ENTREVISTA
Llucia Ramis, escritora: “El inquilino, aunque todo le vaya bien, nunca pierde la sensación de que le pueden echar”
Todo el mundo recuerda donde estaba el 11 de septiembre de 2001. La escritora Llucia Ramis (Palma, 1977), por entonces joven periodista afincada en Barcelona, visitaba un piso de alquiler. “Agradecimos que no se presentara el agente, porque el lugar era bastante terrorífico”, rememora.
Su trayectoria vital, explica, está atravesada por los pisos que han sido su hogar, más de una decena, casi siempre de alquiler. En plena crisis de la vivienda en España, ha querido revisitarlos, saber quién los ocupa y qué huellas conservan de su paso, y plasmarlo en el ensayo Un metro cuadrado, ganador del Premio de No Ficción Libros del Asteroide y que estará disponible en catalán en la editorial Anagrama.
Ramis se remonta tres décadas atrás para constatar, a través de su precaria experiencia como inquilina, que la inestabilidad residencial ha marcado a más de una y dos generaciones en ciudades como Barcelona. Y que la resistencia a los precios desbocados, la gentrificación, el turismo y la especulación inmobiliaria lleva años moldeando la identidad de los vecinos, ya sea en la capital catalana o en Mallorca.
Dice que distingue sus recuerdos por las personas con las que ha salido, los trabajos que ha tenido… y los pisos en los que ha vivido. La vivienda pasa por delante de viajes, infancia o amigos. No es poco.
Tu casa es donde tienes tu vida. Tienes una relación con ese espacio cotidiano, de tu día a día, y eso genera unos recuerdos. Personas, espacios y trabajos son los tres pilares en torno a los que vivimos. Como yo he vivido en muchos sitios diferentes, he salido con mucha gente y he tenido muchos empleos, tengo muchas memorias. Como si hubiera tenido muchas vidas.
Una de las cosas que me motivó a escribir el libro es que nosotros recordamos los lugares, pero muchas veces nos preguntamos si los lugares se acuerdan de nosotros. ¿Queda algo de mí allí o no queda absolutamente nada? Eso sirve tanto para una casa como para un paisaje, como para un pueblo. Sabemos que el espacio te transforma a ti. Lo que no sabemos es si tú transformas el espacio.
Tras llamar a la puerta de una decena de sus antiguos pisos, ¿a qué conclusión llega? ¿Transformamos las casas por las que pasamos?
Yo creo que sí. Al final, las ciudades se hacen por la gente que pasa por ellas. Las personas dejan rastro. Y creo que en las casas también, por eso quería volver para ver quién vive y qué relación tienen con la casa. Hay sitios a los que ya no puedes volver, o bien porque han puesto un muro, como en la casa de mi familia [en Mallorca], o porque los han destruido. Cuando eso ocurre, cuando no tienes la posibilidad de regresar a un lugar, se crea un sentimiento de desamparo. No puedes evocar tus recuerdos, solo en fotografías. Me da miedo que las ciudades se estén volviendo cada vez más amnésicas.
¿Qué se ha encontrado en sus viejos hogares?
Sorpresas. Al menos en dos casos hay personas que conocía, lo que me hizo pensar primero que Barcelona es un pueblo, o que conozco a mucha gente. Pero al final es que nos movemos por los mismos ambientes, nos gustan las mismas cosas, y tenemos acceso a las mismas casas. Antes eran asequibles unos tipos de pisos que solían ser viejos, que no estaban bien cuidados, que eran baratos. Pero estas viviendas están en zonas que ahora están de moda, así que pierden el uso de vivienda y pasan a tener un uso de paso, y eso los encarece mucho.
Narra experiencias en las que todo inquilino se puede reconocer. Por ejemplo, la sensación de pérdida al tener que abandonar un piso que consideraba ideal.
