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La ‘debilidad’ ideológica del PRC

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Es extraño ser un partido de acumulación. Quiero decir, que cuando una formación política ha crecido alrededor de un liderazgo fuerte, de un discurso indentitario y de la consecución de cuotas de poder, parece que la disolución de las ideologías es una bendición. Todo el mundo cabe, todo es posible. Pero el todo es posible hace casi imposible la coherencia y las situaciones grotescas pueden germinar como setas.

El Partido Popular no tiene problemas en esta materia. Tiene ideología desde su fundación tardofranquista, no la esconde, y sólo tiende a profundizar en su origen —lo que lo empuja al nacionalcatolicismo casposo de Vox, su escisión hooligan—. En la otra banda, podríamos afirmar que gran parte del problema del PSOE es su disolución ideológica, la mítica búsqueda del centro puede llevar a un viaje sin rumbo y a un café descafeinado con todos o para todo siempre que se preserven las cuotas de poder. Eso podría explicar el amor ‘laico’ al Papa o a la familia real, la confusa posición en materia ecológica o el alineamiento con la patronal antes que con las y los trabajadores. El PSOE empezó hace casi siglo y medio siendo socialista, ahora, es un partido de poder (sea eso lo que sea).

En el caso del PRC es más complicado. Nació sin mácula ideológica y eso, aunque usted no lo crea, ya es una ideología. Nació aferrado al territorio y eso, aunque usted sí lo crea, es una ideología muy potente.

La defensa de las identidades como razón de ser nos empujó a conflictos terroríficos a finales del siglo XIX y durante buena parte del XX. Ahora, en pleno siglo XXI, las identidades vuelven a ser eje tribal, imán de votantes, lema para agitar sentimientos. Hace unos días, en un acto organizado, precisamente por el PRC, escuché a un defensor de la identidad asegurar —con vehemencia, por cierto— que el patrimonio cultural de Cantabria es patrimonio fósil, que tocarlo es un atentado contra el ser identitario. Eso es ideología —como todo, por cierto—.

No sé, es verdad, qué identidad se defiende cuando el partido se suma a la defensa del infame monumento a Carrero Blanco en Santoña. Esta ofensa a la democracia y a los derechos humanos no es justificable. El PRC ha tratado de explicar que como a Carrero Blanco lo mataron unos terroristas hay que salvar su homenaje. Imaginen si hubiera tenido éxito algunos de los intentos de matar a Adolf Hitler en Alemania. El PRC defendería que merece salvar sus bustos porque fue “víctima del terrorismo”.

Esta votación en el Parlamento no es anecdótica. Muestra un ‘despiste’ ideológico que termina definiéndose como ideología. Es imposible ser oposición y gobierno al tiempo —esto a lo que este partido de acumulación lleva años haciendo—, es imposible ser un defensor de los derechos humanos y, al tiempo, de los homenajes a los violadores de los mismos.

Ya sé que hay un debate intenso sobre qué hacer con ciertos monumentos que mancha calles y plazas. No solamente con aquellos que remiten a la dictadura o al golpe de Estado, sino los relacionados con las vergüenzas coloniales o con las tropelías militares. Entiendo que es legítimo pedir que se destruyan y que también lo es solicitar una resignificación para que la ciudadanía entienda la trazabilidad del personaje o de los hechos que se ensalzan. No es fácil elegir en esta dicotomía, pero lo que no es legítimo es pedir que se declare Bien de Interés Cultural y que se ‘proteja’ sin más. Ya vivimos un episodio parecido con la pirámide de los italianos, en el Puerto del Escudo. Poco se podía hacer desde Cantabria ante una protección oficial decidida en otra comunidad autónoma ante la petición de una asociación de ultraderecha. Pero lo de Santoña no tiene anchoa de Revilla que lo sostenga. ¿Cómo se explica que el PRC argumente su apoyo al gobierno del PP para hacer un cortafuegos a Vox y que, después, vote a favor de proteger un monumento que está a la derecha de Vox?

La falta de ideología es una ideología y la laxitud en ciertas materias es la brecha por la que se expanden todos los virus antidemocráticos. Creo que el PRC está a tiempo de rectificar y, aunque en este país no dé puntos, muchos agradeceríamos un mea culpa público. Excepto que apoyaran esta protección a conciencia y… entonces… la cosa sería mucho peor —de lo que ya es—.