La Casa del Niño: el orfanato franquista declarado BIC que muere entre ruinas

Casa del Niño en Las Palmas de Gran Canaria

El imponente edificio de la Casa del Niño, en Las Palmas de Gran Canaria, es una de las obras más enigmáticas mandadas a construir durante la Guerra Civil. Se comenzó en 1938, pero no fue inaugurada hasta 1944. Se trata de una obra racionalista, movimiento que estaba asociado a la expresión de modernidad de La República y proscrita por el régimen franquista. Pero ¿cómo fue posible construir este proyecto en los primeros años de la Guerra Civil española? era una de las incógnitas que llevó a la filóloga Lorett Rodríguez Schaefer a realizar una investigación titulada El Orfanato azul (en referencia al color del uniforme falangista), sobre esta gran obra que se proyectó como un hospicio donde adoctrinar a los menores, centro de las nuevas “medidas pedagógicas” para los falangistas. Una construcción declarada Bien de Interés Cultural (BIC) en 2017, pero que hoy se muere entre ruinas. 

Las Palmas de Gran Canaria hace propio el proyecto para la Casa del Niño del Comité Popular del Cono Sur

Las Palmas de Gran Canaria hace propio el proyecto para la Casa del Niño del Comité Popular del Cono Sur

A pesar de que se trata de un tipo de arquitectura ligada a La República, la Casa del Niño guarda una profunda relación con la Italia fascista, “en la que habían proliferado múltiples construcciones modernas de índole social y Educativa”. En realidad, el fascismo estaba centrado en la “formación premilitar de los jóvenes, en su adoctrinamiento político, en los nuevos valores e ideales totalitarios y en su fortalecimiento físico a través del deporte”, explica. Con esas características habían surgido en ese país unos 3.800 centros durante la etapa fascista. Como centros italianos que guardaban relación con la Casa del Niño, la autora destaca la Colonia Marina, en Santa Servera o la Colonia Marina XXVIII Ottobre del Lido di Roma, por ejemplo. 

Todo ello, guarda relación estrecha con el uso social e ideológico que se le pretendía dar al nuevo hospicio de Las Palmas de Gran Canaria y mantiene grandes similitudes también desde el punto de vista arquitectónico. No obstante, en ideología también tiene relación con Alemania, ya que las juventudes hitlerianas hacían lo mismo en campamentos de verano donde los niños, a la vez que hacían deporte, realizaban una instrucción previa al momento de ir al ejército. Según esta investigación, los terrenos de casi 9 hectáreas y media de la Casa del Niño fueron cedidos en mayor parte por el Conde de La Vega Grande. 

Lorett Rodríguez explica que tardó más de un año en recopilar toda la documentación y las fotografías sobre la Casa del Niño, incluso llegó a conseguir algunos de los elementos para su obra en anticuarios de Las Palmas de Gran Canaria. “Es muy difícil encontrar documentación de esa época”, destaca. No obstante, ya había indagado sobre la figura y obras del arquitecto de esta construcción, Miguel Martín Fernández de La Torre, que desde los años 20 se empapó de esta arquitectura moderna y empezó a probar en la capital grancanaria durante La República con distintas construcciones. Por ello, insiste en en que “no le haría justicia” que se le ligue al movimiento falangista, ya que ni era afiliado y ni siquiera cobró por realizar este edificio. Antes de ello, ya había implantado esta visión vanguardista en la ciudad con numerosos trabajos. Considera además que al arquitecto no se le ha reconocido lo suficiente y que el racionalismo en la ciudad debe ser valorado. 

En realidad, el promotor de este edificio era el gobernador civil de la provincia, Antonio García López, que estaba suscrito a las revistas italianas de corte fascista y que entendía esta obra como “la primera de una serie destinada a convertir a la ciudad en el modelo de la nueva España y en vanguardia de la realización de los postulados del estado nacional sindicalista”. Fue el impulsor de una obra anterior, la Casa del Niño de Arucas, que también se utilizó como hospicio durante toda la dictadura. 

La arquitectura racionalista es definida por la autora como un movimiento que empieza después de la I Guerra Mundial debido a que en Europa hay una escasez de vivienda. “Corporaciones y ayuntamientos conjuntamente con arquitectos deciden hacer una arquitectura, en un principio de índole social, en la que se abaratan los costes quitándole decoraciones y temas superfluos”, pero sobre todo, añade que está vinculado a los movimientos sanitarios y médicos que surgen en esa época y que subrayan que los edificios deben ser “saludables, es decir que tengan luz, aire y estén bien orientados y ventilados porque en esa época la gente moría de tuberculosis y no había vacunas ni tratamientos, por ello, esa obsesión por el aire puro y fresco” que también se aprecia con La Casa del Niño. 

Una “recolecta” popular obligatoria para construir esta obra

Una “recolecta” popular obligatoria para construir esta obra 

¿Cómo era posible que este edificio contara casi con la misma financiación que el del Gobierno Civil de la Plaza de La Feria (2,8 millones de pesetas)? tras esa pregunta, la autora se percató de que realmente se había realizado una financiación colectiva, algo muy común en otras obras de la época franquista, y le llamó la atención la existencia de un patronato que tenía el objetivo de gestionar los fondos, y en el que participaba además la Iglesia y la familia del Conde de la Vega Grande. No solo su arquitecto no cobró por esta obra, sino que la construcción se realizó con supuestas “donaciones” e incluso los propios obreros trabajaron sin cobrar. Los materiales tampoco se pagaron a las constructoras. 

 

Lorett Rodríguez asegura que ha contactado con personas que vivieron en ese orfanato, pero la mayoría lo hicieron en los años 60 y su objeto de estudio finalizaba con la inauguración del centro. Sí que es cierto que durante el régimen se practicó al adoctrinamiento con estos niños, aunque la autora recuerda que esto ocurrió también en el resto de centros de enseñanza. El edificio lleva casi 30 años cerrado y con el tiempo se ha ido descomponiendo. En una de sus visitas para la investigación afirma que la aparejadora le aseguró que aunque algunos puntos tienen una presencia desoladora, “la sustancia está bastante bien”. No obstante, sí que es cierto que el edificio no puede continuar otros diez años cerrado porque entonces estaría en la “ruina absoluta”. Los vecinos del barrio ya han presentado ideas como la de que se convierta en un centro de día para mayores o en una residencia donde se hospeden los familiares que tengan niños ingresados en el Materno. “Lo interesante ahora es que se recupere este edificio y se le dé uso”, opina la autora. 

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