Casa Corderet, la cerería más antigua de Catalunya, resiste fabricando velas en pleno centro de Tarragona desde 1751
Ni guerras, ni crisis económicas, ni tampoco pandemias o la llegada de la electricidad han conseguido cerrar sus puertas. La Casa Corderet, la cerería más antigua de Catalunya, acaba de cumplir 275 años fabricando y vendiendo velas en pleno centro de Tarragona.
La tienda lleva en el mismo local desde que abrió sus puertas en el siglo XVIII. Por fuera, conserva las puertas de pino de melis pintadas de verde y los escaparates de la época, en uno de los cuales se exhibe un libro de contabilidad de 1931. En el interior permanecen los mostradores, las repisas y la distribución original del establecimiento. En la fachada, el año de apertura destaca en grandes cifras rojas: “Desde 1751”. Los paseantes se detienen, curiosos, frente a la puerta de la tienda, intrigados por la atmósfera del lugar.
“La joya de Catalunya la tenemos aquí, en Tarragona”, apuntó el actual propietario del negocio, Xavier Pagès, durante el discurso del aniversario del negocio, celebrado el pasado fin de semana. “La única vez que la tienda cerró fue durante la pandemia del covid-19”, explica Pagès a elDiario.es. Según relata, el establecimiento siguió abierto durante la Guerra del Francés (contra el Imperio de Napoleón), la Guerra Civil y las sucesivas crisis económicas.
La cerería, que en el transcurso del tiempo acabaría llamándose Casa Corderet, es una de las tiendas más antiguas de Catalunya y está entre las más antiguas de Europa. La fábrica de velas, por su parte, es todavía más antigua: se remonta a 1631, si se atiende a la fecha grabada en una de las piedras de la fachada.
Los Corderet fueron pioneros en separar el espacio de fabricación del punto de venta, una distribución que se mantiene hasta hoy: la tienda ocupa la parte delantera y el taller, la posterior. Otra singularidad que conserva el lugar es la puerta secreta camuflada en medio del establecimiento y que conduce a una bodega subterránea.
El sótano es parte de una de las bóvedas del Foro Provincial romano (órgano de gobierno de la época imperial), y sirvió de refugio durante la ocupación napoleónica de Tarragona, en 1811, y durante los bombardeos de la aviación alemana e italiana sobre la ciudad, entre 1937 y 1939. “Aquí se escondió mucha gente”, recuerda Pagès.
De los primeros propietarios a la nueva generación
La primera familia de propietarios estuvo tres generaciones al frente del negocio. Los últimos dueños murieron durante la Guerra del Francés y, desde entonces, fueron trabajadores y trabajadoras ajenos a los fundadores quienes aprendieron el oficio y sacaron adelante el negocio.
En el último siglo, según reconstruye Pagès, la cerería pasó por las manos de las familias Guardiola-Mas y Martí López. En 2002, comenzó el relevo que él denomina “la nueva generación”, con Montse Magriñà al frente y, más adelante, con su propia incorporación. Pagès, de 64 años, asumió la dirección en 2013 y se convirtió en propietario en 2019.
“Aprendí el oficio, en buena medida, mediante el ensayo y error”, explica este cerero, que ha mantenido la producción artesanal a partir de técnicas y recetas tradicionales conservadas en los archivos de la tienda. Antes de ponerse al frente de la cerería, Pagès trabajaba como maquillador y estilista en el mundo de la moda y la televisión. Empezó a trabajar en TV3 a los 22 años, pero decidió cambiar de profesión y hacerse cargo del histórico comercio de su ciudad natal.
La venta de ceras y velas no era un gremio nuevo para Pagès. Su bisabuela Filomena, que llegó a Tarragona desde el norte de España, abrió otra cerería a menos de cien metros de la Casa Corderet, según explica. El negocio, añade, fue clausurado por el franquismo por motivos políticos: “Se lo cerraron por roja”. “Suerte que él [Pagès] tomó el negocio, porque aquí iban a poner un bar”, interviene una clienta de la tienda.
En las dos últimas décadas, la cerería ha recibido varios reconocimientos, entre ellos el Premio Iniciativa Comercial (2006) y el Premio Nacional a los Establecimientos Comerciales Centenarios (2015), ambos otorgados por la Generalitat de Catalunya; así como el Premio Foro de Comercio de Tarragona (2016).
Una tienda histórica que pide protección
Antes de la llegada de la electricidad a Tarragona, el 25 de diciembre de 1897, las velas de cera eran el sistema de alumbrado de la nobleza y la burguesía local –las clases humildes utilizaban aceite en un candil– y tenían un papel central en la liturgia católica. La tienda proveyó de velas y de cirios al Arzobispado, a la Catedral y a las iglesias de la ciudad.
“Hoy no solo servimos a la Iglesia católica, sino también a comunidades ortodoxas, protestantes, judías y budistas, tanto de aquí como del extranjero. Somos una tienda espiritual”, explica Pagès.
Su producto procede de la cera vegetal o de abeja –de colmenas situadas a 15 kilómetros de la ciudad, en la Riera de Gaià–, y es original y hecho a mano. Es un trabajo “laborioso”, al que pide “darle valor”. “Necesitamos más ayudas para el pequeño y mediano comercio”, reivindica. “Si no compramos en nuestras fábricas y en nuestras tiendas, las generaciones futuras serán las que lo van a pagar”, lamenta Pagès, que reclama a las administraciones medidas para proteger un negocio “histórico”, “tradicional” y que hoy tiene “valor museístico”.
“Queremos que el establecimiento cuente con protección patrimonial porque es un espacio único. Yo no tengo hijos ni herederos y, si no se protege, se perderá”, asegura. Pero la afluencia de gente que se acercó a celebrar el aniversario de la cerería atestigua que el local todavía tiene vida por delante. “Hoy es casi imposible que una tienda dure casi 300 años. Esto es una maravilla para los vecinos y para el barrio”, dice a elDiario.es Maricarmen, una de las asistentes.
Para Joana, la cerería “es Tarragona” y debe preservarse: “No se puede ir ni cerrar”. En su opinión, los dos grandes símbolos del centro histórico –conocido como la Part Alta– son “la Catedral y Casa Corderet”. En la puerta de la tienda, Maricarmen, Joana y el resto de asistentes escuchan y aplauden a Pagès, rodeado de familiares, amigos y vecinos.
Muchos han tenido alguna vez en sus manos un cirio de bautizo, una vela de Semana Santa o una de Navidad salida del taller de la Casa Corderet. “Tenemos que reivindicar nuestro pasado y aprender a valorar el trabajo que tantas personas han mantenido durante décadas y siglos”, concluyó Pagès.
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