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Gloria al bravo pueblo…
“Gloria al bravo pueblo…”, primer verso del himno nacional de Venezuela, siempre cantado o interpretado con sentimiento patriótico.
La experiencia de ayer fue inigualable. Desde las siete de la mañana ante el televisor, sin mover el canal -La 1, de TVE, cobertura completísima en una programación especial como requerían (por múltiples razones, incluso sentimentales) los insólitos acontecimientos de Venezuela. Claro que dolían los estampidos -y los hongos- de las bombas que apuntaban -ya que se hablaría luego de precisión milimétrica- sobre los objetivos de infraestructuras e instalaciones estratégicas.
Pasaban las horas -madrugada en el país andino- y la envolvente incertidumbre la información fluía a cuentagotas. Con las primeras luces del día, se elevó la tensión a la espera de conocer la suerte de Nicolás Maduro -a quien ya se podía considerar ex presidente de la República- y de su esposa, Cilia Flores. ¿Secuestro o fruto de la acción unipersonal de un gringo omnipotente jugando al todo o nada? De la violación del derecho internacional, ya se hablaría. Pero todos se remitían a la comparecencia vespertina de Donald Trump. Hasta entonces -como se comprobó- no habría noticia.
Apenas los primeros y tibios aplausos de la Caracas que despertaba, convertidos luego en normalidad cotidiana, con sus colas y su avituallamiento ciudadano. Las restos del régimen chavomadurista no se atrevían siquiera a dar un número estimativo de víctimas de los bombardeos. Silencio hasta Mar-a-Lago, donde se preparaba la gran escenificación que comenzó, por cierto, con más de treinta minutos de retraso.
Y allí, en un reducido espacio habilitado para la ocasión -vaya manía esa de utilizar una residencia privada para hablar e informar de asuntos públicos de máximo interés, como que esté en juego la suerte de un país: qué pasaría si lo hiciera un presidente de la Unión Europea?- un mitin aterciopelado, entremezclando el ‘leit motiv’ de la convocatoria con asuntos domésticos y declaración de intenciones -hasta el trasero (textual) de un colombiano para sentirse intranquilo- para anunciar sutilmente -¿o no tanto?- que vamos a ayudar (sic) a la industria petrolífera venezolana y a cobrar lo que nos han robado. Nunca mejor aquella frase de que Estados Unidos no entiende de amigos sino de negocios. Un alarde de autosuficiencia y poderío: ¿quién manda aquí? Tomen nota: ese es el mensaje.
Y si no, que le pregunten a María Corina Machado, premio Nobel de la paz y líder social en Venezuela. El absolutista gringo habrá sentido celos y poco menos que la despachó como una persona
“La ley respetando, la virtud y honor”…, sigue la estrofa del himno.
Más de una hora explicando las pretensiones. ¡Qué exhibición! Hasta para corregir al secretario de Estado, mientras afloraban las tibias reacciones de otros gobernantes. Y mientras el avión que transportaba a los detenidos surcaba las rutas atlántica y americana hasta llegar a New York, donde se formaliza todo el proceso judicial.
Como “the show must go on”, el descenso entre penumbras -quizá temían el disparo de algún francotirador-, ya al filo de la medianoche, coronó la larga jornada televisada en que Venezuela proyectaba las tristes sombras del Monte Ávila y la cámara fija sobre el aeropuerto de La Carlota seguía mostrando un aparato atravesando la pista principal de aterrizaje. A Maduro, ya sin ganas de baile ni su inglés macarrónico por asomo, se le agotaron las bravatas y estaba a merced de los guardianes del hemisferio, de esos que cuidan el patio trasero. Emprendía el largo y tortuoso camino -cuánta razón Paul McCartney, ya en 1969- hasta la prisión federal correspondiente.
En las calles y plazas, ya entrada la noche, cuando el frío azotaba en muchas latitudes, seguía escuchándose:
“Gloria al bravo pueblo…”.
Y empezaba, de hecho, a digerir lo sucedido.
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