ENTREVISTA
Clara Mattei, economista: “Incluso las élites están esclavizadas por el capitalismo”
Clara Mattei (1988) ha pasado toda la vida a caballo entre su Estados Unidos natal y la Italia de la que proviene su familia. Al poco de nacer, se trasladó a Europa, donde gozó de la sanidad y educación pública. Allí se graduó en Filosofía y, con esos conocimientos, se trasladó, de nuevo, a Estados Unidos para doctorarse en Economía y ejercer la docencia. Empezó en universidades privadas, donde vivió de primera mano “la perversión del capitalismo salvaje”. Eso la afianzó en sus tesis anticapitalistas, que la llevaron a decantarse por la universidad pública y por buscar alternativas al sistema.
Se define como optimista, “a pesar de la que está cayendo” y asegura que hay maneras de escapar al capitalismo. Precisamente ese es el título de su nuevo libro, publicado con Capitán Swing (2026), en el que recuerda las herramientas de las élites para subyugar a los trabajadores y repasa su receta para poner las bases de un mundo más justo. Para ella, la clave está en la autoorganización y, por eso, ha fundado el Forum for Real Economic Emancipation (FREE), unos espacios de debate con el objetivo de diseñar un nuevo sistema económico que tenga en el centro la igualdad y la justicia.
En diversas ciudades de Europa hierven protestas sociales, desde Francia hasta Italia, pasando por Grecia o España. Eso me lleva al inicio de su libro, donde contextualiza el inicio de la revolución socialista de principios del siglo XX en un momento de hartazgo social derivado del trauma de la guerra, la inflación y las políticas de austeridad. No puedo evitar hacer paralelismos. ¿Adónde cree que nos llevarán estas protestas?
No debemos subestimar el poder de la organización colectiva cuando la gente se da cuenta de que el sistema no puede satisfacer sus necesidades básicas. Estamos ante una reacción espontánea contra un conflicto fundacional de nuestra economía que es que, por diseño, no puede garantizarnos siquiera una vida decente.
Es en estos momentos cuando se da un mayor potencial de cambio revolucionario, porque entendemos que este sistema no es racional. Lo único que se necesita es una organización más estable de la gente.
¿En qué formato?
No necesariamente en partidos o sindicatos. Creo que estas asambleas, en las que la gente se une y, a pesar de venir de contextos diferentes, toma decisiones de manera horizontal, son un buen comienzo. Esto es lo que hacemos en el Forum for Real Economic Emancipation (FREE), que se ha hecho muy grande a base de atraer a grupos preexistentes y a personas que no se habían movilizado antes. Gente pobre y sin perspectiva que se está organizando en círculos.
Lo que estamos viendo estos días, en forma de protestas, saqueos y disturbios, es un buen comienzo, pero no se puede quedar aquí si no queremos que se nos demonice. Tiene que haber una construcción permanente de alternativas para presionar a los mercados y los gobiernos.
Cuando habla de círculos, organizaciones de base y alternativas a los partidos tradicionales no puedo evitar pensar en el 11M, esa revolución que acabó cooptada por las lógicas del sistema de partidos. ¿Cómo podemos escapar de sus tentáculos?
Es muy difícil. A la que entras a jugar con las reglas del sistema, te corrompes. No es porque sean mala gente, sólo es que la función de la institución es hacernos creer que no hay otros métodos. Tenemos que repensar qué significa la política y, para eso, hay que cambiar la economía y las instituciones. Y eso necesita romper la dependencia de los inversores privados que tienen a la sociedad y a los partidos a su merced.
Es que la clave para subvertir el sistema es evitar quedar integrado en él
No pide poco…
Los trabajadores creamos valor, pero no lo usamos. Tenemos que mirar a las organizaciones de trabajadores, a las cooperativas y a todos esos espacios que buscan un provecho, pero no uno político o económico.
¿Reniega de los partidos?
Es que la clave para subvertir el sistema es evitar quedar integrado en él. No hay otra manera porque no podemos sobrevivir bajo el capitalismo. En lugares como China, las cosas son diferentes: el partido tiene otra lógica porque parte de una estructura cívica y porque controla el capital privado.
