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De La Torrecica a la Maestranza Aérea, la herencia histórica de Juan de la Cierva, el ‘abuelo del helicóptero’, en Albacete

Una llanura perfecta, una ubicación estratégica, un cielo despejado e incontables horas de sol. Por estos motivos -y muchos más- Albacete ha escrito un sinfín de páginas en la aeronáutica mundial. Los pioneros no quisieron perderse esta rosa de los vientos para mostrar sus inventos o demostrar su arrojo. Y entre los más atrevidos y visionarios, el murciano Juan de la Cierva, que con su autogiro se convirtió en el 'abuelo del helicóptero'.

La sociedad albaceteña de los años 30 le rindió pleitesía. Aquí aterrizo, despegó, triunfó, durmió, comió y bebió hasta en diversas ocasiones. Y mantuvo excepcionales relaciones no sólo con autoridades políticas, sino militares. Este año se cumple un siglo desde la creación de la compañía británica en la que se fabricaron los autogiros ya perfeccionados del inventor levantino y donde, por cierto, se convirtió en piloto.

Los llamados locos años veinte lo fueron por varios motivos, desde la gran euforia social hasta los vertiginosos cambios culturales que siguieron a la asfixia provocada por la Primera Guerra Mundial. Pero también por la rápida modernización en todos los ámbitos de la vida. Y la locomoción, en cualquiera de sus formas, no fue una excepción.

Los grandes viajes, incluso intercontinentales, se convirtieron en una de las metas de un sinfín de aventureros que, gracias a una extraordinaria inventiva, conquistaron cotas que hasta entonces parecían inalcanzables. Y entre todas ellas, el dominio del vuelo ocupó un lugar sobresaliente.

En esa carrera hacia lo desconocido, el murciano Juan de la Cierva y Codorníu fue uno de esos audaces inventores que rompieron barreras e impulsaron la aeronáutica de forma definitiva con su autogiro, 'el abuelo del helicóptero', aparato tan ligado a Albacete por numerosos hechos históricos.

Los inicios de Juanito

Juanito -como le conocía su familia y amigos- nació en Murcia el 21 de septiembre de 1895. Era hijo de Juan de la Cierva y Peñafiel, abogado criminalista, político y empresario, y de María Codorníu Bosch. Su padre llegó a ser alcalde de Murcia, ministro en varias ocasiones y azote de la izquierda. Y la familia De la Cierva terminó en 1904 trasladándose a Madrid, donde el avispado joven concluyó sus estudios de Bachillerato y se convirtió en ingeniero de Caminos, Canales y Puertos.

Desde que era un muchacho demostró un gran interés por la técnica y los inventos, en especial por la aviación, y se rodeó de amigos con sus mismas inquietudes, con los que construyó modelos de aeroplanos y similares. De hecho, uno de ellos, el BCD-1, fue de los primeros aviones españoles que logró volar. Y en 1919 diseñó un trimotor, cuyo accidente le llevó a buscar una solución al problema de la pérdida de sustentación.

Ese problema no le frenó en su intento de crear un ingenio volador que evitara la pérdida de fuerza a la hora de elevarse, por lo que ideó un aparato con palas giratorias en autorrotación en lugar de alas fijas, es decir, el autogiro. Y no fue coser y cantar, puesto que hasta que lo hizo volar -lo logró con el C-4 en 1923- creó varios prototipos fallidos. Su invento fue un avance sin precedentes al otorgar mayor seguridad y permitía aterrizajes casi verticales.

Se crea The Cierva Autogiro Company

En esa carrera de obstáculos que superó, los hitos fueron varios, tantos como decepciones. Y fue el desarrollo internacional el que, sin duda, le permitió despegar definitivamente. En los primeros compases de 1926 se fundó The Cierva Autogiro Company en Londres para fabricar su creación en las islas británicas. Así lo contó el propio De la Cierva en un libro autobiográfico, Wings of tomorrow (Alas del mañana) en 1931.

“La formación de una empresa inglesa para el desarrollo del autogiro y la financiación de su producción comercial dio como resultado el traslado de los trabajos experimentales a Inglaterra. Los derechos de las patentes del autogiro pasaron a ser propiedad de esta organización, conocida como The Cierva Autogiro Company. El desarrollo se llevó a cabo en cooperación con fabricantes de aeronaves allí establecidos, quienes construyeron máquinas basadas en los diseños que yo preparé con la ayuda de un cuerpo de ingenieros cualificados. Fue en esa época cuando aprendí a volar y me convertí en piloto licenciado”.

