Cuando el dolor no entiende de siglas
Hay noticias que encogen el corazón, que nos atraviesan como sociedad y nos recuerdan, de la manera más cruel, nuestra fragilidad. El accidente ferroviario de Urda es una de ellas. Ante una tragedia de esta magnitud, en Castilla-La Mancha y en toda España estamos de luto. Lo primero y fundamental son las personas: los fallecidos, los heridos, las familias y los profesionales que trabajan sin descanso para aliviar tanto sufrimiento. Todo lo demás puede y debe esperar.
Cuando digo lo demás, me refiero también a la política. Es evidente que en una democracia investigar las causas de un siniestro de este calado no solo es legítimo, sino imprescindible. Las víctimas merecen la verdad sobre las infraestructuras, los protocolos de seguridad y las posibles responsabilidades políticas o técnicas.
Sin embargo, una cosa es exigir transparencia con rigor y otra muy distinta instrumentalizar el drama para alimentar la confrontación antes de que las familias hayan podido asimilar su pérdida. Resulta decepcionante comprobar que hay sectores incapaces de comprender que la política debe saber detenerse. La decisión de suspender actos públicos no es una estrategia de comunicación, sino una expresión elemental de humanidad. Cuando una formación como Vox decide mantener su agenda de mítines o protestas mientras el país está conmocionado, debe asumir que sus actos serán juzgados desde la ética. La crítica no busca negar la actividad política, sino exigir sensibilidad: ningún partido debería anteponer su estrategia electoral al acompañamiento de las víctimas, ni confundir firmeza con insensibilidad.
Gobernar en la tragedia exige coordinación, información veraz y atención prioritaria a los afectados. Oponerse exige altura de miras para fiscalizar sin prejuicios y reclamar respuestas sin convertir la investigación en un espectáculo de descalificaciones
Lo ocurrido en Adamuz ya nos dejó una lección que no conviene olvidar: el peligro de que el duelo y los homenajes terminen atrapados en disputas institucionales o guerras culturales. El derecho a recordar y despedir a quienes han perdido la vida debe situarse por encima de cualquier intento de apropiación partidista. Urda nos sitúa de nuevo ante la misma responsabilidad colectiva de evitar que el sufrimiento se convierta en una trinchera.
Gobernar en la tragedia exige coordinación, información veraz y atención prioritaria a los afectados. Oponerse exige altura de miras para fiscalizar sin prejuicios y reclamar respuestas sin convertir la investigación en un espectáculo de descalificaciones. Habrá tiempo para buscar explicaciones con todas las consecuencias, pero ahora la prioridad absoluta es atender a los heridos y arropar a las familias.
La verdadera dimensión de la política se mide en saber dar un paso atrás para acompañar sin añadir ruido al dolor. Que ninguna familia tenga que soportar, además de su pérdida, la sensación de que su tragedia está siendo manipulada. Que ninguna víctima sea convertida en una bandera partidista. Hoy, Urda exige humanidad, responsabilidad y respeto. Lo demás, por importante que sea, tendrá su momento.