Claro que es un sistema que tiene límites, pero nos enseña que hay un espectro enorme de posibilidades y que el concepto de “partido” puede significar cosas distintas dependiendo de cómo estén diseñados y a quién escuchen. En Estados Unidos, que está en el otro extremo, los partidos están al servicio de los lobbies y su dinero. Y esas estructuras jamás podrán llevarnos hacia la democracia.
Afirma que no hay democracia posible bajo el capitalismo. ¿Eso significa que todas sus alternativas son democráticas? ¿Incluso China?
Todo lo relativo a China es complicado. En Occidente hay mucha propaganda contra China, principalmente porque nuestro concepto de democracia es diferente. Y creemos que el nuestro es el bueno, aunque tengamos un sistema electoral no demasiado democrático. De hecho, creo que la palabra “democracia” peca de ser algo imperialista a veces.
¿Y eso?
Porque se usa para ridiculizar y barbarizar a otras regiones. Claro que en China hay límites, pero eso también pasa en países subsumidos a las lógicas capitalistas. Hace poco estuve en China y vi visión de futuro, algo que en occidente hemos perdido. Tienen un gran sistema sanitario, educativo y de pensiones, no hay sinhogarismo… Son cosas que, quizás, hemos subestimado, pero que nos enseñan que hay alternativas.
Insisto en que en el capitalismo no puede haber democracia porque la democracia necesita relaciones no extractivas ni basadas en la explotación. Antes de que me lo digas, sé que la URSS no abolió la explotación, pero creo que el camino es parecido al que establecieron.
Hablar de democracia me lleva al concepto de libertad, que está muy disputado. Vemos cómo la izquierda la reivindica desde su definición más filosófica mientras que la derecha lo hace desde la perspectiva económica. Usted, que es filósofa y economista, ¿cómo entiende la libertad?
Para la izquierda se trata de recuperar el poder; si nos centramos en lo económico, es poder decidir sobre lo que se produce y cómo lo hacemos. Pero la derecha se ha esforzado mucho en resignificar la libertad y relacionarla con el emprendimiento, invertir en lo que se quiera y en la falta de regulación. Pero eso, paradójicamente, nos lleva a tener menos libertad. Hasta las élites y la gente con buenos sueldos, esa que cree que decide sobre su propia economía, está esclavizada por el capitalismo y su lógica del beneficio, de la competición y de la clase.
No hay ningún CEO o gran ejecutivo que viva sin estrés o presiones. Esa es la prueba de que la libertad es imposible, para absolutamente nadie, bajo el capitalismo. Estamos hablando de sentido común, pero parece que nos cuesta despertar del engaño. Espero que ahora que estamos en medio de una gran crisis algo empiece a cambiar.
Pero en momentos de crisis suele crecer el apoyo a los partidos de extrema derecha. ¿Qué le diría a la clase trabajadora que vota a opciones conservadoras?
Que si quieren derechos básicos cubiertos, sanidad pública y pensiones, necesitan unirse a la causa de la antiausteridad. Es un propósito que asusta a las élites porque puede unir a gente que piensa de manera muy diferente, ya que toca cuestiones que van a la raíz del bienestar material. No he visto las encuestas en España, pero estoy segura de que la idea de defender que la vivienda no sea un bien de mercado va a tener buenos resultados.
Efectivamente, no ha visto las encuestas [Risas]
¿Me equivoco?
Pues sí. El foco del debate se encuentra en la vivienda y, a pesar de que se ha constatado que el mercado no se regula solo y que sus intereses chocan con la concepción de la vivienda como derecho, las previsiones auguran una victoria de la derecha.
Aquí se ve por qué la austeridad es tan importante de combatir: divide a la gente de maneras que escapan a toda lógica. Además, produce precariedad y, a la vez, disciplina a los trabajadores para que tengan miedo a enfrentarse al sistema. Y eso se traduce en antagonismos entre la clase trabajadora.
Por eso es esencial que personas como yo escribamos libros y organicemos espacios públicos para el pensamiento crítico; así como que personas como tú, desde la prensa, os resistáis a las presiones económicas. Nuestra obligación es hacer obvias las costuras del sistema y demostrar a la gente que el enemigo no está entre nuestros iguales. La cuestión es cómo hacemos que todo este conocimiento llegue a la gente.
