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La decepción en los grupos de Blocus tras el fiasco del último fin de semana: “Nos hemos cagado”

Arturo Puente

Barcelona —
4 de noviembre de 2026 00:18 h

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Tras los disturbios y saqueos en tiendas del centro de Barcelona del 24 de octubre cientos de jóvenes entraron en grupos de mensajería para volver impulsar nuevas convocatorias. Todo ellos utilizaron la etiqueta Blocus, la misma de las protestas estudiantiles de Francia y que ya habían servido como reclamo para las primeras quedadas en diversos puntos de España. Fue en esas plataformas donde una nueva fecha tomó relevancia: el sábado 31, coincidiendo con Halloween o la Castanyada en Catalunya.

Pero el pasado fin de semana lo que encontraron los numerosos jóvenes que acudieron al centro de Barcelona bajo la nueva llamada de Blocus fue un contundente dispositivo de los Mossos, que practicaron más de 2.000 identificaciones a las salidas de estaciones de tren y paradas de metro, y saturaron de efectivos las principales calles alrededor de la plaza Catalunya. Una situación que se reflejó en los mensajes de los jóvenes en los grupos de WhatsApp formados para organizar la embestida.

“Pérdida de tiempo jay, solo identificaciones”, expresaba un joven que, según lo que decía, había acudido a la zona. Antes que él ya había habido alertas por la presencia policial, mientras otros lamentaban que “[el sábado pasado] a esta hora ya se estaba liando pila y hoy ni han empezado”. “¿Y la gente donde está? Estamos aquí”, decía otro que enviaba una fotografía cerca de la confluencia entre la plaza Catalunya y el Passeig de Gràcia. “No seáis así jawas, venid y vamos a reventarlo todo”, suplicaba otro.

“Se creen la policía de Alemania, pero no valen para nada”, reflexionaba uno de los participantes. “¿Quién se caga de ellos? Vamos a romperlo todo”, animaba. MIentras tanto, en las calles del centro se celebraba apaciblemente la víspera de Todos los Santos.

Después de que la primera convocatoria de Blocus en Barcelona supusiera destrozos, saqueos y enfrentamientos con la policía, la preocupación se extendió en las instituciones catalanas, especialmente en el departamento de Interior y el Ajuntament de Barcelona, los responsables de mantener el orden público. Desde el lunes por la tarde, los Mossos d'Esquadra comenzaron a tratar el fenómeno como si se tratase de un dispositivo antiterrorista.

Con ese marco de acción acudieron al Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO) para eliminar los grupos de las aplicaciones de WhatsApp y Telegram, que consiguieron casi en su totalidad, aunque en ambas plataformas siguió habiendo chats privados sobre el tema.

La misma noche del sábado hubo más de un centenar de detenciones, todas en caliente, pero fue durante la siguiente semana cuando tanto los Mossos como la Policía Nacional y la Guardia Civil fuera de Catalunya practicaron los arrestos fruto de la investigación. Uno de los principales ocurrió en Picanya, València, al que se le atribuye ser el líder de la coordinación. Según la información policial, este cabecilla estuvo en París antes de organizar en España saqueos desde su teléfono con número turco.

En ese contexto, el principal objetivo del Govern y el Ajuntament era que la noche de Halloween no volviese a haber imágenes de robos ni destrozos urbanos. Para ello prepararon un despliegue que las propias autoridades reconocen que no podría repetirse cada fin de semana. “Hacía falta enviar un mensaje”, aseguró la consellera de Interior, Núria Parlon.

De vuelta a los grupos que congregan a cientos de participantes del fenómeno, los inútiles intentos de volver a encender la llama de los disturbios el pasado sábado pasaron rápidamente a la decepción. “Queríamos demostrar lo que somos capaces de hacer, la gente de España… lo que sabemos es dar pena”, se lamentaba uno de los usuarios. “Literal”, respondía otro, “y show. De gratis”, añadía.

El autodesprecio se apoderó del grupo el sábado por la noche, según sus participantes fueron comprendiendo que no volvería a haber disturbios, al menos no ese fin de semana. “Somos los payasos del país”, indicaba uno.

“Hermano, sois todos unos achantaos, aquí no ha venido nadie. Ya veréis la prensa y el país se van a reír de todos nosotros por un día ir de duros y ahora por cuatro furgones de poli más os cagáis”, refería otro. “Sí, sí, primo”, asentía un segundo, “vaya tontos, yo to motivado llego allá pensando que se iba a prender y no fueron ni cinco personas”.

Los mensajes siguieron este cariz durante prácticamente toda la noche. Algunos despistados iban entrando a preguntar si había pasado algo, a lo que los propios participantes respondían con mensajes jocosos.

La injerencia extranjera ha sido una de las principales hipótesis detrás de las convocatorias. Lo extraño y desconectado de la realidad local de los primeros carteles, unido al interés que pueden tener países extranjeros en desestabilizar las instituciones españolas en plena precampaña, dibujaba la línea de puntos idónea para pensar que las llamadas a protestar no eran espontáneas.

Sin embargo, la amplísima mayoría de los participantes, tanto el primer sábado como el segundo, cuando los disturbios se tornaron en identificaciones, no venían de destinos lejanos, sino que eran jóvenes catalanes. Preguntados por las razones que llevaban a chicos de instituto a ir a Barcelona para tratar de generar estas situaciones, los Mossos hablaron de “FOMO”, las siglas de Fear Of Missing Out, que es una expresión que indica el miedo de “perderse algo” que caracteriza a las generaciones más jóvenes.

Con todo, nadie sabe si después del fiasco del sábado el movimiento Blocus sigue activo. “¿Cuándo será la próxima manifestación”, preguntaba un participante del grupo ya en plena resaca del fracaso, el domingo a medio día. “No hay próxima si esta no ha hecho nada nadie”, aseguraba otro. A lo que un tercero resumía: “Nos hemos cagado”.