La escuela más pequeña guarda la respuesta más grande
Los centros educativos reflejan la situación de aparente derrumbe del ecosistema social actual. Sus aulas son permeables al exterior y esa permeabilidad tiene un precio. Lo que ocurre fuera se ve reflejado en el interior con una precisión inquietante. La creciente conflictividad en los pasillos, el aumento de agresiones y el trato vejatorio que denuncia cada vez más el profesorado son síntomas claros de que algo se está rompiendo en el tejido de lo común. Ignorar esa realidad es ignorar a quienes sostienen el sistema cada día.
La escuela detecta con mucha antelación nuestras crisis de convivencia y pertenencia. La respuesta que ensayamos, basada en más burocracia, más control en los pasillos y la persistencia en un modelo quizá ya superado, se parece demasiado a curar la fiebre enfriando el termómetro. La convivencia sana en las aulas requiere que quienes las habitan, docentes y alumnado, se sientan parte de algo que les importa.
Ante este escenario de desorientación, propongo mirar hacia la escuela rural. Algunas de ellas llevan décadas construyendo respuestas pedagógicas a problemas que la escuela urbana está empezando a reconocer. Han trabajado desde la posición que realmente funciona: la de quien pertenece al lugar donde enseña.
Aprender en el medio rural implica una mirada que trasciende el aula para apoyarse en la geografía de lo cotidiano. Roser Boix Tomás defendió que el primer agente pedagógico es el propio territorio. El aprendizaje sucede de forma natural al abrir la ventana y observar el patrimonio natural y cultural. La escuela que ella llama 'abierta' convierte el entorno inmediato en el eje de la enseñanza, evitando que el conocimiento se convierta en una abstracción desvinculada de la vida. Estas ideas se defendieron hace apenas unos días en las jornadas del Seminario Permanente de Escuela Rural y Comunidad, donde docentes, investigadores y activistas compartieron experiencias bajo el título 'Conocimiento rural tradicional y trabajo por proyectos'.
Esta misma apertura puede convertirse en una fortaleza. Convertir la escuela en un espacio donde lo que sucede en su entorno forma parte del currículo, construyendo comunidad, resulta más eficaz que reforzar medidas de control.
La convivencia entre distintas edades y culturas puede convertirse en una ventaja pedagógica. Esta dinámica permite que el alumnado desarrolle habilidades cognitivas fuera de las jerarquías rígidas del modelo imperante y genera identidad colectiva. Según la investigadora Pilar Abós Olivares, este modelo debe servir para “superar el determinismo y el fatalismo social”, otorgando al centro un sistema organizativo adaptado a sus características. Los institutos urbanos con mayor conflictividad pueden explorar estructuras más flexibles, donde el alumnado con más experiencia acompañe al recién llegado y se refuercen los vínculos de grupo.
El conocimiento arraiga mejor cuando responde a una necesidad real. Es necesario atender al alumnado de forma individualizada, ya que demanda contenidos relevantes. La violencia en las aulas brota, en buena parte, de la desconexión entre lo que ocurre dentro de la escuela y la vida fuera de ella.
En este contexto, la figura del docente es esencial. Un profesional puede construir comunidad y convivencia cuando la administración le ofrece condiciones laborales dignas, estabilidad, reconocimiento y tiempo. Como señalaba el inspector Adolfo Igualada, “alguien que está contento con su trabajo va a transmitir a sus alumnos lo que está haciendo”. Esto implica un compromiso institucional y social.
Un docente que cambia de destino cada año tiene dificultades para desarrollar arraigo. La sobrecarga lectiva, la burocracia excesiva y la falta de apoyo psicológico e institucional debilitan el sistema. La violencia que padecen los claustros es el síntoma de un modelo que afecta a la salud de sus profesionales. Cuando hablamos de convivencia escolar, debemos entender que el bienestar del docente y el del alumnado son la misma cosa.
Es el momento de revertir esa tendencia, y quizá debamos mirar a la escuela rural como modelo de relación pedagógica. La violencia surge a menudo del sentimiento de no pertenecer a ningún lugar. Cuando un docente tiene la posibilidad de conocer a su alumnado en profundidad, la distancia que alimenta el conflicto se reduce. Ese conocimiento requiere tiempo, y el tiempo en la docencia pública se llama condiciones laborales.
Se trata de aprender de sus principios: que el territorio importa, que la mezcla de edades educa, que el conocimiento aplicado a problemas reales motiva y que el docente que pertenece al lugar tiene más capacidad de influencia. Algunas escuelas rurales, pequeñas, pero estructurales, han construido respuestas a problemas que la escuela urbana empieza a reconocer.
Salvador Berlanga propuso que estos centros se conviertan en “la joya del sistema en lugar de la parienta pobre, una escuela en la que los maestros se den codazos por trabajar en ella”. Ese horizonte debería extenderse a toda la educación pública: una escuela arraigada en su comunidad, organizada para la convivencia y habitada por docentes bien cuidados.
La pervivencia de una sociedad justa se mide por si sus escuelas siguen siendo el lugar donde uno aprende a pertenecer a algo más grande que uno mismo. En ese espacio de lo pequeño puede estar la clave para reconstruir lo común. Esa clave solo podrán activarla docentes que sientan que el sistema también cuida de ellos.
Reflexiones personales a partir de las jornadas del Seminario Permanente de Escuela Rural y Comunidad celebradas el pasado fin de semana en Tragacete (Cuenca), organizadas por la Cátedra Diputación de Cuenca-UCLM de Oportunidades frente al Reto Demográfico en el que participaron Roser Boix Tomás, Toni Camojoan, Rafael García González, Adolfo Igualada, Antonia Moratalla, Sonia Martínez Lozano, Yolanda Fernández Valverde, Pascual Rubio Terrado, Estefanía Monforte y José María Martínez Navarro.