actualidad de unos temas concretos, pero se trata además de unas reflexiones que dialogan en vivo con las ideas de otras personas, otras personas que contestan (a veces con virulencia), y esos embates obligan también a que el pensamiento progrese, incluso cambie. Yo detecto en el libro varios momentos en los que mis ideas se modificaron. Me interesan mucho las reacciones de la gente en ese entorno, Facebook, en el que tengo sobre todo a personas progresistas (como sabemos, las redes se hacen a nuestra imagen y semejanza). En relación con este tema, ha sido esclarecedor, un buen experimento. Por supuesto he añadido algunas conclusiones, especialmente en el epílogo ¿Qué está pasando con el feminismo?, que es donde se encuentra lo que me parece más valioso del libro, en el sentido de que es una visión nueva, distinta a la que se maneja políticamente. 

-¿Qué reacciones espera con la publicación de este libro? 

-Hace unos días me preguntó un amigo que si estoy preparado. Le dije que no. Él entiende que puede armarse un escándalo, que me pueden atacar, que pueden hacerme daño. Yo le dije que nadie puede estar preparado para lo que él piensa que podría pasar, pero que también puede no pasar nada en absoluto. Y yo me inclino a pensar que no sucederá lo más mínimo. Entre otras cosas, porque yo no estoy dispuesto a provocarlo ni a participar de lo que pudiera armarse. Yo no pertenezco a los círculos de la lucha feminista y, también, soy completamente ajeno a quienes se oponen al feminismo de manera radical. Esto me sitúa en una suerte de vacío -que también puede ser peligroso, porque, en un momento dado, te pueden atacar todos, desde ambos lados-, pero creo que salir de ese vacío y alcanzar a los públicos concernidos hasta el punto que se arme cierta controversia requeriría que yo polarizara en debates públicos, en medios de comunicación, con unos o con otros, eso que ahora siguen haciendo los partidos políticos, pero también los columnistas que quieren obtener notoriedad para afianzarse en sus carreras. Provocan a los que no coinciden con ellos y, de paso, los que sí, ante los ataques de los ofendidos, se acercan al articulista, lo hacen suyo. Hoy el éxito de muchos depende de fomentar el maniqueísmo para que se haga el nicho de mercado propio, pero ese maniqueísmo nos empobrece a todos. Ese proceder no me interesa. Por otro lado, estoy convencido de que hay mucha gente deseosa de atender a un discurso sobre feminismo que sea independiente, que no se pliegue a la corrección política pero que tampoco sea políticamente incorrecto gratuitamente, porque ambas cosas son demasiado fáciles: en la corrección repites el ideario y en la incorrección te burlas de él, pero ninguno de los dos procederes conlleva una indagación profunda ni la persecución de cierto valor de verdad sobre lo que está pasando. El maniqueísmo encona y trivializa y empobrece. Además, el dogmatismo produce pensamiento único e inamovible hasta el punto de que la gente prescinde de intentar convencer con argumentos. Muchas veces, el que tiene la Historia a favor (en este caso es el feminismo), comprende que no necesita convencer para vencer, le basta con el ataque ad hominem -el insulto, la ridiculización-, y a la vuelta de la esquina se encuentra la agresión de unos u otros, del feminismo o de sus contrarios. Son las formas menos interesantes de pensar. Yo, si puedo, las evitaré. Este libro, creo, contiene algo que es universal. Una idea que es como una pepita de oro. Solo deseo que obtenga algunos lectores honestos.

Portada del libro.

Portada del libro.

  

-Entonces, ¿qué es lo que está pasando con el feminismo? 