Totalmente. Hay una cosa que muchas veces no tenemos en cuenta de los inquilinos: aunque te lleves muy bien con el propietario, aunque todo vaya bien, nunca pierdes el miedo a que venga un fondo de inversión y compre todo el bloque, o a que venga la hija del casero y lo recupere para ella. Si hubiese alternativas, no pasaría nada: te vas a otro lugar. El problema es cuando no las hay, porque todo se ha encarecido tanto que dices 'tengo que irme de esta casa, pero ya no solo de esta casa, también de este barrio; y no solo del barrio, a lo mejor de la ciudad'. Y en el caso de las islas, a lo mejor de la isla.
Esta sensación de que en cualquier momento, aunque todo vaya bien, te pueden echar, hace que el inquilino no se sienta nunca protegido. Y se supone que la casa es un lugar de refugio. No es solo una sensación de pérdida sentimental o emocional, es una inestabilidad constante. Además, asumiendo que tienes la seguridad de que no te echan, esto no impide que los precios se vayan encareciendo.
¿Cómo diría que afecta esa inestabilidad a los proyectos de vida?
Los condiciona completamente, por muchos motivos. Esa sensación de angustia, en mi caso, me ha hecho vivir con personas con las que no habría convivido nunca, porque no me quedaba más remedio; me ha hecho meter en mi casa novios con los que no habría cohabitado tan rápido, porque llevábamos dos meses y ya estábamos viviendo juntos, y a los cuatro meses ya estábamos hartos el uno del otro. Es como una especie de acelerador de relaciones.
Cuando llegué hace 30 años, venía de una clase media acomodada y pensaba que podría vivir en Barcelona, pero me encontré con una realidad distinta: trabajar muchísimo y aun así no tener seguridad. Esta precariedad que parecía provisional se ha convertido en permanente. La hemos normalizado. Todos mis libros, de hecho, van sobre cómo la precariedad afecta a todos los ámbitos y franjas de edad. Parece que afecta mucho a los jóvenes porque se incorporan al mercado de la vivienda, pero también lo hace a los de mi edad, que no pueden mantenerse.
Se debate mucho si existe una desigualdad generacional. También la hay entre quienes heredan o saben que heredarán, y quienes no.
Es que dos personas con el mismo salario pueden tener vidas completamente distintas dependiendo de si han tenido acceso a la vivienda o no. Son mundos radicalmente diferentes y que están condenados a no entenderse. Cuesta entender la angustia.
También pasa que cuando compartes un piso que te gusta mucho y es barato con una pareja o amigos. Cuando se rompe la relación, nadie quiere ser el que se marche.
Yo viví una lucha por un piso con unas compañeras. Y luego hay casos que para mí son dramáticos y que me darían pánico: dos personas que conviven con hipoteca y que se separan. ¿Cómo lo haces? Conozco gente que, aunque estén separados, y a pesar de tener una buena posición económica, siguen conviviendo porque no pueden permitirse otra cosa. Eso condiciona absolutamente todo. Y en el caso de los inquilinos, hay situaciones en las que uno duerme en el sofá y el otro en la habitación durante años. Esto da pánico.
Esa sensación de angustia, en mi caso me ha hecho vivir con personas con las que no habría convivido nunca, porque no me quedaba más remedio; me ha hecho meter en mi casa novios con los que no habría cohabitado
¿Cuál ha sido el momento más ridículo que ha experimentado como arrendataria?
Tenía un piso perfecto en el barrio de la Sagrera. Me encantaba. Pero como dejé a mi novio, me sentía tan culpable que le dije que se quedara él. Entonces hicieron una cena para ver el fútbol, y fui con unos amigos. Un invitado llegó con una chica que al entrar dijo “qué piso más chulo”. Mi ex le enseñó el piso, y era surrealista, porque yo estaba celosa, pero no de ella hacia él, sino de que quisiese mi piso. Otras veces había pensado que a los chicos no les gustaba yo, sino que les gustaba mi piso.
Otra experiencia de inquilino que relata es la de descubrir que todo casero, pequeño o grande, puede esconder un especulador.
