La portada de mañana
Acceder
El hospital de pandemias de Ayuso no sirve para acoger a los españoles del crucero
Moreno: “52 diputados serían un gran de resultado, pero voy a por la matrícula”
Opinión - 'La degeneración de la política y la ciudadanía', por Enric González

Un barrio de Santander afronta su crecimiento urbanístico con déficit de aceras

“Empecé a ser consciente del problema que suponía la falta de aceras en Monte cuando tuve un bebé: dar un paseo con un carrito era un ejercicio de riesgo”. Hace ocho años que Elia Amo fue madre por primera vez. Ya lo sabía, pero fue entonces cuando midió las consecuencias concretas de que el barrio al que se había mudado en 2017 limitase su movilidad, al tener que moverse por estrechas y zigzageantes calles, caminos, y callejas sin aceras.

Hoy, para tirar la basura, Amo tiene que ir por una vía principal. Y, si va por el pan con sus dos hijas, la escena es así: “Tengo que pegarme a un costado y cogerlas de la mano en fila india no vaya a ser que se despisten”.

Monte es una postal de praderías y fincas que acaba en la costa, en la franja norte de Santander, a más de dos kilómetros del centro urbano. Pasó de pueblo con caminos a barrio con calles, sin mayores cambios en el suelo en ochenta años. Hasta que hace una década empezó un notable desarrollo urbanístico: las promotoras privadas de las nuevas urbanizaciones de chalets empezaron a construir aceras y el Ayuntamiento de Santander comenzó a mejorar viales y señalizaciones, pero una gran parte del extenso barrio continúa sin calzadas y las nuevas familias que llegan a la zona aumentan la población sin soluciones a la vista.

En 2023, el Ayuntamiento puso bolardos en el acceso a ambos centros y amplió el ancho del paso peatonal. Pero Elia Amo, que hoy tiene dos hijas, advierte de que es “un parche”. Por eso, junto a las madres del colegio público Eloy Villanueva se han organizado para reclamar un problema que el crecimiento demográfico exhibe, pero que implicaría expropiar parcelas en fincas para construir aceras.

“Este crecimiento no ha ido acompañado de una adecuada inversión en infraestructuras peatonales, lo que obliga a muchos niños a desplazarse al colegio por calzadas sin aceras”, cuestiona Emma Vila, madre de tres niños en el colegio público y una de las organizadoras de las acciones por la demanda de aceras, en un barrio que tenía 2.580 habitantes, según el INE, en 2024.

Ahora habría unos 3.600 residentes, según estimaciones de la asociación de vecinos de un barrio en el que hay más de un centenar de calles y dos colegios, uno público y otro concertado.

“Pedí una acera y pusieron un badén”

Vila vivió cuatro años en la calle Resconorio y califica de “privilegio” ir a pie al colegio “pero no en esas condiciones”. Cuenta que en esa calle “y en otras muchas de Monte”, si se cruzan dos coches, no cabe un peatón: “Nada más cruzar la portilla de casa nos encontrábamos directamente en una carretera”. Antes de mudarse, escribió al ayuntamiento para pedir una acera y, en su lugar, pusieron un badén.

Las vecinas y familias del colegio público piden que el Ayuntamiento construya aceras o recorridos peatonales, en las parcelas que actualmente son prados o suelos sin urbanizar, “sin supeditar estas actuaciones al desarrollo por parte de promotores privados”. Y en las zonas que ya están construidas, piden sobre todo reordenar el tráfico, priorizando el sentido único.

El crecimiento demográfico y urbanístico es consecuencia, en parte, de la venta de antiguas fincas privadas y también de la quiebra de la cooperativa de Monte, una histórica cooperativa agraria, con un abrupto desenlace en los tribunales, cuya quiebra dejó un reguero de deudas con los cooperativistas. Tras un acuerdo, sus propiedades y parcelas en propiedad pasaron a manos del Banco Santander, donde en los últimos años se ha desarrollado sobre todo promoción inmobiliaria privada.

El hecho de que gran parte del suelo sea de propiedad privada dificulta la ampliación de caminos con aceras, advierten un arquitecto y un geógrafo consultados. “Cuando son calles que ya existían, salvo que el ayuntamiento expropie, se espera que el particular ceda el suelo”, explica un arquitecto, bajo anonimato, con amplia experiencia en gestión municipal. “Los vecinos siempre esperan que la calle sea más ancha, pero, en estos casos, es a costa de su parcela, y eso es conflictivo”, plantea el experto.

El geógráfo y arquitecto de la Universidad de Cantabria Gerardo J. Cueto analiza imágenes de satélite de Monte y confirma que, desde 1953, la configuración de los viales no ha variado, que los caminos que tradicionalmente unían el caserío con los prados y barrios son los mismos que hace 80 años, “y seguramente varias décadas antes” en el intrincado devenir de Monte. “Creo que nadie desde el Ayuntamiento se ha ocupado en las últimas décadas de dotar a esos caminos tradicionales, ya convertidos en calles, de aceras, porque nunca les ha resultado interesante políticamente”, cuestiona Cueto, que reivindica el valor para la salud que supone para la población poder pasear “con tranquilidad”.

Javier Martínez, presidente de la asociación de vecinos desde hace más de quince años, advierte de que es “un contrasentido” que el barrio crezca, se mantenga una estructura “de callejas” y no se pueda garantizar la seguridad vial de Monte. Pero reconoce que la cesión de propiedades para el desarrollo de la zona es compleja: “Ahí sí que tendríamos o tenemos un problema”.