-Creo que la clave me la dio Walter Benjamin. Tiene un texto (en realidad el esquema de un libro que quería escribir y no pudo, porque falleció) que se titula El capitalismo como religión. En este describe el capitalismo como una religión radical, la más extrema que posiblemente ha existido nunca, porque se trata de una religión sin dogmas. Otra clave me la dio, creo, Giorgio Agamben, cuando habla del dispositivo. Yo ya conocía y practicaba eso del dispositivo como escritor, pero cuando se aplica a la sociedad toda resulta esclarecedor. Las religiones son la parte fundamental de los dispositivos que transforman las sociedades. En su momento, el cristianismo fue extraordinariamente transformador, se encaramó a lo más alto del ideario y convirtió al politeísmo en pasado.  Fue un cambio de valores radical, que afectó al orden de todas las cosas. Es muy interesante observar cómo hoy el capitalismo ha sustituido a la religión cristiana, y cómo ahora la religión cristiana se ha convertido en negatividad, en pasado, mientras el capitalismo es el presente, es lo histórico, lo que prepondera hoy. Así sucede siempre con las religiones, al principio son una negatividad que se enfrenta a las ideas preponderantes. En determinados casos se establece una competición en la que la nueva religión se vuelve positividad pura y convierte a la religión preponderante en sí misma. Luego, una vez que ha perdido el poder, la religión que ha regido, la anterior, se va volviendo negatividad, alejándose hacia el pasado. Todo esto lo hemos visto con el capitalismo y el cristianismo. Es interesante observar cómo la culpa pasa del cristianismo al capitalismo. En el capitalismo nos sentimos culpables sin que nadie nos sermonee. El capitalismo es tanto más culpógeno que el cristianismo. Si fracasas, solo puedes culparte a ti mismo y no hay perdón posible más que el tuyo propio. Ahora estamos viendo: por un lado, el cristianismo (que es pasado, negatividad), por otro lado, el capitalismo (que es preponderante, positividad) y por un tercer lado el feminismo (que posiblemente sea Historia, positividad pura), las tres religiones conviven en el mismo momento y se está produciendo una pugna por la hegemonía entre el feminismo y el capitalismo. El capitalismo suele convertir lo que surge en sí mismo, el feminismo trata de subvertir los valores del capitalismo para convertir al capitalismo en parte del feminismo. El feminismo anticapitalista está al frente. Es anti, pero eso qué significa: no es viable que una religión obtenga la abolición de la anterior. En realidad, la mete debajo del ala, la va venciendo por partes, poco a poco, y está por ver que el feminismo lo consiga con el capitalismo, aunque ya hay algunos síntomas de que podría ser. Un ejemplo: la marca Adidas ha anunciado que, en el próximo Mundial de fútbol, otorgará como premio la misma cuantía económica a las ganadoras del mundial femenino y a los ganadores del mundial masculino. Esto supone todo un cambio de valores: el mundial femenino, en este momento, no es un negocio tan poderoso como el masculino. La norma capitalista prevé otorgar un premio proporcional al negocio que es cada cual. Si esta nueva idea se estableciera como norma, el capitalismo seguiría con sus leyes, sí, salvo cuando se tratase de mujeres, en cuyo caso el valor de las cosas no sería el del dinero. Es decir, el capitalismo empezaría a dejar de ser el capitalismo. Por supuesto, el capitalismo (sin que nadie lo dirija) suele hacer concesiones a quienes están en su momento de éxito, y luego, normalmente, si el momento pasa, vuelve a regirse por sus reglas. Pero nótese una cosa que me parece fundamental: si esto es así, lo que está sucediendo posiblemente no tenga nada que ver con la igualdad entre hombres y mujeres. Porque lo viable es esta otra transformación.  

-¿Entiende el feminismo como una especie de un lobby? ¿Su objetivo no es erradicar la superioridad y primacía del hombre sobre la mujer para acabar con las desigualdades? 

