ALBACETE
El proyeccionista que guardaba el secreto del accidente mortal de la fotógrafa Gerda Taro
En el pueblo albaceteño de Cenizate, la luz y las sombras no solo estaban en la pantalla del Cine Tornero. Estaban, sobre todo, en la figura de su proyeccionista, Fernando Plaza. Un hombre que pasó media vida proyectando historias de celuloide mientras mantenía la gran historia de su vida bajo llave en su prodigiosa memoria: ¿cómo murió la fotógrafa Gerda Taro? De la Guerra Civil regresó “muy tocado”, y se convirtió “en un sarcófago, prácticamente no hablaba con nadie”, según recuerda su sobrino, Fernando Cambronero, albacea de los recuerdos de este testigo de primer orden de la contienda nacional.
De manos prodigiosas y silencios eternos, Fernando Plaza, que murió hace 20 años, era un auténtico pionero: “Era el MacGyver de los años 40. Era un hombre muy hábil. Arreglaba relojes, era cristalero, fontanero... y hasta vendía féretros en el pueblo”. Esa destreza técnica le permitió dominar la compleja maquinaria del cine familiar, fundado por su madre, Juana Tornero, en un local que en 1929 nació como salón de baile, un año después de que Fernando Plaza viniera a este mundo.
“Ya en 1957 hicieron reformas para habilitar una sala de máquinas y de rebobinado, unas gradas para los críos y lo convirtieron en cine. Y mi tío era el único capaz de manejar toda aquella maquinaria de carboncillos, de los carbones, el positivo y el negativo”, explica Fernando Cambronero.
El Cine Tornero –conocido popularmente como 'Los Torneros'– ha cambiado como un camaleón a lo largo de casi un siglo y, de hecho, desde los años ochenta es un disco-pub de nombre Foro cuya “estructura de la fachada es igual que en 1929”. Cuando funcionaba como cine, tenía capacidad para unas “250 o 300 personas”; cuestión diferente era convertido en sala de baile, con espacio para 400 personas, eso sí, de pie. Y hasta era una pista de patinaje improvisada.
Pero el Tornero, que funcionaba sobre todo en fin de semana, no estaba solo: durante algunos años competía con otro cine, Cervantes, que se estrenó con las películas en blanco y negro en 1934. “Había cierta rivalidad, algunos iban a un cine y otros al otro”. Finalmente, el Cervantes echó el cierre, mientras que el Tornero aguantó hasta entrados los años 70 y, esporádicamente, aún funcionó como cine tiempo después.
El testigo de Brunete
Años antes de encerrarse en la cabina del cine, Fernando Plaza había sido conductor de un T-26 ruso y el “último soldado republicano en pasar a Francia por Figueras con su carro de combate”, cuenta su sobrino. Pero el episodio que marcó su mutismo ocurrió en julio de 1937, durante la Batalla de Brunete. Fernando Plaza fue testigo directo del accidente que le costó la vida a la fotógrafa Gerda Taro.
El siniestro se produjo el 25 de julio de 1937 durante el repliegue de las tropas republicanas en Villanueva de la Cañada. La fotógrafa se subió al estribo del coche del general Walter –un Chrysler– cuando una escuadrilla de la Legión Cóndor llevó a cabo un ataque en vuelo rasante. En medio del pánico y la confusión, el tanque T-26 perdió el control o realizó una maniobra brusca y embistió el vehículo, provocando que la fotógrafa cayera al suelo y fuera arrollada por las orugas del blindado.
Esa escena, que podría pertenecer a cualquier película de guerra, fue vista con la congoja y el asombro correspondientes por Fernando Plaza. El blindado que atropelló a la fotoperiodista —la primera que falleció en un conflicto bélico y artífice de buena parte de la impactante obra firmada como Robert Capa junto a su pareja, Endre Friedman— era conducido por otro cenizateño, Aníbal González. “Lo que me contó mi tío es que cuando se reagruparon las tropas después de ese bombardeo, le dijeron a Aníbal: ‘te has cargado a la francesa’. Le decían la francesa y la rubia. Aníbal no la vio en ningún momento. Y tras escuchar lo sucedido se quedó calmado, anonadado”.
Silencio y destierro
Ese suceso marcó un antes y un después en la vida de estos dos hombres de Cenizate. Tras la Guerra Civil, Aníbal González nunca regresó al pueblo albaceteño: “Fue desterrado a Utiel y no volvió jamás. Allí montó hasta una discoteca”. Fernando Plaza, sin embargo, regresó a Cenizate, pero se trajo la guerra pegada a su alma: “Iba andando por la calle con un paso muy típico, con la cabeza baja, mirando al suelo. Nunca lo vi alternar con nadie”.
