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Ruego y exigencia de perdones

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Históricos y no menos histéricos, parece ser que es tiempo de perdones. Se le exigen al reino de España, desde México. Y el ministro de Exteriores del citado reino ha enseñado un poco la patita, no más allá de la rodilla. La presidenta mexicana pide más, aunque alguien debería hacerle un repaso de las barbaries varias en su país, precolombinas, colombinas y postcolombinas. Vendría bien para distribuir mejor los perdones, incluso pedirlos adecuadamente.

Pero como casi siempre, los vascos se llevan la palma. En este caso, con motivo del recuerdo del monstruoso bombardeo de Guernica, el lehendakari, hombre que parece prudente, reclama al Estado, del cual él es la máxima autoridad en Euskadi, que pida perdón por el citado bombardeo llevado a cabo por los alemanes de la legión Cóndor al servicio de Franco y sus golpistas. Puede que haya leído mal, o que se haya informado así: un despropósito. El Estado de entonces no bombardeó Guernica, la bombardearon los que se alzaron contra la legalidad democrática, contra la República.

“Todo se reduce a volver a Virgilio”, escribió Julián Ayesta, en una antigua novela de 1952, Helena o el mar del verano, un inmenso poema o una novela cortita, olvidada pero reeditada en diferentes ocasiones (Gracias, amiga Inma, por el descubrimiento). Seguro que en esa época, la de Virgilio, también encontramos más de una situación en la que solicitar perdones y otorgarlos si procede. El asedio a Numancia, y la resistencia de sus habitantes, fue un poco antes de los tiempos virgilianos, pero romanos todos, al fin y al cabo. Por ejemplo, los herederos de Escipión el Africano, si los hubiera, deberían hacer lo propio con los de Indibil y Mandonio, líderes de las tribus hispanas del siglo III a.c. que se rebelaron contra los romanos y su república.

Así no debe leerse la historia, con una falsa moralina pseudocristiana, con unas obligaciones que se pierden en la noche de los tiempos, hasta que los sapiens pidan perdón a los neandertales si los encuentran. Las barrabasadas historicistas tiene siempre su correlato en la vida cotidiana, es decir, en la política. Borrachos del repaso a la dictadura franquista, apareció la nueva serie basada en el libro de Javier Cercas, Anatomía de un instante. Dejando a un lado que nadie de los bárbaros de entonces han pedido perdón por su barbarie –alguno prometió o juró la Constitución con la boca muy pequeña-, la nueva serie es una encomiable labor de memoria y de esfuerzo pedagógico para generaciones presentes y futuras, lo cual es muy de agradecer. Ocurre que se suele caer, con estos elogios, en un acriticismo que no procede: el reflejo televisivo de Anatomía de un instante deja mucho que desear cinematográficamente hablando. No hace falta caer en los estropicios digitales, de efectos especiales y demás estruendos, hace falta utilizar una sintaxis renovada y de última generación en lo que al lenguaje de las imágenes se refiere. No me extiendo: vean la serie, merece mucho el tiempo que se le dedique a los cuatro capítulos. E insisto en su capacidad divulgativa: una buena herramienta para los colegios e institutos.

Cuando ya el catarro me estaba abotargando y amordazando, mi amiga Delfina me regaló una suscripción a la plataforma Filmin, y así vi por enésima vez Chacal, película de 1973, y dos Couldinas como dos huevos durosHay que ver cómo aguantan y hasta se rejuvenecen algunas películas. Esta tiene, además, un guapo y elegante señor inglés como protagonista, un comisario francés también bello, y dos espléndidas actrices, prototipo de las señoras francesas (Isabel, reina de Cadaqués, sabe a qué me refiero). Y de esta guisa me quedé a los catorce añitos, la primera vez que vi esta película en el cine: patidifuso, y no pienso pedir perdón por ello porque sigo igual.

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