[Ríe]. Vengo de Mallorca, donde se ha hecho dinero de la nada, y cuyo modelo Barcelona está repitiendo y está abocado al fracaso. No le puedes permitir a la gente hacer negocio con la vivienda, pero no querer que se hagan ricos con ella. O se lo permites, con todas sus consecuencias, o no. “¡Te puedes forrar, pero no te forres!”. No puedes pasar la responsabilidad de ser más o menos moral a la gente. Además, hay otra cosa que he descubierto con el libro, y es que hay personas que debido a la precariedad, acaban con mentalidad especuladora. Compran una vivienda, se hipotecan, le dedican mucho dinero y lo dividen en habitaciones para alquiler. Tienen la percepción de que es la única manera de ganar estabilidad. No creo que se pueda pasar la responsabilidad a esas personas.
Dos personas con el mismo salario pueden tener vidas completamente distintas dependiendo de si han tenido acceso a la vivienda o no
Ha vivido en Barcelona y en Palma, dos ciudades marcadas por la gentrificación. ¿Es de las que cree que debería existir el derecho a la ciudad? A poder vivir donde te has criado.
Sí. Esto se ve muy claro en una isla como Mallorca. Si no puedes vivir allí, ¿adónde vas? Si has nacido, crecido y trabajas en la isla, ¿qué haces? Debe existir ese derecho, porque somos la memoria de los lugares y es importante mantenerla. Los lugares en los que vivimos no pueden ser solo de paso. La historia se explica a través del tejido social y de nuestras relaciones. Es el derecho a mantener la ciudad con esa función, y no la de un gran hotel.
Regulación de alquileres, congelación de pisos turísticos, incentivos al arrendamiento… En su libro recoge también la visión de algunos expertos sobre las medidas de los últimos años para paliar la crisis de la vivienda. ¿Cree que han servido?
No. Es que es muy difícil. En el libro no hay soluciones, tampoco doy mi opinión. Muestro la complejidad del problema y pongo en valor el trabajo de periodistas e investigadores sobre el tema de la vivienda. No creo que haya voluntad política real de arreglarlo. Pasa igual con el turismo: mantenemos la idea de cuanto más mejor. Hasta que no entendamos que esto nos lleva hacia el abismo, no cambiará. Además, es muy difícil cambiar la manera de pensar de toda una sociedad a la que le has dicho que tiene que ser propietaria para ser feliz. Las administraciones siempre refuerzan este modelo basado en la propiedad, y deberían poner la vivienda en el centro, no la propiedad.
Como escritora, ¿cree que falta literatura que narre el conflicto de la vivienda?
Durante la crisis de 2008 pensé que nadie se acordaba de los inquilinos. Evidentemente, el desahucio de los hipotecados es un puto drama. Pero los inquilinos trabajan cada vez más para poder pagar el piso, y los salarios no se incrementan mientras los alquileres suben, y suben… Cada vez tienes más problemas para llegar a fin de mes, estás ahogado, sin ahorrar, no puedes pagar la entrada de un piso…
¿Y qué relación tienes con tu casa? Muchos inquilinos me dicen que no sienten que sea su casa. Esto me hace preguntar: ¿qué es nuestra casa? ¿La que decidimos nosotros que es nuestra casa o la que nos dejan que lo sea? Una casa es un lugar donde estás seguro. ¿Es posible hoy en día sentirse así en una ciudad o en un lugar turistificado? No lo sé. El sentimiento de identidad y el sentimiento de pertenencia están en un punto que me resultaba literariamente interesante de explorar.
Al final de 'Un metro cuadrado', explica que su periplo como inquilina acaba cuando se compra un piso.
Llega un punto en el que no puedo aguantar más la angustia. Cuando vivía en Verdi recibía cada vez más cartas de “compro piso en esta zona”, el bloque de enfrente fue comprado por un gran tenedor... No sabía si mi casero me querría renovar, los contratos entonces eran de tres años, y le pedí si tenía todavía opción de compra, pero me dijo que no. Estaba a punto de cumplir 40, y tenía miedo que no me diesen una hipoteca. Un día, por pura casualidad, vi un aviso que me gustó mucho. Lo primero que pensé es donde estaba la trampa. Pero no la había.