El proyeccionista al que no le gustaban los bares y que pasaba horas en silencio absoluto solo decidió revelar su secreto cuando comprobó que su sobrino compartía su pasión por la historia. Fue durante una neumonía que mantuvo al joven encamado: “Mi tío estaba muy apegado a mí porque no tuvo chicos. Un día, sentado en el sofá, vio mis libros de la Guerra Civil y de la II Guerra Mundial y me preguntó si me interesaba el tema. Entonces me empezó a contar”.
Fue así como Fernando Plaza liberó la película que llevaba rebobinada en su memoria desde 1937: la verdad sobre la muerte de la polaca Gerda Taro, que falleció en un hospital militar de El Escorial apenas unas horas después de que el blindado ruso le destrozara la mitad de su cuerpo.
Una agente infiltrada
Pero la vida de Fernando Plaza dio para mucho más. Para más guiones. No fue un soldado cualquiera. No solo combatía: era conductor de carros de combate soviéticos y se encargaba de una tarea muy delicada y comprometida. Aparte de colocarse al frente de esos T-26, se encargaba de llevar los que estaban averiados o que habían recibido un impacto a Sabadell. “Allí la República tenía un taller”. Su labor consistía en retirar del frente los blindados dañados y trasladarlos a la retaguardia industrial catalana, donde eran reparados para volver al combate, para lo que debía atravesar zonas bombardeadas y mantener operativo el escaso material, colaborando de forma sobresaliente en el sostenimiento del esfuerzo bélico republicano en sus últimos meses.
Fue en ese contexto cuando apareció la mujer que marcaría su destino tiempo después. Según le contó a su sobrino, se trataba de una joven que quería cruzar a zona republicana, pero no tenía salvoconducto. “Una chica de Sabadell quería pasar a la zona roja, pero no tenía ningún papel. Entonces, y gracias a mi tío Fernando, pudo pasar. El acceso era posible porque mi tío tenía relación con suboficiales y mandos locales, además conocía a un paisano, y su condición de conductor militar le daba cierta movilidad y margen de actuación. Sin embargo, él desconocía la verdadera identidad de aquella mujer”.
Según confiesa, su tío en ningún momento sabía quién era esa joven. “Luego supo que era una especie de agente secreto, un topo de Franco —añade Fernando Cambronero—, se supone que esta mujer transmitía información a elementos infiltrados del bando sublevado en la zona de Barcelona. Pero mi tío, ajeno a todo eso, simplemente le facilitaba el paso”.
De la prisión al regreso
Cuando la Guerra Civil terminó y comenzó la represión sobre los combatientes republicanos, Fernando Plaza fue detenido. Tras cruzar la frontera francesa en la retirada —según narró, como uno de los últimos en hacerlo por Figueras— regresó y acabó preso en el penal de Lleida. “De forma sorprendente, cuando terminó la guerra, la muchacha esa, como tenía todos los datos de mi tío, lo localizó. Fue al penal, fue llamado por megafonía y acudió pensando que lo iban a fusilar o que… Y lo estaban esperando con un coche oficial, sacándolo del penal. Gracias a esa muchacha, con su gesto, pudo evitarle una condena mayor o incluso la muerte”.
Sin embargo, la liberación no significó el final del castigo. “Sí, después de Lleida llegó a Agramón, donde iba recogiendo todo tipo de material de fundición. Quizás artillería, cualquier cosa de metal que se pudiera fundir”. Y tras esa etapa, tuvo que cumplir el servicio militar obligatorio en el nuevo régimen.
Cuando finalmente regresó a su pueblo, no lo hizo como héroe, sino como vencido. “Se pegó tres años de guerra y luego, entre lo de Lleida, lo de Agramón y el servicio militar, pues se quedó otros tres años más, más o menos. Hasta que ya volvió en 1942 o 1943 a Cenizate, siete u ocho años después; se fue con 18 años y regresó con 26”, como recuerda su sobrino, quien apunta que “cuando vino al pueblo, la otra parte, la que supuestamente ganó la guerra, no se lo puso fácil”.
Así, el final de la guerra para Fernando Plaza fue una transición compleja. Tuvo que reinventarse. Y lo hizo como un superviviente, como el hombre de los mil oficios y del gran secreto.