Las plagas bíblicas en clave contemporánea
El relato bíblico describe las diez plagas que cayeron sobre Egipto para que el faraón dejase libres a los esclavos judíos. El cuento podría mantener vigor como lectura contemporánea local. Primero el agua del mar se convirtió en sangre. Una circunstancia similar sucede en la playa de Galizano donde el agua está infectada por contaminación fecal.
No nos han llovido ranas ni langostas, pero si nos invaden todo tipo de plagas: picudos rojos que se comen nuestras palmeras, avispas asiáticas, carabelas portuguesas, algas asiáticas invasoras y hasta las ratas de Gema Igual que podrían protagonizar la segunda parte de Ratatouille.
Qué decir de la plaga de fuego y granizo que cumplimos debidamente en sucesivos episodios de incendios e inundaciones con las perturbaciones del cambio climático. En lo relativo a la peste bíblica del ganado también tenemos un máster: entre lengua azul, la enfermedad hemorrágica y los coletazos de la brucelosis tenemos el cupo lleno.
El faraón no se dio por vencido y entonces llegó la décima y última plaga: la muerte de todos los primogénitos de Egipto. Los hebreos tenían que pintar una cruz con sangre de cordero en la puerta de su casa para que la muerte pasase de largo. Un genocidio en toda regla como el que desafortunadamente lloramos ante la pasividad internacional. En clave más local algunos primogénitos que han huido de la esclavitud de la pobreza, del hambre o de la guerra nadando hasta la orilla o saltando una muralla llaman a nuestra puerta.
El Gobierno de Cantabria se escandaliza porque vayamos a acoger a menos de 200 hijos de otras familias que no pueden darles un futuro y se enredan en un lamento por la falta de recursos para acogerles cuando, paradójicamente, se pudo alojar a 1.500 ucranianos sin que se alterase lo más mínimo el confort de esos mismos ciudadanos que ahora muestran sus exaltados recelos.
La llegada de estos niños menores de edad se anuncia como una tempestad, como una ola de frío, como un peligro inminente. De todas las plagas, esta es la peor, la más desasosegante. Porque la amenaza no son los muchachos que vienen, sino los que les reciben con la cruz del acrónimo MENA grabada en la frente.