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Los pies descalzos

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Ese día el sol también quemaba. Igual que este jueves, también estaban en el muelle de Arguineguín Salvamento Marítimo, la Policía, voluntarios de Cruz Roja y algún que otro periodista. Ese 23 de noviembre de 2020 había llegado una patera por sus propios medios a la playa de Pozo Izquierdo (Gran Canaria) con 20 hombres y una mujer. Una guagua condujo a los supervivientes hasta el puerto, donde ya había cientos de personas al raso. Antes de entrar a las carpas, fueron colocados en fila. Su ropa estaba empapada por el agua salada y muchos tenían los pies descalzos.

Al día siguiente, otra barcaza condujo a Lanzarote a Mbarka y a su hijo Omar, un niño de 13 años con parálisis cerebral que buscaba en Europa la asistencia médica que su país le negaba. Esa misma noche, mientras su patera se acercaba a la isla, los vecinos de Órzola se echaron a la marea en medio de la oscuridad para intentar sacar con vida a los ocupantes de otra embarcación. 

Cinco años después, al otro extremo del Archipiélago, en la pequeña isla de El Hierro, la imagen se repetía y decenas de personas se tiraron al agua de La Restinga cuando un cayuco volcó a pocos metros del muelle. Un oso de peluche y algunas mochilitas flotando fueron la imagen de la tragedia, que se cebó especialmente con la infancia migrante.

Este jueves, la Nube de hielo que sonaba en el timple de Benito Cabrera mientras el papa León XIV ofrecía flores al mar se escuchó en Arguineguín como una sacudida a la memoria. La melodía que precedió al minuto de silencio condujo de vuelta a un sonido no tan amable, a los gritos y a los llantos que suelen acompañar a la muerte en el Atlántico. Lo recordó el patrón de la Guardamar Urania, Tito Villarmea, que, igual que sus compañeros, ha salvado miles de vidas en el océano, pero también ha conocido su parte más letal al verlo tragarse otros miles de sueños.

Hace seis años, en Arguineguín no había flores, apenas había agua, y los derechos de miles de personas se derramaban sobre el asfalto en el que dormían. Se perdían entre las vallas que las retuvieron hasta dos semanas bajo custodia policial. Mientras tanto, el resto del mundo observaba desde la distancia, intentando esquivar dos virus letales: el COVID-19 y el odio de quienes quisieron convertir a los supervivientes de la ruta canaria en el enemigo.

La visita del Papa a Canarias nos ha puesto a todos frente a un espejo. Muchos se habrán encontrado con un reflejo cargado de empatía. La gente de Tenerife se habrá acordado de las noches heladas repartiendo comida por fuera de Las Raíces. Los vecinos de El Hierro habrán pensado en todos los cuerpos sin nombre que han velado en sus cementerios. El pueblo de Órzola habrá celebrado de nuevo las vidas que pudo salvar y habrá vuelto a llorar por las que no. Mbarka habrá hecho balance de todos los riesgos que ha superado por la salud de su hijo y a la madre de Aissatou se le habrá roto el corazón otra vez porque las fronteras le arrebataron a su hija de cuatro años a pocos minutos de pisar La Restinga. 

Sin embargo, a otros (algunos incluso han estrechado la mano del Papa estos días) el espejo solo les devolverá odio. Se acordarán, no sé si con vergüenza, de cuando utilizaron un bulo para alentar la xenofobia, de cuando persiguieron con machetes a otros jóvenes, de cuando vincularon desde sus escaños la inmigración con la delincuencia, de cuando acusaron a los migrantes de propagar el coronavirus por las islas, de cuando pidieron que Salvamento no atracara en sus muelles, de cuando no quisieron a los muertos en sus cementerios, de cuando se quejaron porque los menores migrantes compartieran aula con sus hijos, de cuando señalaron a las madres que encontraron en la patera un lugar más seguro que la tierra. 

León XIV ha recordado desde Canarias que la humanidad no tiene pasaporte, que todos somos migrantes y que Europa no puede acostumbrarse a que el Atlántico sea un cementerio sin lápidas. Mientras el resto del mundo apuesta por muros cada vez más altos, en las islas de la memoria seguiremos mirando a los ojos a quienes crucen el mar, aunque lleguen con los pies descalzos.

20 hombres y una mujer llegados en patera a Pozo Izquierdo esperan en fila para entrar al muelle de Arguineguín

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