Laura Spinney, escritora: “Las lenguas que hablan la gran mayoría de europeos fueron difundidas por inmigrantes”
Se dice que en el lenguaje de un pueblo es donde se concentra su esencia, su forma única de ser y su visión del mundo. En cada palabra heredada, en cada expresión que sobrevive al paso del tiempo, se filtran maneras de entender la vida, de nombrar lo cotidiano y de relacionarse con lo que les rodea. Por eso, escuchar cómo habla una comunidad es, en cierto modo, una forma de leer su historia sin necesidad de abrir un libro.
Pero, ¿cómo reinterpretar esta realidad si pensamos que la mayoría de las lenguas que hablamos y que se hablan en nuestros países vecinos tienen un origen común? Veamos un ejemplo. El concepto que en español actual nombramos como 'padre', era 'pater' en latín, pero también en griego. Eso nos puede sorprender poco, siendo que hay un camino directo entre esas lenguas y la nuestra.
¿Qué dirían si nos fijamos también en el parecido de 'padre' con el 'father' inglés, el persa 'pedar' e incluso al sánscrito 'pita'? Suenan sorprendentemente parecidos. Ya en el siglo XIV, Dante se dio cuenta de que algo conectaba a muchas de las lenguas con las que él había estado en contacto. No obstante, en la Edad Media esa idea era profundamente herética, ya que imperaba el relato bíblico en el que todos los idiomas se habían creado por castigo divino tras el incidente de la Torre de Babel.
Poco a poco, sin embargo, el relato más científico fue imponiéndose al religioso, y fueron surgiendo voces que abogaban por la existencia de un ancestro común, probablemente ya desaparecido, de muchas de las lenguas occidentales. Con el tiempo, a ese antepasado lingüístico común se le llamó protoindoeuropeo y se estima que más de 400 lenguas de nuestro presente derivan directamente de él.
Desde el español al rumano, pasando por el ruso, el eslovaco, el gaélico, el lituano, el albanés o el bengalí, todos partieron de una lengua común que se supone que se habló hace nada menos que 5.000 años en las estepas al norte del mar Negro por un grupo de hablantes que no dejó textos ni inscripciones de ningún tipo, pero cuyo rastro persiste hoy en día.
En su nuevo libro, Lengua madre (Crítica, 2026), la prestigiosa periodista y escritora Laura Spinney recopila todo lo que se conoce hasta el día de hoy de ese ancestro común en una investigación que cruza lingüística, arqueología y genética.
Spinney, conocida por su anterior obra, El jinete pálido, publicada por la misma editorial en 2022 y dedicada a la gripe española, vuelve a mirar al pasado para entender el presente, esta vez a través de las palabras que usamos sin pensar de dónde vienen.
¿Por qué es importante investigar hoy una lengua que no existe hace milenios?
Creo que es importante entender la relación entre las diferentes lenguas, el hecho de que los idiomas nunca están quietos, sino que siempre están cambiando, y que ese es nuestro futuro, así como nuestro pasado.
Al explorar el camino del protoindoeuropeo podemos entender algo sobre la naturaleza misma del lenguaje, así como sobre lo unidos que estamos todos, no solo lingüísticamente, como muestra la historia de esta familia de lenguas, sino también cultural y genéticamente. No es que esas tres cosas necesariamente se correspondan una a una, por supuesto. Pero todas están interconectadas. Y aunque mi libro es la historia de una sola familia de lenguas, hay otras como la sinotibetana o la urálica, es una familia muy grande, probablemente la más grande, dependiendo de si la mides por hablantes o por extensión geográfica. Las lenguas que se hablan hoy en cada una de esas familias han cambiado enormemente con el tiempo, han convergido, divergido, se han fragmentado... Pero nunca se han quedado quietas.
Eso es fascinante desde un punto de vista científico, histórico y humano, pero también un poco político, porque los instintos conservadores que quieren proteger las lenguas en nuestras sociedades están, en cierto sentido, librando una batalla perdida. Una lengua que no evoluciona es una lengua que está muriendo. Eso es lo que nos enseña esta historia y, por lo tanto, deberíamos celebrar el hecho de que nuestras lenguas siempre estén cambiando.
En Lengua madre menciona que hay mucho desacuerdo entre expertos en lo relacionado con el protoindoeuropeo. ¿Le interesaba también mostrar ese conflicto?
Me interesaba informar sobre el estado de las cosas. La historia de esta lengua indoeuropea y todos sus descendientes vivos es algo a lo que solo podemos acceder indirectamente porque se hablaba hace unos 5.000 años y, por lo tanto, nunca se escribió. En otras palabras, estamos hablando de un lenguaje que estamos bastante seguros de que existió, pero no podemos demostrarlo. Desapareció hace unos 4.000 años la única forma en que podemos acceder a él es intentar entender quién lo hablaba y el resto de su historia combinando tres ciencias diferentes.