Posteriormente, también se desarrolló en Estados Unidos mediante acuerdos con el industrial Harold F. Pitcairn, pionero de la aeronáutica de aquel país que puso al alcance de la mano del ingeniero español el sueño americano con Pitcairn-Cierva Company, firma que permitió producir autogiros bajo licencia y promover su uso comercial y militar. Y sus modelos realizaron demostraciones por América y Europa, aumentando su prestigio internacional. Y ahí es donde entró Albacete, de dilatada trayectoria aeronáutica.

La elección de Albacete

La ciudad comenzó a vincularse con la aviación a partir de 1912, cuando, en plena Feria, los albaceteños presenciaron asombrados las primeras exhibiciones aéreas del popular piloto Leoncio Garnier en las eras de Santa Bárbara.

Apenas tres años después se ofreció una parcela en el entorno de La Pulgosa para un aeródromo, aunque los problemas burocráticos y económicos retrasaron su construcción, utilizándose únicamente hangares provisionales para el raid Madrid-Cartagena de 1916. ddd

Llegados a 1922 se adquirieron los terrenos de La Torrecica, inaugurándose en 1924 el primer aeródromo militar y la Escuela de Aviación, que ofrecía formación tanto a militares como a civiles. Posteriormente, en 1927, la Compañía Española de Aviación trasladó la escuela y el aeródromo a Los Llanos, funcionando hasta su supresión en 1931 y con actividad limitada durante la Guerra Civil. El aeródromo fue finalmente abandonado, desmantelado y transformado con el tiempo para otros usos civiles y penitenciarios.

Y con estos antecedentes, ¿cómo no iba a aterrizar en esta tierra el prestigioso inventor del autogiro? Lo hizo hasta en tres ocasiones, de forma paralela al desarrollo y crecimiento de su invento, y convertido Juan de la Cierva en un tipo muy popular, casi un ídolo por su carácter aventurero y, a la vez, su cercanía.

Comienzan las visitas

La primera ocasión en la que pasó por Albacete, de acuerdo con las hemerotecas locales y nacionales, fue en 1930. Lo adelantó Aérea, la revista ilustrada de aeronáutica en su número mensual de agosto, narrando que el ingeniero español había viajado entonces a España a bordo de su autogiro para mostrar el último modelo del aparato, ya perfeccionado tras sus éxitos en Inglaterra.

Partió de Londres el 5 de agosto realizando varias escalas y demostraciones aéreas en ciudades como París, Tours, Poitiers, Angulema y Burdeos, antes de entrar en España por San Sebastián y continuar hacia Santander, donde incluso realizó un vuelo con el infante don Jaime Infante de Borbón, hijo de Alfonso XIII. Posteriormente llegó a Madrid, aterrizando en el aeródromo de Cuatro Vientos, donde efectuó exhibiciones ante aviadores militares y miembros del Aero-Club. Tras estas demostraciones, el ingeniero emprendió viaje hacia su ciudad natal, Murcia, realizando en el trayecto una escala en Albacete, dentro de esta gira destinada a difundir y popularizar el autogiro en su país.

El autogiro aterrizó en Albacete el 3 de septiembre de 1930. Eran las 8,25 horas de la mañana y todo salió a pedir de boca, según la crónica publicada por Defensor de Albacete. “El viaje lo realizó felizmente y el aterrizaje se efectuó sin novedad, comenzando el descenso en forma vertical desde unos seis metros de altura y no haciéndolo desde mayor elevación, según costumbre, a causa de traer rotos unos cables”. Una avería que se reparó en los talleres de la Escuela de Aviación albaceteña.

Y es que apenas, unas horas antes, en Cuatro Vientos, De la Cierva sufrió un accidente que causó serios desperfectos en el aparato. Antes de arribar a Albacete, y después de despegar desde tierras madrileñas en torno a las seis de la mañana, pasó por Quintanar de la Orden, La Roda y llegada a la capital manchega.

Aquel autogiro, con un coste de 20.000 pesetas -10 años de sueldo de un peón de aquel entonces-, pesaba 437 kilos, con una capacidad de carga de 250 kilos. Su velocidad máxima era de 155 kilómetros por hora, con una autonomía de 400 kilómetros y un consumo de 27 kilómetros de combustible cada 60 minutos.

