Desayunando con Vargas Llosa
En mi colegio, entregar un trabajo con faltas de ortografía era una forma discreta de suicidio académico. El profesor descontaba puntos con una alegría que no le conocíamos en ninguna otra actividad. Luego llegaron los correctores ortográficos y, durante un tiempo, sospechamos que usarlos era hacer trampa. La sospecha duró poco: dos cursos después, el mismo profesor reprochaba lo contrario — cómo diablos entregabas algo con faltas teniendo el corrector a un clic. La herramienta pasó de delito a obligación sin detenerse en ninguna estación intermedia.
Conviene recordar aquel viaje ahora que media humanidad discute cómo detectar si un texto ha pasado por una inteligencia artificial. Se venden detectores, se compran licencias, se suspende a estudiantes con un informe de probabilidad bajo el brazo. Y ha florecido el negocio simétrico: aplicaciones que prometen a esos mismos estudiantes «humanizar» sus textos hasta burlar cualquier detector. La cumbre del género la firma la app que te juzga y te condena — y acto seguido te ofrece redimir el pecado humanizando tu texto, previa suscripción de pago. Plegaria, limosna y de vuelta al cielo: el negocio de las indulgencias llevaba quinientos años esperando su versión en software.
El final de esta carrera, además, ya se ve desde aquí: a medida que los modelos mejoren, llegará el día en que no quede nada que detectar. Y entonces tocará hacer el camino inverso — escribir mal a propósito, renunciar a la raya (esta misma), desarmar la sintaxis — para, oh ironía, «parecer humanos». No es por ahí. Entretanto, casi nadie invierte un euro en la pregunta que importa, que no es si el texto pasó por una máquina: es si pasó por una cabeza.
Que la autoría importa, nadie lo discute. Hay terrenos donde la trazabilidad no se negocia: un ensayo clínico, una sentencia, un dato que otros van a citar. Pero de ahí a la histeria media un océano de hipocresía, y conviene medirlo.
La escritura asistida no la inventó ninguna startup. En el siglo XIX ya se hablaba de nègres littéraires — el término se popularizó, en parte, a la sombra de la fábrica narrativa de Alejandro Dumas, que firmaba más de lo que materialmente podía escribir. La palabra era fea porque el oficio lo era: trabajar en la invisibilidad para que otro se llevara el nombre. Hoy la industria prefiere decir «escritor en la sombra» o ghostwriter, que describe lo mismo con mejor sastrería. Y nadie se rasga las vestiduras: hay celebridades que venden millones de ejemplares y a las que costaría pillar leyendo de corrido un WhatsApp.
Después del corrector ortográfico vino el gramatical, luego las aplicaciones que pulían la sintaxis, y ahora un modelo que estructura contigo la idea que le traes. Es la misma escalera; solo se le han añadido peldaños. Si mañana termino una novela, pasará por un editor, un corrector tipográfico y una editorial que pedirá cambios. ¿Deja por eso de ser mía? Es mi idea, mi arquitectura, mi estilo. La autoría nunca fue un acto solitario; fue, como mucho, un acto con jerarquía.
Lo digo con todas las cartas boca arriba, y subo la apuesta: esta pieza es, técnicamente, un plagio. Sintetiza un capítulo del libro que estoy escribiendo sobre la delegación del criterio en la inteligencia artificial. Llevo casi tres décadas frente al teclado y no he conseguido ni el Pulitzer ni el Nobel; ninguna app hará que me llamen de Estocolmo. Pero entre mi artesanal —y caro— editor humano, lo que disponga la editorial y un modelo de IA con el encargo de apañar mi torpe intento de narrativa lírica a lo Pushkin y domarme la vieja obsesión por el enunciado alambicado, puede que tú, estimado lector, acabes leyendo mejor las ideas que ese libro en ciernes te propone. Quien firma decide qué se dice, qué se corta y qué es verdad. Eso es firmar; lo demás es logística.
Ahora bien: la otra mitad de la hipocresía es bastante más divertida. Desde que llegó la inteligencia artificial conozco a gente que escribe en redes como si desayunara con Vargas Llosa. Prosa bruñida, subordinadas elegantes, algún adverbio de los caros. Luego te sientas delante y descubres que posiblemente no han terminado un libro sin dibujos. Se ha democratizado la producción; la sustancia sigue costando lo mismo.
Y aquí llega la buena noticia, que nadie anuncia porque es gratis: el detector infalible existe desde Sócrates y se llama conversación. Al impostor no lo desenmascara un software con su porcentaje de sospecha; lo desenmascara una pizarra. Sácalo a hacer la raíz cuadrada. Ponle un papel delante y pídele dos párrafos a mano. Hazle cuatro preguntas capciosas. O aplícale la prueba de Feynman: explícame esto como si yo tuviera tres años. La farsa no aguanta el segundo asalto. Los detectores miden la textura de un texto; una conversación mide la propiedad de las ideas. Y esa estadística no hay quien la falsifique.
¿Significa esto que delegar es inocuo? No. Significa que hay dos delegaciones distintas que la histeria se empeña en confundir. Yo sé hacer una raíz cuadrada; uso la calculadora por tiempo y por precisión. No hago trampa: la operación sigue siendo mía. Otra cosa es delegar lo que no se sabe hacer, porque eso no es un atajo — es una deuda. Y la realidad es un acreedor paciente: pregúntenle al abogado que presentó ante el juez jurisprudencia inventada por su modelo de lenguaje. No lo cazó ningún detector; lo cazó alguien que se tomó la molestia de comprobar las citas. El coste de la impostura no desaparece. Se aplaza, y se cobra con intereses.
Y para que nadie me coloque en la trinchera de los nostálgicos: me he leído la obra entera de García Márquez, y el día que un modelo sea capaz de escribir una secuela digna de El amor en los tiempos del cólera, seré el primero en encargarla — resucitar, aunque sea por artificio, a uno de mis escritores favoritos. Las librerías inaugurarán tarde o temprano su sección de poesía IA, y no pienso escandalizarme. Solo conviene no olvidar lo esencial: el talento no se simula. Conseguir que una máquina escriba como Gabo será, el día que llegue, un producto de ingenio cien por cien humano.
Por eso creo que la pregunta está mal formulada. No es «¿cómo detectamos a las máquinas?»; es «¿qué encuentra la máquina cuando llega?». Porque esto es, ante todo, un amplificador: al periodista con oficio lo hace más rápido; al analista con criterio, más fino; al artista con mundo, más libre. Amplifica lo que encuentra. Y si lo que encuentra es un orangután con corbata, amplificará al orangután — aunque la corbata, eso sí, quedará impecable y sin una sola falta de ortografía.
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