Ve en paz
El amarillo encaneció, y las hierbas altas, de un tono vainilla muy claro, o ese otro amarillo crudo del rastrojo, colores inimaginables, imposibles al atravesar los barbechos abandonados a finales de agosto. Herbazales de un blanco roto, matices de marfil o amarillo pastel.
Ve en paz y esquiva los acontecimientos, la historia, y toma el camino del silencio, del sol, del viento aquí. Así me lo dijo un día el maestro que va en paz.
He ahí ese paisaje sin edad, en el que nada visiblemente ha cambiado desde hace miles de años, y no había nadie en el paisaje todo color de pan tostado.
El verano en Pescueza se hizo largo, cada día fue un atisbo de eternidad. Hay poco equipaje que recoger, antes de marchar ir a las higueras a oler el tiempo quieto de las horas del final del verano. Ve en paz e imagina el fuerte petricor de la tierra después de una lluvia breve e intensa. Sinónimos de chispa: ápice, pizca, centella, chamusca o destello. Ve en paz.
Aquí todos parecen sordos, pero hijos de una sordera diurna. Sordos de luz, hablan echando pompas contra los muros de las cercas de granito. Siempre hablan contra algo. De noche todo cambia, lo oyen todo, oyen en lo lejano lo que se dice aquí al lado, oyen la respiración del animal escondido, el mínimo chasquido. De noche oyen el amor, oyen todo aquello que es difícil de oír. Ve en paz.
Él dice: “Muere para no quejarse ya más” y un poco después: “La mañana, tan alegre como si hubiera empezado para siempre”. Al disolverse el día en la noche vuelve otro acceso de alegría. Tiene una de las enfermedades más raras que uno pudiera tener y se jacta de ella. Como el hombre o la mujer perfectos al lado de uno, donde ya desde hace muchos años se practica el silencio a la contra. Para tener a raya a la extraña enfermedad, él habla con ella. Ve en paz.
La fuerza de un nombre te lleva al lugar del nombre. Lo extraño del nombre te da la extrañeza del lugar. Quien llamó Pescueza al lugar, tuvo primero que emborracharse con el sol, y después darse un golpe en la cabeza. Fue solo que se encontraba en el pescuezo del mundo.
Después has pasado de un tiempo a otro tras días de vivir en el nunc stans. De un tiempo a otro sin darte cuenta. Ayer era y fue, y ahora es ya ese tiempo nuevo. Para quien nunca haya visto un pequeño río seco correr de nuevo, este es el momento en el que eso ocurre, es su nunc stans. Vete en paz.
Soplaba las borlas de los dientes de león sin ningún deseo, el gran acontecimiento de lo indeseable, y, sin saberlo, se esparcían más semilla de Taraxacum, y allí, en ningún lugar que yo sepa, se las llamaba panaderos o ásteres. En Pescueza meacamas o lechugillas. Soplarlas se había convertido en una obsesión de lo indeseable. Jamás pedía un deseo, había en ellos un profundo silencio de deseo alguno. Y se iban en paz.
Algo puro nos llevó otros años a la meseta del filósofo, entre St. Antonin-sur-Bayon y Puyloubier. Algo puro que solo acontece en la mirada. La mirada empobrecida que un hombre intenta curarse, yendo hacia los lugares extraños, y esto, después de algún tiempo, en el que el poema de René Char volvía a su boca en el momento de la necesidad. “Cree en mi infantil fidelidad, y desde entonces, un valle abierto, una cuesta que brilla, un sendero de alianza” Con el poema conjuraba ese deseo de mundo inalcanzable, y esto mismo que le había sucedido en la meseta del filósofo, el hecho de poder agradecer a esto y a aquello el mundo, le ocurrió en otros lugares altos y llanos, y para cada lugar de agradecimiento, él llevaba un poema en su boca, y allí y acá, en su boca iba el poema mientras continuaba la lenta curación de su mirada. Ese agradecer de la mirada, en ocasiones podía mirar por dos o tres personas a la vez, allí donde se detenía a mirar. Una curación de la mirada, y en otras mesetas o lugares altos, como en La Lora, o entre el Campo Charro y la sierra, antes de haber pasado por las tierras de Odra, en un abril de reventones de granizo, o en el páramo nevado de Valdelucio, y también un día de verano, bajo un sol español, y en esa ocasión, en medio de los latigazos de la luz y de los espejismos, en la boca la sed, y por nada, agradecido por nada, de esa boca salía aquel otro poema de Claudio Rodríguez: “Clávame con los ojos esa nube, disciplina de todo lo que sube” E iba en paz.
“El alejamiento implica el regreso”. Tao Da Ching
Decía Cézanne: “Mal. Tenemos que darnos prisa si queremos ver algo todavía. Todo desaparece” Aquello lo escribió. Todo lo que escribió está en cartas. El poder de las cartas ha desaparecido, y el dolor y la alegría de las cartas. Simplemente han desaparecido las cartas. El acuse de recibo, por otro lado, breve como un rasguño venía a decir: ya te he visto, te he visto allí, tardaré en llegar, aunque tenemos que darnos prisa si queremos ver algo. El golpeo incesante de imágenes, su reproducción infinita nos ha robado la mirada. Ikkyû en un poema dice “Si cortamos el tronco del cerezo no veremos las flores en él” Unos días antes había ido por última a la Sierra, allí en el alto de Xalima. Siempre es la última vez que uno sube a esa montaña. En el vasto espacio de la mirada otra vez el nunc stans, un momento de eternidad aquí y para siempre. Ve en paz.
El nunc stans: momento de eternidad. Cuántos momentos así habremos vivido sin darnos cuenta, y el mundo se dirigía hacia nosotros, para atravesarnos y después dejarnos más solos, allí, con días por delante todavía muy largos.
La naturaleza no mata, solo advierte. Ve en paz
¿Por qué pudiendo ir hacia allí de manera natural, sin esfuerzo apenas, la mayoría se dirige hacia aquí, con mucho esfuerzo, a este aquí desnaturalizado, tan cercano y empobrecido por nosotros mismos? Oí a Julien hablar de los abandonados a su suerte, que conoce toda gran escuela, una media docena de hombres especiales que dejan pronto los Altos estudios.
No lo describas, no te expliques, no malgastes ni una palabra de más con lo que te ha dejado de hablar para siempre. Tú lengua en este vacío, bajo el cielo, si no fuera por los nombres que triangulan este vacío, si no fuera porque decidiste ir en el último momento de Oncala a Cornago, después de cambiar de opinión tantas veces, o cambiar de enfermedad, la enfermedad del vacío por una de ojos, y se la cambias a ese, al único que te ayuda a no perderte en ese final del mundo que llaman Igea. Lo que en uno no se cura en el otro sana, y era también la enfermedad del amor, la más visible en los ojos.
Aquellos viejos jóvenes, muchos de ellos regresan después de muchos años a su pequeña ciudad del centro a morir. “Manne” ¿Qué es esto?
Volver a lo antiguo para ser nuevo, más radical todavía, ser antiguo desde el inicio.
Aprovecha la muerte de otro para morir un poco, las otras muertes para que se lleven un poco de él, como una forma de ahorrar, una como tantas otras formas de ser un poco más allá. E iba en paz.
¿Infinito? Esa palabra no nos corresponde, quizás se alegre el cielo de no oírla más. Claro, el movimiento quietísimo del mundo, en el que al menos pudiéramos tener dos vidas, no demasiado separadas en el tiempo, y que la memoria de la primera fuera la que construya la segunda.
De noche arde más lenta la lumbre. Dos soles se restarían la luz ¿Dos amores? Ve en paz.