-No, creo que el feminismo es algo mucho más relevante que un lobby. Es una religión. En cuanto a sus objetivos, los objetivos de las religiones no son los que manifiesta cada individuo. El individuo inmerso en una religión no es más que una pieza de mayor o menor poder dentro de la religión. No creo que haya ninguno de nosotros que fuera capaz de decir qué será la igualdad. La idea de igualdad es como la idea de salvación cristiana. Está allí adelante, se espera, se desea, se supone. Hay que tener fe en ella. No se puede cuestionar, es un dogma. Para mí la idea de igualdad es también una suerte de McGuffin: todo se hace por la igualdad, la idea de igualdad produce que todos nos movilicemos. Recordemos que, al final, el McGuffin ha movilizado a todos los personajes, pero el McGuffin no importa, es lo de menos en la historia que estemos contando. La idea de igualdad hombre-mujer, me parece, el feminismo la está heredando del capitalismo. Primero hemos convenido que las desigualdades económicas son malas y que hay que acabar con ellas, y de ahí hemos pasado a señalar todo tipo de diferencias como desigualdades y a declararlas injustas y perjudiciales. Sexamos todo para encontrar toda clase de brechas que esgrimir en nuestro favor. Pero una desigualación (lo diré así para distinguir) no tiene por qué ser perjudicial. Hay desigualaciones productivas. Desigualaciones que son producto de la justicia. Desigualaciones que son fruto de la colaboración o el resultado de complementarse o de completarse las personas. Y, por otro lado bien distinto, me parece llamativo que consideremos que la igualdad siempre es lo justo, en todos los aspectos de la vida, cuando se está señalando que esta sociedad padece precisamente de un exceso de positividad y que ese exceso de positividad está produciendo un infierno de lo igual (Byung Chul Han). Ser iguales puede ser también una pesadilla. ¿Cuánto de iguales tendríamos que ser para que fuese justo? 

-¿Dice que el feminismo es una religión? 

-Es una religión porque aspira a cambiarlo todo y a convertirlo en sí misma, porque es un dispositivo confeccionado mediante una serie de dogmas de fe para producir una transformación de valores. La culpa, en el feminismo, es un gran motor de cambio social. La idea de patriarcado es una suerte de pecado original no solo del hombre, de todos, pues está en todo lo que nos rodea y no hay escapatoria. Es una idea culpógena. Todos debemos sentirnos culpables de machismo. Del cristianismo, el feminismo hereda el culto a la víctima: Jesús en la cruz es ahora la mujer sojuzgada, muerta a manos de su pareja o ex pareja. Estamos en una cultura en la que La víctima es el héroe (Daniele Giglioli), no hay grupo humano que no se victimice para legitimarse. El veganismo, el animalismo, el ecologismo, el nacionalismo, el tierraplanismo, todos tienen en común cierto grado de victimismo y, por tanto, cierto grado de conspiranoia. En el capitalismo, todas las religiones que están surgiendo lo hacen desarrollándose en un nicho de mercado. No puede ser de otro modo. Son a la vez religión identitaria y nicho de mercado. Creo que esto es evidente y se puede observar: en el veganismo, en el feminismo, en el tierraplanismo, en el animalismo… Surgen del capitalismo, surgen en sus propios nichos de mercado o fundan su propio nicho de mercado, y aspiran a convertir al capitalismo en sí mismas. De hecho, por qué no, podríamos estar en el camino de una pluralidad de creencias que nos expliquen el mundo de otro modo. La religión surgió en la humanidad justo en el momento que el hombre empezó a organizarse en comunidades demasiado extensas. En la tribu, todos se veían las caras. Cuando la comunidad se hace demasiado grande, se crea un dios moral que está arriba de todos, y que alivia tu incapacidad para ver lo que está pasando con cada individuo de la comunidad. Curiosamente, ahora, en la era de la información, en la era de internet, de nuevo tenemos la capacidad de vernos las caras como si estuviésemos en una inmensa tribu, tenemos la sensación de que, si queremos saber de alguien, nada nos lo impedirá. Parece plausible que caminemos hacia una pluralidad de nuevas creencias religiosas, como posiblemente las mencionadas, surgidas del capitalismo y de las religiones del libro, entre otras. 