Según confesó esos días el propio ingeniero, el aparato con el que llegó a nuestra ciudad era la “puesta a punto de los estudios” realizados durante más de una década “de incesante labor”. Y los datos que se desvelaron en aquel momento por La Correspondencia Militar así lo demostraban: desde el primer autogiro del inventor murciano hasta que utilizaba en ese momento se habían fabricado 60 de 23 tipos diferentes, cubriendo más de 1.500 horas de vuelo.

La presencia fue una sorpresa para las autoridades locales. No así para su círculo más cercano, puesto que en el campo de vuelo aguardaban el tío del inventor, Isidoro de la Cierva -abogado y político que también fue ministro- y su hijo Enrique, además del director del periódico murciano El Tiempo, Enrique Ortega. Enterados del aterrizaje, acudieron apresuradamente al campo de aviación desde el alcalde, José María Blanc Rodríguez, al presidente de la Diputación, Isidro Arcos Villaba, junto a otras autoridades, personalidades y periodistas. Nadie se quería perder la foto de rigor.

Pero la visita no se quedó en una mera bienvenida de cortesía; el alcalde decidió obsequiarle con un banquete en los salones del Gran Hotel, al que se apuntaron todos los que acudieron horas antes a husmear hasta el campo aeronáutico.

Así, a la lista de convidados se sumaron el inspector de la Naval Aeronáutica, Felipe García Charles; el ingeniero de la Escuela de Aviación y director accidental de la misma, Ismael Warleta; el inspector de Aviación Militar, Carlos Arias; el delegado de Hacienda y marqués de Gerona, Eugenio Selles, y los directores de El Diario de Albacete, Ramón García Quijada, y el del Defensor de Albacete, Enrique Ruiz Rosell.

El champán y su correspondiente brindis pusieron el broche a esta comilona en la que se pidió “por las glorias de la aviación española, por el triunfo del autogiro y por la prosperidad de Albacete”. Según el otro periódico local, El Diario de Albacete, terminado el almuerzo, los reunidos se dirigieron al aeródromo, hasta donde acudieron “millares de personas deseosas de presenciar las evoluciones y maniobras del autogiro, y de escuchar de labios del señor Cierva la sencillez de su manejo”.

Preparado el aparato para la marcha, el ilustre inventor realizó un vuelo y toma de tierra ante el entusiasmo del personal. Y no realizó nuevas demostraciones porque se les echó el tiempo encima -sería el tardeo-, despegando con destino a Murcia a las cinco y media de la tarde, “entre los aplausos y vítores de los presentes”.

Para entonces, Juan de la Cierva ya era un personaje conocido mundialmente por su invento y también por su valor. La vuelta que realizó a Inglaterra o cuando cruzó el Canal de la Mancha en los años veinte eran aventuras que se seguían con interés también en Albacete. Basta con repasar la prensa local de aquella década, con reiteradas noticias de portada de sus viajes y de sus éxitos comerciales.

De hecho el 23 de septiembre de 1930, Defensor de Albacete publicó un reportaje titulado El autogiro en Norteamérica, en el que informaba del reconocimiento cosechado en New Jersey por el aparato español, y hasta el famoso inventor Thomas Alva Edison -quien desarrolló, entre otros aparatos, el fonógrafo, la bombilla, la central eléctrica o el kinetoscopio- visitó el Aeropuerto Metropolitano con el exclusivo fin de presenciar los vuelos de prueba del autogiro, y entusiasmado con lo visto, afirmó: “Esta es la cuestión. A mi juicio, este es el mayor adelanto realizado por la aviación desde sus comienzos”.

En los hangares de Los Llanos

En 1931 regresó De la Cierva a Albacete. El 12 de marzo, Defensor de Albacete avanzaba que esa tarde había llegado a la ciudad en tren el inventor. Tras hospedarse en el Gran Hotel, como no, confesó que el propósito de su viaje era recoger el aparato que tenía en esos días en los hangares de Los Llanos. “Ha enviado un cariñoso saludo extensivo al pueblo de Albacete”, se añadía en el periódico, indicando que el propósito del aviador pasaba por tripular personalmente su aparato.

En esos días, el tabloide londinense The Daily Mail confirmaba que una compañía británica iba a instalar taxis aéreos de dos, cuatro y seis plazas haciendo uso del autogiro, para aterrizar sobre plataformas especiales construidas en las azoteas de distintos edificios. Un sueño más del murciano que se logró en parte, no como un taxi aéreo doméstico, sino entre determinados edificios de servicios públicos, en especial transporte postal.

