Luisa de la Vega: la mujer que convirtió en arte la ilustración científica cuando no existía la fotografía a color
Los lápices de Luisa de la Vega Wetter (París, 1862–Madrid, 1944) dibujaron con una delicada y extraordinaria precisión caballitos de mar, esponjas marinas, erizos y crustáceos cuando no había fotografía a color. La única manera de conocer, catalogar y estudiar la biología marina era reproducir las especies en ilustraciones, con la premura de tiempo que implicaba trabajar con ellas, fuera de su hábitat, antes de que se deteriorasen su forma, color o estructura.
Sus láminas de peces abisales y plantas marinas se convirtieron en indispensables para la investigación científica en zoología y botánica. Muchas de sus obras se conservan en el Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales
Desde lo contemporáneo, ahora que existen cámaras capaces de retratar con extraordinaria precisión el mundo marino, aún se sigue conservando esta tradición y todavía se celebran concursos internacionales de ilustraciones científicas.
Luisa convirtió el dibujo científico en un arte, por la sensibilidad que supuran su magistral colección de ilustraciones, aunque hasta ahora su nombre haya estado desaparecido de la historia. O, en todo caso, asociado al de su marido, el afamado naturalista Augusto González de Linares a quien conoció en París. Juntos se iniciaron en el estudio de los océanos desde la Estación de Biología Marítima del Cantábrico. Él tiene un instituto con su nombre, una estatua y el reconocimiento unánime de la comunidad científica. Ella, nada. Su nombre no ha sido reivindicado, pese a la importancia y valor de sus ilustraciones científicas y acuarelas, de sus láminas zoológicas y botánicas que destacan por la precisión del trazo, la sensibilidad artística y su enorme valor científico. Una mujer olvidada detrás de su marido.
Ambos fueron protagonistas fundamentales para la biología marina en España, cuya primera estación impulsaron en Santander en el año 1886.
Ahora, una exposición en el Museo Marítimo de Santander da aliento a su aportación científica con un recorrido por su biografía personal y profesional que exhibe documentos históricos y materiales de archivo, entre ellos algunas obras inéditas o poco conocidas hasta la fecha.
La muestra -abierta hasta el 27 de septiembre- se ha organizado al hilo de la conmemoración del 140 aniversario de la fundación de la Estación de Biología Marina de Santander (1886), la primera institución marina española dedicada al estudio científico del océano y origen del actual Instituto Español de Oceanografía y del propio Museo Marítimo que tiene en depósito todo su material. También conserva un gran archivo histórico. Entre ese material apareció una carpeta con documentos con la firma de la propia Luisa.
Luisa de la Vega fue una observadora meticulosa que acometió sus dibujos con rigor técnico. Sus álbumes sirvieron de estudio a varias generaciones de investigadores aunque desde el silencio que ha envuelto a su obra.
Hija de un periodista gaditano, su madre -francesa de origen alemán- le transmitió su pasión por la naturaleza. Fue siempre una mujer pionera que estudió magisterio en París, su ciudad natal, cuando la educación no estaba al alcance de las niñas. Fue tras casarse con González de Linares cuando en la Estación de Biología Marina de Nápoles empezó a interesarse por la ilustración científica. Aprendió dibujo y acuarela con el profesor Comingio Merculiano, un reconocido dibujante napolitano.
Cuando regresó a España se dedicó durante una década a dibujar la fauna y flora marinas desde la primera Estación de Biología Marina que se crea en España, en 1889 en Santander. Al principio empezó sustituyendo las ausencias del experto que hacía los dibujos hasta que la nombraron ayudante interina. Una categoría que la quitaron posteriormente porque no tenía acreditada ninguna titulación para el puesto.
No fue la única tarea a la que se dedicó. Durante el tiempo que residió y trabajó en Santander ejerció de maestra en las colonias escolares en San Vicente de la Barquera, impulsadas por el Museo Pedagógico Nacional.
Siguió ilustrando hasta el fallecimiento de su marido, en 1904, en la casa que habitaban en el Paseo de Altamira número 20. Tras este suceso Luisa de trasladó a Villablino, en León, donde trabajó como maestra en una fundación inspirada por una pedagogía muy avanzada y defendió el acceso de las mujeres a la educación. Su propia hija, Genara fue la primera muchacha que alcanzó el título de bachiller en la provincia. Allí se vuelve a casar y vuelve a enviudar. Tras ese paréntesis vital se instaló en Madrid donde recuperó su talento como ilustradora científica del Museo Nacional de Ciencias Naturales, en una plaza de ayudante artístico, hasta su jubilación.
A pesar de esta biografía personal y profesional trascendente, Luisa de la Vega es una mujer perfectamente anónima que ahora se ha empezado a reivindicar precisamente desde Santander. Sus dibujos -que contribuyen a acercar la ciencia a la sociedad- fueron una pieza esencial en la investigación de museos, laboratorios y estaciones biológicas. Sus ilustraciones fueron capaces de captar detalles que a simple vista pasan desapercibidos con rigor y sensibilidad.
Cuando falleció en Madrid en 1944 dejó una colección extensa y valiosa de ilustraciones después de haber trabajado hasta los ochenta años.