El blindaje de las togas y el 'milagro' Cospedal
Recordando al Cesar, la justicia, para serlo, no solo debe ser justa, sino también parecerlo. Sin embargo, lo que hoy emana de las altas instancias judiciales en España, especialmente tras las últimas decisiones sobre el caso Kitchen, no es precisamente un aroma de equidad, sino el hedor de la descomposición institucional. La noticia de que María Dolores de Cospedal y por extensión la cúpula política de Mariano Rajoy volverá a evitar el banquillo de los acusados no ha sorprendido a nadie. Y esa falta de sorpresa es, precisamente, el síntoma más alarmante de una democracia enferma.
El argumento de que “no hay indicios suficientes” para juzgar a la exsecretaria general del PP choca frontalmente con la lógica ciudadana y con la fonoteca nacional. Los audios con el comisario Villarejo, donde se hablaba de “laminarse” pruebas y de “la libretita” de Bárcenas, parecen haberse disuelto en uno de esos agujeros negros que existen en nuestro sistema jurídico.
El sentimiento de la calle es claro, decepción, convencidos de que estamos asistiendo a una instrucción “quirúrgica”. El papel del juez García-Castellón es señalado es el de un orfebre que, durante años, habría moldeado los tiempos y los plazos para que, al llegar al juicio oral, los peces gordos ya hubieran escapado de la red. Es el triunfo de la verdad procesal (aquella que se construye en los despachos) sobre la verdad real (aquella que toda la sociedad conoce).
Lo que más indigna a la opinión pública no es solo la impunidad de unos, sino la hiperactividad judicial contra otros. La comparación es inevitable y sangrante: mientras la instrucción de la 'Kitchen' bosteza durante 13 años hasta languidecer por prescripción o falta de impulso, otras causas contra figuras de la izquierda o del entorno del actual Gobierno se instruyen a velocidad de crucero, rastreando hasta “la imprenta de las estampitas de su primera comunión”; esta doble vara de medir proyecta la imagen de una justicia que actúa como muchos un búnker corporativo que protege a los suyos bajo el mantra del “atado y bien atado”.
Pero no hago este comentario por enfado con el hecho de que esta señora y sus acólitos se vayan de rositas. Eso es lo de menos frente al daño incalculable que este blindaje judicial hace a España. Cuando el ciudadano percibe que el Código Penal es un instrumento elástico que se estira para el débil y se encoge para el poderoso, la institución se está suicidando. No puede extrañarnos viendo estas actuaciones que se diga a menudo que la justicia española es la mayor fábrica de independentistas y de descreídos del sistema; decisiones como la de salvar a Cospedal en contra del sentido común no hacen más que darles la razón.
Estamos ante una justicia tuerta, que ve con nitidez absoluta los errores de la izquierda, pero sufre de una ceguera selectiva cuando los audios y los papeles apuntan a la calle Génova. Si la instrucción de un caso de corrupción masiva que utilizó fondos reservados para destruir pruebas acaba con un par de mandos policiales en el banquillo y los responsables políticos de rositas, el mensaje que se lanza a los ciudadanos es devastador: delinquir desde el poder sale gratis si tienes a los jueces adecuados de tu parte.
La 'Kitchen' pasará a la historia no como el caso que limpió las cloacas del Estado, sino como el caso que demostró que, en España, las cloacas tienen quien les escriba las sentencias. Cospedal se libra, sí, pero lo que se hunde un poco más es la dignidad de un país que merece jueces que sirvan a la ley y no a las siglas de un partido.