Esa notica la pudo leer el ingeniero en la prensa albaceteña, puesto que si llegó el 12 de marzo, jueves, no se marchó a Madrid hasta la tarde del sábado, 14 de marzo. Y lo hizo volando después de practicar algunos ejercicios sobre el aeródromo de Los Llanos, aunque, a causa de la lluvia se vio obligado a suspender su marcha. Una vez que escampó, sin novedad alguna, despegó con destino a la capital de España.

Con su esposa a bordo

Y otra visita de Juan de la Cierva publicada en la prensa llegó en los primeros días de marzo de 1934. En este caso, el ingeniero llegó acompañado de su esposa, María Luisa Gómez-Acebo y Varona, una visita que no fue solo un evento técnico, sino un acontecimiento social que movilizó a toda la capital.

La noticia saltó el 2 de marzo de 1934. Según Defensor de Albacete, el alcalde accidental, Francisco Martínez Escribano, recibió un telefonema confirmando la llegada del inventor desde la base de Los Alcázares. Aunque se esperaba a las nueve de la mañana, el “viento reinante” y las inclemencias del tiempo obligaron a retrasar el vuelo.

No fue hasta las 13.50 cuando el autogiro, escoltado por cinco aparatos militares -en concreto, cuatro de la base naval de San Javier y un sesquiplano militar, y entre los tripulantes, el capitán de navío y jefe de Aviación Naval, Pablo Hermida Seselle- asomó sobre el cielo manchego. Medios nacionales como El Heraldo de Madrid y Luz destacaron que el trayecto desde San Javier duró apenas una hora y media. Al tocar tierra, el aparato realizó un “descenso casi vertical” que dejó atónitos a los presentes. Según el cronista del Defensor de Albacete, “causó la admiración de cuantos lo presenciaban, que recibieron al señor La Cierva con entusiastas aplausos”.

Tras el recibimiento oficial, y como no podía ser de otra forma, la comitiva se trasladó al Gran Hotel, donde el Ayuntamiento ofreció una comida de gala. El Diario de Albacete relató el 3 de noviembre un ambiente de gran cordialidad donde se brindó por los éxitos que daban “relieve al nombre de España en el extranjero”.

Fue en los postres donde se produjo una anécdota deliciosa recogida por la sección Perfiles del domingo 4 de marzo del mismo diario. Ante la pregunta de un curioso sobre si todos habían viajado en el autogiro, con una sonrisa “infantil y yankee”, De la Cierva respondió: “Usted se ha creído que el autogiro es un autobús”.

Acto seguido, el ingeniero profetizó de nuevo un futuro donde estos aparatos funcionarían como taxis aéreos, con paradas en las azoteas de la Gran Vía madrileña, como el edificio de la Telefónica o el Capitol, cuestión que ya se había adelantado tres años antes en la prensa británica.

A las cuatro de la tarde, la comitiva regresó a La Torrecica. A pesar del “intenso frío”, la muchedumbre -compuesta por burgueses y obreros, según una curiosa charla vecinal publicada en el Defensor- se agolpaba para ver el despegue.

“- ¿Qué, vecino? ¿Estuvo usted la otra tarde a ver el autogiro?

- ¡Ya lo creo que fui! Desde las nueve de la mañana estuve en La Torrecica esperando que apareciera; y no fui yo solo, sino que muchísimas personas, burgueses y obreros, acudieron como yo a tributarle un gran recibimiento a nuestro glorioso inventor.

- ¿Y el aparato qué le pareció a usted?

- Pues hombre, salvando su aspecto antiestético, volando, como muy bien dice un amigo mío, parece un abejorrón, una cosa verdaderamente maravillosa; el aterrizaje, sobre todo, fue algo asombroso: vertical y muy despacio...

- En suma, que valía la pena verlo, ¿no? A mí, sin embargo, se me pegaron las sábanas, y ahora bien me pesa...“

Sin embargo, el cronista de Perfiles describió el aparato con un texto entre lírico y místico: “El autogiro, precioso animalito impregnado del azul del cielo... puesto en marcha, no ruge, runrunea. Y asistimos al prodigio de verlo salir disparado, como una saeta contra el cénit”.

Tras una exhibición de vuelo donde el aparato se quedó “pasmosamente parado” sobre las cabezas de los albaceteños, el matrimonio De la Cierva puso rumbo a Barajas en Madrid, donde el ingeniero debía impartir una conferencia en el Real Aero Club de España.