-¿El feminismo hace culto de las mujeres asesinadas por la violencia machista? 

-Sí, en cierta medida. En Semana Santa vemos cómo los cristianos reviven el dolor por sus víctimas. Salen en procesión. La virgen sufre, Jesucristo sufre. Son sus víctimas. En nuestra sociedad hemos establecido que hay que sufrir por las víctimas de violencia de género. Durante más de dos décadas, en España, hemos llevado en los informativos cada caso de asesinato de una mujer a manos de su pareja o ex pareja. Las contamos una a una, en un seguimiento que es el de un culto, las autoridades dejan sus puestos en las instituciones para salir a la puerta y dedicarle un minuto de silencio a cada una de ellas, en ocasiones, la ciudadanía sale a manifestar su repulsa y su dolor en las calles, lo que se parece bastante a una procesión, y no nos importa que no sirva o no para que disminuya el número de víctimas que se producen al año. Lo seguimos haciendo. De verdad, recomiendo encarecidamente el libro de Giglioli Crítica de la víctima, no habla de feminismo, sino de las propiedades de la víctima en la sociedad occidental. Ahora, todo el mundo quiere ser víctima o tener cerca a una víctima que lo prestigie. Hay un prestigio de la víctima. Ante la víctima, uno no puede sino callar. Si somos la víctima o hablamos en su nombre, no podemos sino tener razón, y, en cualquier caso, nadie intentará quitárnosla. La víctima es legitimidad pura. Por la víctima podemos incluso agredir. Y, sin embargo, el que es víctima de verdad, solo quiere salir cuanto antes de esa condición para poder seguir con su vida. Hay una apreciación demoledora de René Girard: hoy, si alguien quiere perseguir a otro, no tiene más que decir que es una víctima y que el otro es un agresor. Los que quieren tener razón, incluso los que quieren agredir a otros, antes se agencian una buena víctima. 

-¿Establece alguna relación entre ese dogma feminista del que habla y las ideas fascistas? 

-No exactamente. Para empezar, este no me parece un libro contra el feminismo. Si acaso, podría ser un libro de cierta resistencia a la realidad, de cierta resistencia al pensamiento único, a lo dogmático, a lo políticamente correcto. Pero además es un libro en el que se concluye analizando la cuestión sin ningún sesgo, ni a favor ni en contra. En cuanto al fascismo, creo que hay una sincronicidad entre la cuarta ola del feminismo y la aparición en escena de ideas fascistas y de grupos que las defienden. Por un lado, sucede que siempre que creamos o promovemos algo, al mismo tiempo, creamos o promovemos su contrario, el que se le opone. En España es muy evidente con la aparición de Vox, que es la némesis del feminismo y varias cosas más: Vox se ha visto beneficiado por la potencia actual del feminismo, lo ha utilizado. Pero también se puede observar con claridad en el caso de Bolsonaro, que triunfó con un discurso que prometía acabar, de facto, con la corrección política. Y posiblemente con Trump, aunque en su caso al revés que lo de Bolsonaro: aparece un presidente que alardea de las peores maneras del macho alfa e irrumpe el Metoo. Tampoco hay que despreciar la enorme frustración que ha producido en mucha gente, durante la crisis financiera, que no haya habido modo de que la política actúe en defensa de los ciudadanos. Hubo un momento de esperanza de cambio y ningún cambio se ha producido. Hay una suerte de traspaso: de indignación política por la crisis a indignación feminista, pero no solo: también a populismo de izquierdas, a nacionalismo e independentismo, o a populismo de derechas. El fascismo anda por ahí metido: en el supremacismo de cierto independentismo, en el supremacismo de la extrema derecha, en  el supremacismo de algunas consignas feministas, y no se puede decir que lo radicalmente opuesto no sea lo mismo. De hecho, hay varios aspectos que todos tienen en común: uno es el victimismo, que se observa en Trump, en Bolsonaro, en el independentismo catalán, en Vox, en el feminismo, y en la izquierda respecto del sistema económico y otras muchas cuestiones. El victimismo conduce a la conspiranoia y esta podemos encontrarla, en distintos grados, lo mismo en el feminismo que en Vox que en el tierraplanismo que en la izquierda en general; y donde la conspiranoia impregna ideas diversas, la mentira se enseñorea. El valor verdad está en horas muy bajas en todas las creencias que he mencionado. Eso también lo tienen en común. Por último, yo no apostaría a favor de la inocencia de las feministas más radicales, que son las que lideran el movimiento porque son las que dan más duro. No sólo por su dogmatismo, también porque se trata de un dogmatismo que ahora está en lo alto, que prepondera, que es fuerte y, por lo tanto, golpea desde arriba, y (da igual que sea de izquierdas o de derechas) fácilmente puede incurrir en lo reaccionario. El feminismo ha triunfado. Aún tratándose de las mismas ideas que antes, no es lo mismo cuando las ideas cuestionan el poder que cuando son las del poder. El que está en el poder debe contener sus fuerzas, porque cualquier exceso lo deslegitima.    