Una es la lingüística, a través de la cual podemos reconstruir esa lengua muerta partiendo de sus descendientes vivos. La otra es la arqueología, que nos cuenta cómo se movían las personas y las ideas que la hablaban. Y por último está la genética, que nos permite rastrear a estas personas y a sus descendientes.
Gracias a estas tres ciencias podemos seguir a esas personas a través del tiempo y el espacio, mientras que antes era imposible. Solo hace unos 20 años que hemos podido analizar ADN antiguo, y eso ha abierto mucho el estudio de la prehistoria.
Una lengua que no evoluciona es una lengua que está muriendo
¿Cuáles son las teorías sobre la enorme expansión que alcanzó el protoindoeuropeo?
Bueno, en pocas palabras, las primeras personas que lo hablaron creemos que pertenecían a una cultura arqueológica que los rusos llaman Yamnaya, y los ucranianos Yamna, que vivió en una amplia zona que hoy forma parte de Ucrania y Rusia. Eran nómadas que se movían por la estepa con sus rebaños. Y sus descendientes también mantuvieron durante mucho tiempo esa forma de vida. Sabemos que tenían una gran capacidad paramoverse de un sitio a otro, por necesidad o porque las condiciones climáticas variaban.
Además, desarrollaron formas de vida muy adaptadas a un entorno muy duro. Fabricaban muchas de sus propias herramientas y también sus alimentos, a partir de productos lácteos. Además, fueron los primeros en utilizar carros como forma de transporte. Todo esto les permitió prosperar y expandirse. Y a medida que lo hacían, llevaron su idioma consigo, que se fue fragmentando con el paso de los siglos en distintos dialectos. Tuvieron éxito como pueblo y, por tanto, su lengua se expandió.
¿Fue una expansión pacífica, violenta o una mezcla de ambas?
Hay un gran debate al respecto. Hace unos diez años se tendía a pensar que fue violenta, con saqueos y genocidios. Ahora la visión es más compleja. Puede que hubiera violencia en algunos lugares, pero también hubo otros factores. Por ejemplo epidemias que afectaron más a las poblaciones agrícolas que vivían en los territorios a los que llegaban.
También existen factores sociales: estos grupos tenían formas de organización basadas en la hospitalidad, los banquetes y la narración de historias. Era su forma de mantenerse cohesionadas a pesar de viajar mucho. Eso pudo resultar atractivo para otros pueblos, que acabaron adoptando su lengua.
¿Qué nos dice esta historia sobre nuestro presente, en un momento en el que las migraciones vuelven a estar en el centro del debate?
El mensaje es que la migración siempre ha sido un motor del cambio lingüístico. La gente se mueve, lleva sus idiomas consigo, aprende otros, los mezcla... La migración es una forma de impulsar el cambio lingüístico de manera general. Eso está ocurriendo también hoy en día. La gente siempre se ha movido buscando nuevos pastos. Aunque ahora hay otros factores en juego, como la escritura o la tecnología, que influyen en la evolución de las lenguas. Pero el lenguaje sigue cambiando y no se detendrá. Y si se detiene, corre el riesgo de desaparecer.
Después de escribir este libro, ¿ha cambiado su forma de escuchar o de usar el lenguaje?
No, no creo que la forma en la que uso el lenguaje haya cambiado, pero siempre me ha fascinado la innovación lingüística. Me fascina, por ejemplo, que uno de los grupos sociales que más hacen evolucionar el idioma sean las chicas adolescentes, según un estudio; o que la Reina Isabel I de Inglaterra fuera una de las personas que más ha hecho evolucionar el idioma inglés a lo largo de su historia. Por ejemplo, contribuyó a que se eliminara la doble negación y que se dijera you en lugar de ye. Hoy en día, los raperos constituyen una fuerza enorme para hacer evolucionar el inglés.
Si algo ha cambiado el libro es que ahora estoy más atenta a la naturaleza dinámica del lenguaje y a las conexiones entre las diferentes lenguas. El español está lleno de palabras árabes, por ejemplo, algunas de las cuales llegaron al inglés a través del español o a través del latín vulgar que fue el precursor de todas las lenguas romances. En gran parte a través de las redes comerciales que existían alrededor del Mediterráneo. Las lenguas pueden actuar como puentes entre sí y contienen mucha información sobre nuestro pasado.
Hoy en día, los raperos constituyen una fuerza enorme para hacer evolucionar el inglés.
Si tuviera que elegir una sola idea que le gustaría que se quedara el lector de Lengua madre, ¿cuál sería?
Creo que sería de nuevo esa idea de que la migración es el núcleo de esta historia, que las lenguas que hablan la gran mayoría de europeos, y casi la mitad de la humanidad, fueron difundidas por inmigrantes. Y también que el lenguaje es una cápsula del tiempo: muchas claves de nuestro pasado pueden recuperarse a partir de los idiomas actuales. Incluso cuando no existen registros escritos. Eso me parece una idea completamente alucinante.