Aunque el plan inicial era seguir hacia Madrid, las ediciones del 3 de marzo de Ahora y el Defensor de Albacete mencionan un breve regreso a la ciudad esa misma tarde tras pasar por Murcia. El broche de oro a la visita lo puso un telegrama de agradecimiento enviado por el propio inventor al alcalde: “Terminado nuestro viaje felizmente, mi mujer y yo deseamos hacer presente nuestra gratitud a ese Ayuntamiento y al pueblo de Albacete. Le saluda atentamente, Juan de la Cierva”.

Un albaceteño en el camino

Queda demostrado que el recorrido que tuvo que superar el ingeniero no estuvo exento de obstáculos. Pero en ese camino encontró la compresión de muchos osados para los que la aeronáutica era su vida Y entre ellos, un albaceteño, en concreto, de Yeste, Pío Fernández Mulero, quien mantuvo contacto en aquellos años con el círculo de innovadores que impulsaron la aviación española, entre ellos el ingeniero murciano.

Según ha revelado Mariano José García-Consuegra en su libro El caballero del aire: Pio Fernández Mulero (Instituto de Estudios Albacetenses (IEA) 2022), ambos coincidieron en el entorno aeronáutico de Madrid, especialmente en el aeródromo de Cuatro Vientos y en los actos organizados por el Real Aero Club de España, institución en la que el albaceteño desempeñó responsabilidades directivas.

De hecho, el aviador serrano se codeó con personajes clave de la aviación internacional, no sólo con Juan de la Cierva, como el doctor Hugo Eckener, representante de la Casa Zeppelin que dio la vuelta al mundo en uno de los dirigibles de la compañía, o el piloto malagueño Fernando Rein Loring que fue capaz de realizar en solitario el vuelo Madrid-Manila.

Mulero conoció de primera mano los avances del autogiro, participando en iniciativas destinadas a impulsar y difundir esta nueva tecnología. Incluso, viajó a Inglaterra, hasta The Cierva Autogiro Company, donde vio directamente los modelos que se estaban desarrollando y colaborar en la incorporación de estos aparatos al panorama aeronáutico español. Según Mariano José García-Consuegra, como jefe de Material del Servicio de Aviación fue el encargado de efectuar la recepción de un autogiro adquirido por el Gobierno español a la sociedad londinense, y que se trasladó a nuestro país por vía aérea.

La réplica albaceteña

Pero la relación entre Albacete y Juan de la Cierva -cuya biografía se vio salpicada por su relación o no con el golpe de estado franquista- se mantuvo a lo largo de los años. Incluso, décadas después de su fallecimiento el 9 de diciembre de 1936 en un accidente de aviación, cuando se disponía a viajar a Ámsterdam desde Londres a bordo de un avión de la KLM. Y es que, en 1995, el Ejército del Aire decidió conmemorar el centenario del nacimiento del inventor iniciando la construcción de una réplica del autogiro C-30.

La elección de la Maestranza Aérea de Albacete para esta misión no fue casual: se confió en esta unidad por la gran experiencia de su personal en el manejo de estructuras de acero y tela, técnicas que dominaban gracias a su trabajo previo con las avionetas Bücker.

Tras obtener la cesión temporal de un ejemplar del museo de la RAF británica para elaborar los planos -perdidos originalmente en un incendio en Manchester-, los trabajos de fabricación comenzaron formalmente en febrero de 1997. Durante casi dos años, un equipo de más de 60 profesionales trabajó en la reproducción fidedigna del aparato, fabricando el fuselaje completo e integrando piezas originales recuperadas, como la cabeza del rotor y el tren de aterrizaje.

El camino estuvo marcado por la perseverancia frente a la adversidad técnica. En enero de 1998, el autogiro inició sus pruebas de pista en la Base Aérea de Los Llanos, sufriendo un aparatoso vuelco al tomar tierra que dañó gravemente las palas, la hélice y el soporte del rotor.

Tras una profunda reparación, el histórico primer despegue con éxito tuvo lugar el 3 de febrero de 1999, con un vuelo que duró 43 minutos. El programa de ensayos continuó hasta noviembre de 1999, acumulando 37 vuelos antes de sufrir un segundo accidente el 3 de febrero de 2000, justo antes de su presentación oficial en Madrid. Finalmente, tras una última fase de reconstrucción terminada en diciembre de 2001, el autogiro -matriculado como XVU.1-01- fue entregado oficialmente al Museo del Aire y del Espacio en Cuatro Vientos en junio de 2002, sellando así la contribución de Albacete a la historia de la aviación española, que ha sumado nuevas etapas, con la implantación en la ciudad de Airbus Helicopters, que echó a volar en 2007 como Eurocopter.