Odio trabajar para universidades privadas porque sé hasta qué punto puedo ser cómplice de la dependencia del mercado
Déjeme ser abogada del diablo. La academia, al menos en Estados Unidos, que es donde usted enseña, depende de universidades privadas que, a su vez, se alimentan de estudiantes obligados a endeudarse. Así que, en cierta manera, el conocimiento crítico que usted genera acaba alimentando al mismo capitalismo contra el que quiere luchar.
Pues sí. Y, por suerte, he sido contratada por instituciones públicas. Odio trabajar para universidades privadas porque sé hasta qué punto puedo ser cómplice de la dependencia del mercado. También tengo la suerte de publicar libros con editoriales que no piensan en cuánto van a vender, sino en la aportación que van a hacer. Pero, evidentemente, nadie se escapa de las contradicciones.
Salir del capitalismo requiere sacrificios. Estos pueden ser más asumibles para quien actúa desde el privilegio o, incluso, para quien se encuentra cerca de la pobreza extrema y no tiene nada que perder. Pero ¿cómo convencería a la clase media que ideológicamente comulgaría con el anticapitalismo, pero no se atreve a poner en riesgo la poca estabilidad de la que dispone?
No necesariamente requiere tantos sacrificios… El primer paso para escapar del capitalismo es organizarse y, para mí, es una experiencia tremendamente humana. Compartir espacio con gente que quiere mejorar el mundo es algo que te cambia. Así que no lo veo como un sacrificio.
Pero alterar el sistema requiere algo más que asambleas.
Es cierto que, cuando lo hablado en asambleas se materialice en acciones, puede haber violencia. Pero no va a haber más violencia que la que ya vemos cada día en nuestros trabajos, hogares y ciudades. También es muy probable que haya una guerra en Europa… No creo que mantenernos como estamos nos libre de la violencia; es más, creo que ese pequeño sacrificio nos puede ahorrar muchos otros que vendrán en el futuro. ¡Imagínate poder olvidarte del estrés, de la precariedad y del miedo a perder el trabajo!
Espero que la huelga general sea masiva para que le recordemos al sistema lo poderosos que somos, pero no hay que dejar que esa fuerza colectiva se apague después de un proceso electoral
Dedica, precisamente, un capítulo del libro a cómo el sistema mantiene siempre una cierta tasa de desempleo para controlar a los trabajadores a través del miedo. ¿Qué poder real tenemos?
Todo. Se ha trabajado muy duro para deslegitimar la teoría del valor-trabajo, que apunta a que el valor de algo se mide por la cantidad de trabajo necesario para producirlo. Eso es peligroso para el sistema, porque nos recuerda que los beneficios salen del trabajo no remunerado. Hemos olvidado que todo lo que tenemos proviene de la explotación.
Por eso, espero que la huelga general sea masiva para que le recordemos al sistema lo poderosos que somos. Nosotros tenemos la comida, los combustibles y las materias primas. Pero, sobre todo, no hay que dejar que esa fuerza colectiva se apague después de un proceso electoral porque, insisto, la democracia no está en el voto, sino en un sistema realmente igualitario.
Me gustaría acabar volviendo a apelar a su mitad filósofa. ¿Se puede ser capitalista y buena persona?
Creo que la mayoría de gente es buena persona. La cuestión es que muchos se ven obligados a hacer cosas que no harían, sólo para sobrevivir en la lógica capitalista. Nos gusta ver las cosas desde términos morales, pero el sistema es totalmente amoral. Lo vemos, por ejemplo, en el genocidio de Gaza: a diario hay bombardeos contra la población civil. ¿Los trabajadores que fabrican esas bombas son mala gente? Sólo piensan en sus necesidades inmediatas que son, seguramente, poner comida sobre la mesa. Pero eso no les excluye de estar participando en un genocidio, de una u otra manera.
Y es ahí donde vemos que la racionalidad económica es, por definición amoral, porque mata cualquier rastro de humanidad. Y por eso tenemos que cambiar este sistema que supedita el éxito a la inmoralidad.