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No hay salidas individuales al malestar colectivo

Protestas en París el 31 de octubre de 2026
4 de noviembre de 2026 00:18 h

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El choque de trenes cerca de Urda, ha recrudecido una sensación que ya conocíamos. Nada es del todo seguro, lo que dábamos por sólido puede quebrarse sin aviso, vivimos expuestos a riesgos que no controlamos ni acabamos de entender. La capitalización de ese desasosiego va materializándose. Mientras el resto de las fuerzas políticas suspendía actos, Vox mantuvo su agenda y su líder atribuyó el desastre, antes de conocerse causa alguna, al «abandono, la ruina y la traición» que sufrían los españoles y ahora acusa directamente al gobierno de criminales. Sin dejar de insistir en que hay que exigir las responsabilidades que se deriven de ello, lo que me interesa aquí es poner de relieve la facilidad con que el miedo difuso se convierte en combustible político, y el tipo de política que ese combustible alimenta.

Hemos recurrido a la palabra fascismo para describir lo que tenemos delante, y sin duda hay rasgos compartidos, como son el culto a la autoridad, la construcción de enemigos internos o el desprecio por las mediaciones institucionales. Pero conviene fijarse también en lo que no coincide. El fascismo de los años treinta fue, ante todo, una máquina de encuadramiento. Organizaba a la juventud, el ocio obrero, el deporte, a las mujeres, a los excombatientes. Disolvía al individuo en una comunidad nacional imaginada, con una lógica excluyente y criminal, sí, pero lo hacía agregando, uniformando, poniendo a la gente a marchar junta. Era una respuesta colectiva, por odiosa que fuera, a la crisis del orden liberal.

La extrema derecha de hoy funciona de otro modo. Rodrigo Nunes, en su libro sobre el bolsonarismo, insistía en ello. No estamos ante la masa fundida con el líder, sino ante un individualismo radicalizado, una guerra hobbesiana de todos contra todos. Su propuesta no es reconstruir vínculos, sino legitimar la competencia descarnada por unos recursos que se perciben como cada vez más escasos. El mercado actúa como gran clasificador, distinguiendo entre ganadores y perdedores, y la culpa de perder es siempre de otro. Es decir, del migrante, del «okupa», de la feminista, del funcionario o del experto. Nunes, de hecho, lo califica de revuelta conformista. Una política que se presenta como antisistema ante gente que, en el fondo, no cree que el sistema pueda cambiar. Se reivindica el cabreo ante el malestar, pero no se aporta solución alguna. Una propuesta de demolición para quien ya no espera nada de la reconstrucción.

Y aquí la tecnología juega un papel relevante. Las plataformas que organizan buena parte de nuestra conversación pública están diseñadas para capturar atención individual. Cada uno recibe en su pantalla un flujo hecho a medida, que te ofrece lo que te gusta, refuerza lo que ya pensabas y te premia con lo que más te irrita. Se consume en soledad. Esa arquitectura encaja como un guante con una política que vive de la desconfianza y del agravio. No necesita encuadrar a nadie, le basta con que cada cual, desde su sofá y su miedo, sienta confirmada la intuición de que todo se hunde y de que nadie vendrá a salvarle. La sensación de que todo se hunde produce desesperación, y la desesperación es terreno abonado para el autoritarismo.

Por todo ello eso lo ocurrido en Brasil merece atención. La amenaza de un regreso del bolsonarismo tras la primera vuelta era muy real. Tres semanas después, Lula ganaba con cerca del 52% de los votos y más de diez millones de apoyos adicionales. Hubo muchas causas. La reacción de la juventud en las calles, la movilización de las periferias y del Nordeste, el cambio de tono de la propia campaña, la determinación de un Lula de ochenta años. Pero, como ya se ha dicho, lo más significativo por lo que tiene de contraintuitivo es la capacidad de André Janones y de su equipo de convertir un canal de WhatsApp, el «Ejército de Lula», en un dispositivo de acción colectiva. Empezó la segunda vuelta con unas 50.000 personas y la terminó con más de diez millones. No era un canal para recibir propaganda. Cada mensaje proponía una «misión» concreta. Y cada misión se explicaba. Por qué funcionaría, cómo operaba el algoritmo, qué efecto se buscaba. Después llegaba el resultado, visible y compartido, y con él la siguiente convocatoria.

Lo que se produjo ahí es, a mi juicio, una inversión de la lógica de las plataformas. Estas convierten a las personas en receptores aislados de estímulos seleccionados para ellas. El Ejército de Lula convirtió a esos mismos receptores en un sujeto colectivo capaz de alterar lo que el algoritmo seleccionaba. Sin bots ni desinformación, sino en base a coordinación, pedagogía y compromiso compartido. La atención, ese recurso que las plataformas explotan individuo a individuo, fue disputada colectivamente. Y algo más. Mucha gente que sentía miedo y no sabía qué hacer, más allá de votar, encontró una forma accesible de contribuir. El miedo o el rechazo se convirtió en capacidad de actuar.

Hay quien ya habla de una nueva estrategia tecnológica para describir esta experiencia, relacionando sobre todo su eficacia con la férrea dirección centralizada. La dirección estratégica fue clave, pero su fuerza procedía de algo previo y más profundo. Se extendió a partir de redes, militancias, afectos y memorias que ya existían y que el canal supo activar. Sin ese tejido, sin esa comunidad política, la mejor técnica puede acabar siendo puro marketing. Y el riesgo de confundir la eficacia de una campaña con la construcción de una alternativa es grande.

Puede haber la tentación de trasladar mecánicamente el modelo. Pero conviene actuar con cautela. España no es Brasil, ni lo son su ecosistema mediático o sus formas de participación. Pero, en cambio, la pregunta de fondo sí nos concierne. Si la extrema derecha prospera sobre la disgregación, es decir, sobre la soledad, la precariedad, la sensación de que cada uno debe arreglárselas como pueda, la respuesta no puede consistir solo en mejores argumentos o mejores datos. Hace falta reconstruir la capacidad de actuar juntos. Y eso pasa por generar vínculos, espacios de encuentro y también de fricción, lugares donde la diferencia no se elimine con un clic sino que se trabaje. Al estilo de lo que han hecho en Serbia los estudiantes consiguiendo una victoria electoral desde la más pura autoorganización. Lo común no es un consenso cómodo, es el aprendizaje compartido de que solo juntos podemos con aquello que nos supera.

La tragedia ferroviaria admite dos lecturas. Como prueba de que todo está podrido y de que no queda nada que defender, que es lo que propone quien vive de la desconfianza. O como recordatorio de que las infraestructuras públicas, los servicios de emergencia, los hospitales que atendieron a los heridos, el trabajo anónimo de tantas personas, son precisamente aquello que nos protege y que hay que cuidar, financiar y gobernar mejor. La primera lectura alimenta el sálvese quien pueda. La segunda exige rendición de cuentas, pero afirma a la vez que la seguridad es una construcción colectiva. Frente a la lógica individualizadora del algoritmo y del mercado, la tarea es devolver a la gente la experiencia de que su acción cuenta porque se suma a la de otros. No hay salida individual al colapso. Y esa, quizás, es la mejor noticia que podemos transmitir.

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