Ceuta, memoria y migración: una mirada humana y estratégica
La situación de Ceuta exige combinar seguridad, responsabilidad institucional y humanidad. España tiene derecho a proteger sus fronteras y Ceuta necesita recursos, pero una situación fronteriza concreta no puede convertirse en una generalización contra toda la población migrante.
Al pensar en Ceuta, recuerdo la obra Los niños del exilio (1936-1939), de César Alcalá.
España conoció también el exilio y el desplazamiento. Sin equiparar contextos históricos, existe una enseñanza común: detrás de cada desplazamiento hay una persona, y cuando hablamos de menores, hablamos ante todo de niños que necesitan protección.
Debemos ser claros: migración no es delincuencia. La inmigración irregular y la delincuencia son realidades diferentes y requieren respuestas diferentes. Las personas migrantes que viven en Guadalajara, Castilla-La Mancha y el resto de España contribuyen diariamente a nuestra sociedad y no pueden ser responsabilizadas por lo que ocurre en una frontera.
Desde mi experiencia, integración significa también cohesión y seguridad. España debe controlar eficazmente sus fronteras y, al mismo tiempo, fortalecer las políticas de integración.
Además, Ceuta es frontera española y europea. Por ello, necesitamos seguridad, diplomacia y corresponsabilidad europea. La relación con Marruecos debe basarse en cooperación y diálogo, utilizando también el poder blando como lo explica el profesor Joseph Nye: cultura, educación, cooperación y capacidad para generar confianza.
La respuesta debe ser firme frente a las redes de tráfico de personas, pero nunca convertir al migrante en el enemigo.
Ceuta necesita seguridad. España necesita una política migratoria eficaz. Europa debe asumir su responsabilidad. Y la migración debe gestionarse con responsabilidad, integración y humanidad.
Defender las fronteras y preservar nuestra humanidad no son caminos opuestos.
Una sociedad madura debe ser capaz de hacer ambas cosas.