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‘La Nestle’ nunca ha sido “tu empresa”

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Hace muchos años, una amiga se preguntaba de forma retórica para quién trabajaba y yo le ahorré la respuesta punzante con cierta rotundidad hiperbólica: “Siempre se trabaja para el enemigo”. Entre este extremo caricaturizado y la ingenuidad de quienes piensan que la compañía que les emplea es “su” empresa hay un abismo que se agranda con la falta de conciencia de clase (de clase obrera, claro está).

Leo cómo un supuesto sindicalista empleado en la factoría de la multinacional Nestlé en La Penilla asegura a una periodista de este medio: “Antes era nuestra empresa, era mi empresa... Desde el ERE es 'la' empresa': ha cambiado la empresa y cambiamos nosotros”. Siento decirle al sindicalista sin conciencia de clase que ni antes era su empresa, ni ahora lo es. Nunca lo ha sido.

En otro pasaje del reportaje que analiza la relación “identitaria” de la gente de La Penilla con la fábrica, un hombre “que ha dedicado 40 años de su vida” a la compañía, explica: “Es que ha sido nuestra vida. Hemos estado ahí viviendo todo el valle de 'La Nestle'. Había un cierto sentimiento de toda la gente como algo tuyo”. Otro errado. Nada era tuyo, sólo el tiempo y la mano de obra que le vendías a la empresa por un salario a cambio de que alguien se forrara en Suiza, primero, y, ahora, vaya a saber usted dónde.

‘La Nestle’ es Nestlé S.A. y, además de los accionistas individuales que compran y venden acciones en el mercado, sus principales ‘dueños’ corporativos son fondos de inversión privados como BlackRock, UBS Fund Management o The Vanguard —los mismos que nos estrangulan en otros sectores, como el financiero, el inmobiliario o el tecnológico— o el Norges Bank Investment Management —el fondo donde el Gobierno de Noruega ‘juega’ con los pingües beneficios del petróleo o del gas que no siempre se explota en las condiciones más éticas imaginables—.

Pues eso, una vez aclarado de quién carajo es ‘La Nestle’, las y los trabajadores quizá deben bajarse de ese ‘vínculo’ identitario porque es falso, torticero y hace mucho daño. El compromiso de un trabajador con una empresa —y más si es una multinacional sin una trazabilidad clara— se reduce —y no es poco— a cumplir lo firmado en el contrato. Pero, a partir de ahí, y armados de conciencia de clase obrera, lo que toca es defender los derechos, empujar a la propiedad para lograr mejoras, no consentir recortes injustificados o intentar —a punta de fuerza— que el modelo de negocio sea lo menos perverso posible.

El problema no es que Nestlé S.A. quiera recortar puestos de empleo, el drama es el tipo de relación enfermiza que muchos trabajadores y trabajadoras y la mayoría de sindicatos han establecido con empresas como esta.

Hace unos días sabíamos que había más candidaturas a la “salida voluntaria” de Solvay que plazas negociadas entre empresas y sindicatos para el ERE propuesto. Las prejubilaciones encubiertas nos cuestan dinero a todos y todas y así sectores como la industria pesada o la banca se han desembarazado de miles de empleados apoyándose en el sistema público de prestaciones.

La pérdida de puestos de trabajo industriales no sólo es un drama individual para cada una de las personas afectadas —cuando no es un medio regalo negociado—, sino que suponen para el territorio la pérdida del único sector de empleo que puede generar mejoras en las condiciones de trabajo por la plusvalía que generan sus productos. Esto jamás podrá ocurrir en la hostelería, en los cuidados o en el sector servicio, donde la mayor parte de la ganancia está en la tacañería con los contratos y con las condiciones de estos, no en el valor de la mercancía.

Ni ‘La Nestle’ ni ninguna empresa ha sido nuca “tu empresa”. Siempre son de uno o varios dueños que se apoyan en un aparato coercitivo de empleados premium —normalmente denominado como departamento de Recursos Humanos y dirigidos por un CEO que sigue siendo un pinche empleado— para despedir, recortar o manipular a distancia mientras ellos vienen de vacaciones a una villa de lujo en Cantabria y reservan en esos restaurantes con estrella Michelin a los que probablemente ningún empleado de ‘La Nestle’ ha ido o irá jamás.