-¿Y cuál es el dilema entre el feminismo dogmático y el predogmático? 

-El dilema es el que se le plantea a cualquier persona (yo, por ejemplo) cuando viene siendo feminista durante las últimas décadas, a favor de la mujer, aceptando como válidas todas las afirmaciones feministas y, de pronto, la persona comprende que el feminismo ya no es como era hasta ahora, porque muchas de las afirmaciones del feminismo se han transformado en dogmas y, para su sorpresa, el feminismo se revela como una religión, con todo lo desagradable (y agradable, también) que eso conlleva. El dilema es el de: ¿abrazo el dogma o me quedo como estaba? ¿Entro o me quedo fuera? ¿Nuestra posición política es la misma cuando somos feministas sin dogmas que cuando nos convertimos en feministas dogmáticos? Y luego empieza a aparecer un ramillete de cuestiones personales más: ¿Es posible dar un paso atrás sin dejar de ser feminista? ¿Debo oponerme a todo aquello que, viniendo del feminismo, esté mal, sea perjudicial y me parezca que nos empeora, o debo callar, hacerme a un lado, no estorbar? ¿Estoy haciendo lo correcto? Y ello junto a cuestiones de verdadera perentoriedad: ¿Qué es lo que está sucediendo? ¿Adónde nos dirigimos? ¿Cuándo obtendremos la igualdad? ¿Obtendremos la igualdad? ¿Lo que estamos haciendo es lo que debemos hacer para obtener la igualdad? ¿Cómo reconoceremos que hemos alcanzado la igualdad? 

-¿Qué tienen que hacer las mujeres para lograr la igualdad y evitar ser asesinadas por sus parejas o ex parejas? 

