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Por qué bañarse en el mar en invierno fascina cada vez más: “El frío te conecta con el aquí y el ahora”

El periodista Jordi Ballart, después de un baño en invierno.

Juanjo Villalba

Barcelona —
11 de octubre de 2026 21:11 h

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Tanto si vive usted cerca del mar, como si lo visita por casualidad fuera de los meses cálidos del año, es posible que alguna vez se haya quedado mirando a quienes, ignorando el frío, se sumergen en el agua en pleno invierno. Hacerlo quizá les parezca a muchos una auténtica locura, pero a otros seguro les despertará una cierta envidia. Les encantaría ser uno de ellos.

Aunque el frío y la humedad calando hasta los huesos suponen una barrera importante, pero incluso desde la orilla uno puede intuir la sensación de libertad y de comunión con la naturaleza que se tiene que sentir al hacerlo. Jordi Ballart es escritor y periodista. También es uno de esos nadadores. Lleva más de veinte años adentrándose en las aguas invernales, llegando a sumergirse en aguas a ocho grados, un límite en el que el cuerpo humano ya empieza a tener serias dificultades para funcionar.

Precisamente es esa cifra la que da título a su nuevo libro, Ocho grados. Los nadadores de invierno (Barlin Libros, traducido por Alberto Haller), un texto en el que mezcla el relato personal con el ensayo y la crónica de viajes. Para crearlo recorrió lugares tan emblemáticos como la playa de la Barceloneta, la de Riazor en A Coruña, la Concha de Donosti y otros más lejanos como Brighton, Moscú o Berlín (porque los nadadores de invierno no solo lo hacen en el mar).

En el libro, un auténtico canto al poder sanador de la naturaleza, recorremos junto a Ballart la historia de los baños fríos, la del neopreno y su papel de “facilitador” de este tipo de inmersiones, y también algunos relatos de aquellos que en el agua fría encontraron una vía para aliviar sus traumas o sus problemas de depresión. Incluido el propio autor.

¿Cómo ha ido evolucionando su relación con el mar a lo largo del tiempo?

Siempre he tenido una relación especial con el mar, desde niño. Diría que mi relación con el agua ha ido evolucionando según una cuestión “de continuidad”, de alargar la temporada de baño y no limitar esa actividad tan placentera a los meses de verano. Con el tiempo, también he descubierto que el mar de invierno es un entorno muy particular, que la falta de gente hace que la conexión con la naturaleza sea mucho más intensa.

Cuando empecé, estaba pasando una mala época, una depresión, y los baños invernales me ayudaron muchísimo

¿Recuerda el primer baño de invierno en el que pensó que eso era para usted?

El primer baño de invierno en el que pensé “¡sí, esto es lo mío, quiero seguir haciendo esto!”, fue en la playa de la Barceloneta. Sería alrededor del 2004, a mi vuelta de Inglaterra, donde viví durante un tiempo. En Reino Unido, solía nadar en el Atlántico con grupos de gente, en verano y con neopreno. Así que me introduje en el mundo de la natación invernal gracias estos trajes, que después abandoné. En aquellos días yo estaba pasando una mala época, una depresión, y los baños invernales me ayudaron muchísimo.

Para escribir el libro, se bañó con las personas a las que entrevistaba. ¿Qué le contó la gente después de salir del agua que probablemente no le habría contado en una entrevista en tierra?

Al salir del agua, la mayoría de bañistas que he entrevistado, por no decir todos, destacan la sensación de euforia que sienten. Y también la limpieza de preocupaciones, de cómo desaparecen esas “telarañas mentales” que todos llevamos con nosotros. La naturaleza, en sí, ya es un elemento terapéutico, pero el frío, además, provoca un cierto shock que te conecta con el aquí y el ahora. Con la presencialidad. Los problemas de tierra se quedan en tierra.

Es miembro de la Outdoor Swimming Society, una organización británica sin ánimo de lucro y la mayor comunidad internacional dedicada a la natación en aguas abiertas y el wild swimming. Ha conocido a personas de agrupaciones de este tipo en diferentes partes del mundo. Aparte de lo evidente, ¿qué diría que tienen en común todas estas personas?

Sin duda el elemento común es la sociabilidad, las relaciones de afinidad que se crean en los grupos, la sensación de ser, de alguna manera, especiales.

Bañarse en invierno no necesariamente implica llevar una vida salvaje o descontrolada, pero sí que es algo que te saca de tu zona de confort

De hecho, el libro contrapone el bañarse en invierno a llevar una vida demasiado normal, demasiado “domesticada”. ¿Por qué lo ve así?

Bañarse en invierno no necesariamente implica llevar una vida salvaje o descontrolada, pero sí que es algo que te saca de tu zona de confort. Y ahí hay un cierto elemento de probar otras cosas, de espíritu de aventura.

¿Cómo cambia el mar en verano y en invierno?

La principal diferencia es la ausencia de gente, del bullicio veraniego. Y eso conlleva una sensación muy potente de encontrarte en un entorno más indómito, más natural. En invierno, para mí, el mar es un mundo más emocional que simplemente recreativo.

Antes ha nombrado el neopreno, este material aparece en el libro como una tecnología que abrió la posibilidad de nadar en agua fría a más personas. Pero también dice que, con el tiempo, casi todos los que lo usan lo acaban abandonando. ¿Por qué? ¿Nadar con neopreno es menos auténtico?

Mucha gente te diría que sí, que es menos auténtico. Yo creo que si el neopreno te ayuda, como me pasó a mí, a empezar a nadar todo el año, bienvenido sea. Pero lo ideal es que el neopreno sea solo una fase. El contacto directo del agua con la piel es lo que potencia los beneficios del mar para el cuerpo y la mente.

Dice que nadar en agua fría es beneficioso para muchas cosas. ¿Cuáles y en qué se basa para afirmarlo?

La doctora Susanna Søberg habla, entre muchas otras cosas, del potencial que tiene el agua fría para reducir inflamaciones y la presión arterial. También de que puede reforzar el sistema inmunológico, pero los nadadores y nadadoras que entrevisté me hablaban sobre todo de los beneficios para la salud mental.

En este sentido, el doctor Mark Harper defiende [en Chill, un libro dedicado a los beneficios de la natación en agua fría] que cuando el cuerpo se somete regularmente a un estrés moderado, como una inmersión en agua helada, desarrolla una respuesta adaptativa a ese estrés, con lo cual las consecuencias fisiológicas de las situaciones que provocan ansiedad son menos intensas.

Ha habido casos en que los baños de invierno han ayudado a personas con cuadros depresivos a abandonar la medicación. Eso sí, nadar en el mar en invierno no está exento de riesgos, como la hipotermia, y hay que hacerlo con cabeza.

Es posible que los lectores de su libro nunca acaben dando el paso para bañarse en invierno. Aun así, ¿le gustaría que, tras leerlo, cambiara su manera de mirar el mar, el invierno o su propia vida?

Me gustaría que se quedaran con la idea de la grandeza del mar y de cómo esa grandeza nos sitúa en el mundo a nosotros, los seres humanos. Cómo nos pone en nuestro sitio. Y para sentir eso ni siquiera hace falta bañarse en invierno, basta con dar un paseo al lado del mar en una mañana tranquila de diciembre.

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