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La oficina de la esquina, sin el cubículo de por medio

Inteligencia Artificial.

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En la bandeja de entrada de la cuenta de correo electrónico había dos mensajes.

Uno era de una de las grandes firmas de consultoría: salario de entrada alto, una marca que abre puertas y la promesa implícita de que, en tres o cuatro años, podrías hacer casi cualquier cosa. El otro era de Claude Corps, el programa de Anthropic: ochenta y cinco mil dólares al año, un puesto dentro de una organización sin ánimo de lucro y doce meses construyendo herramientas de inteligencia artificial que el equipo pudiera seguir usando cuando el fellow (asociado) se marchara.

Imaginemos a Daniel —veinticuatro años, menos de dos de experiencia— los miraba, alternando entre uno y otro. Sabía que la decisión no era solo de dinero: era una apuesta sobre qué habilidad le dejaría, diez años después, pasar del cubículo a la oficina de la esquina, esa con ventana.

Durante décadas, el camino más seguro para un talento ambicioso e inseguro a la vez —ese que quiere ingresos, seguridad y estatus al mismo tiempo— ha pasado por la banca de inversión o la consultoría estratégica. En Estados Unidos han competido otras vías: Teach for America, los programas de product management de las tecnológicas, aceleradoras como Y Combinator. Todas atrajeron gente brillante; ninguna desplazó del todo el magnetismo de aquellas dos instituciones.

Lo que ha cambiado es el tamaño de quien construye ahora la alternativa. En mayo de 2026, OpenAI lanzó su Deployment Company: consultoría y despliegue con más de cuatro mil millones de dólares detrás e ingenieros —los Forward Deployed Engineers— que se instalan dentro de las organizaciones cliente para rehacer procesos reales. Anthropic juega también ese tablero enterprise, pero abrió además el de entrada: ciento cincuenta millones para Claude Corps, un fellowship que colocará a mil jóvenes con menos de dos años de experiencia —cien en la primera promoción, este octubre— dentro de organizaciones sin ánimo de lucro. Cada fellow pasa un año cableando IA en el día a día de su anfitriona y formando al equipo para que el sistema siga vivo cuando él se vaya.

Ambos programas buscan al mismo perfil que siempre reclutaron los bancos y las consultoras: alguien cómodo gestionando la relación con un cliente, resolviendo problemas estructurados contrarreloj y ejecutando dentro de una organización ajena. La diferencia está en lo que se construye encima.

En la banca o la consultoría clásicas, los primeros años se van afilando herramientas estrechas: modelos de descuento de flujos, hojas que valoran empresas, presentaciones para un cliente concreto. Conservan el filo mientras te mueves dentro de las finanzas, y lo pierden casi entero en cuanto sales. Meter inteligencia artificial en el flujo real de un equipo obedece a otra lógica: entender un proceso, ver dónde la IA descarga trabajo repetitivo, construir la solución y dejarla funcionando es un mismo gesto que sirve en cualquier sector, a cualquier tamaño, incluso en un proyecto propio. Viaja.

Hasta aquí, la versión luminosa. Conviene contar la otra mitad.

Estos puestos pagan hoy menos que un primer empleo en banca, y esa diferencia pesa con las dos ofertas delante. Pero hay algo más problemático que el salario: las mismas empresas que ofrecen la rampa nueva son las que están retirando la vieja. La propia Anthropic admite que el primer peldaño de la carrera se está ablandando, y sus modelos —y los de OpenAI— son buena parte de la razón. Dicho sin florituras: te enseñan a instalar el sistema que vuelve prescindibles los cubículos por los que antes se ascendía. Aprendes a acelerar la obsolescencia del puesto que, hasta hace poco, habría sido el tuyo.

Y hay letra pequeña. En Claude Corps el fellow trabaja un año entero sobre Claude, y la organización anfitriona termina con una infraestructura atada al ecosistema de Anthropic, financiada por una inversión que equivale a menos del 0,02 % de la valoración de la empresa. Es filantropía, sí. Y también una tubería de talento y de dependencia de producto. Las dos cosas a la vez, y conviene saberlo antes de firmar.

Nada de esto invalida la apuesta; la afina. El trueque de fondo sigue siendo real y recuerda al atractivo original de aquellas carreras: se suponía que una marca fuerte compraba libertad futura. Una habilidad que viaja puede comprar esa misma libertad, y con menos dueño. La diferencia es que ahora Daniel tiene que sopesar no solo cuánto le pagan, sino quién se beneficia de lo que va a aprender a construir.

Todavía no existe una promoción de estos programas con cinco o siete años de recorrido que medir contra sus equivalentes de McKinsey o Goldman. Es un experimento a escala, y Anthropic y OpenAI comprueban en directo si cablear IA dentro de organizaciones reales produce un profesional cuyo valor aguanta —y crece— al cambiar de contexto. La respuesta tardará años.

Mientras tanto, para quien entra en la universidad el mes que viene o elige su primer empleo, la pregunta ya no es solo «¿cuál es el camino más prestigioso?». Es también «¿qué quiero saber hacer dentro de diez años, en cuántos sitios quiero poder hacerlo… y a quién estoy ayudando a construirlo?».

La oficina de la esquina ya no exige años en el cubículo de al lado: a veces se empieza a ocupar desde el primer día, varias a la vez y en remoto. Solo conviene mirar bien de quién es el edificio.

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