-Lo que se está haciendo para que mueran menos mujeres es un fracaso. Desde el 2001 hasta ahora los asesinatos de otro tipo han disminuido una barbaridad, hasta casi la mitad, pero los de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas apenas han descendido. Este trimestre, primer trimestre después del año feminista, se han doblado los asesinatos de mujeres a manos de parejas o ex parejas respecto al año anterior. Insistir más tiempo en lo que no funciona no me parece buena idea, sea esto lo que sea. Por otro lado, España es uno de los países con menos muertes violentas del mundo. Somos muchos millones de personas. La cifra anual de asesinatos es irrisoria, en 2016, 0,63 homicidios por cada 100.000 habitantes, y sabemos que nunca va a ser de 0, tampoco en el caso de las muertes de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas. Somos un país muy poco violento y, sin embargo, con una gran alarma social por los asesinatos de mujeres a manos de hombres, luego es posible que sea necesaria una reflexión de los medios de comunicación. Hemos estado dos o tres décadas informando de cada muerte de mujer por violencia de género, mientras que apenas informábamos del resto de tipos de asesinatos, que son la mayoría. Esto produce una distorsión. Ahora parece que los medios de comunicación empiezan a informar un poco más del resto de asesinatos, y el clima ha cambiado ligeramente. Si vemos las cifras totales de asesinatos en España, mueren muchos más hombres que mujeres. Yo llegué a pensar que no era así, que morían por asesinato más mujeres que hombres, y no. Hay un dato cuanto menos curioso: en la mayoría de los países de occidente, el porcentaje de muertes de mujeres a manos de hombres y de hombres a manos de mujeres es igual de desigual, muchas más mujeres muertas que hombres muertos. Sin embargo, en EEUU, país donde todo el mundo tiene un arma, el número es bastante “igualitario”. Al parecer se debe a que el uso de armas iguala las fuerzas. Pero claro, EEUU es muy mal ejemplo que tomar, porque allí muere gente por arma de fuego como si hubiese una guerra. Si hiciéramos el disparate que dice Vox y aprobáramos la tenencia de armas (a parte de que yo me iría del país, porque en su día no me quedé en EE.UU. sobre todo por eso), se incrementaría el número de mujeres muertas a manos de hombres, pero además, posiblemente, se incrementaría el número de muertes de hombres a manos de sus mujeres hasta el punto de que no existiría la brecha que ahora existe. Lo que me interesa es que, al parecer, cuando se equilibran las fuerzas, hombres y mujeres nos matamos más o menos igual. Luego parece que lo determinante es la diferencia de fuerza entre hombres y mujeres, no el machismo de los hombres. En España, la mayoría de los asesinatos en el ámbito familiar se producen por arma blanca o golpes, y los pocos que disparan armas (escopetas de caza) suelen ser hombres. Sin embargo, cuando se pregunta a un número amplio de personas si han ejercido violencia contra alguna de sus parejas o han sufrido violencia de alguna de las parejas que han tenido (luz de gas, acoso, golpes e insultos, heridas), resulta que la proporción es la misma: creo recordar que, más o menos, el 13% de los hombres y el 13% de las mujeres dicen haber ejercido y/o recibido algún tipo de violencia, solo que la violencia de los hombres hace mucho más daño y es más letal. Me parece que ofrecer una información que no sea ni parcial ni sesgada puede obrar el milagro de una visión distinta, y menos dolorosa, de la realidad. Y también es necesario para poner las medidas adecuadas. La alarma social, sin embargo, entorpece. Y la utilización política de las víctimas no solo no soluciona nada, está mal. Usar políticamente a las víctimas está moralmente mal. Eso no está bien. Hay que dejar de hacer política utilizando a las víctimas. También el feminismo debe dejar de hacer política utilizando a las víctimas. A las víctimas (de lo que sea) hay que acompañarlas, ayudarlas, no usarlas con fines políticos. A los políticos y a los que hacen política desde todo tipo de organizaciones y a la gente en general que hoy participa en el debate público hay que decírselo: quiten sus manos de las víctimas. 

-¿Qué opinión le merece el término feminazi? 

-Nunca lo he utilizado. Me desagrada. El feminismo no ha cometido ninguna clase de genocidio. Estaría bien que, los que la utilizan, fuesen un poco más rigurosos, y es evidente que no quieren, que prefieren pasarse. Ellos sabrán. También estaría bien que no nos neguemos la oportunidad de recapacitar sobre qué de ese apelativo puede llevar alguna razón. El dogmatismo es rigorista. Nos hace esclavos de nuestras ideas. Totaliza nuestra forma de pensar. Creo que hay que estar alertas ante la posibilidad de volvernos dogmáticos, solemos identificar el dogma en los otros con mucha facilidad, mientras que, cuando se trata de la causa que nos gusta, no nos lo vemos por ningún lado.

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