De migrante sin papeles a desarrolladora web de una gran empresa: “Me decían que sólo podría limpiar casas”

Sandra Vicente

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Mariana Moreno tenía una empresa de bisutería en un pueblo cercano a su Caracas natal, con la que se mantenía a ella y a su hijo de 10 años. Después de la muerte prematura de su marido, se convirtió en el único sustento de su familia, pero la empresa no soportó los embistes de la crisis económica que asoló Venezuela la década pasada. Por eso Mariana, como tantas otras personas, decidió emprender el camino de la migración.

Convertidas en programadoras en 12 semanas: mujeres que se reinventan para entrar en un sector dominado por hombres

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Llegó a Barcelona en enero de 2020, dos meses antes de que estallara la pandemia y, con ella, un confinamiento que la dejó encerrada en una habitación, sin permiso de trabajo y sin la posibilidad de encontrar un empleo. Los ahorros se iban agotando y, por eso, decidió aprovechar el tiempo libre y dedicarlo a los estudios. Hizo algunos cursos de diseño web para perseguir el sueño de convertirse en desarrolladora.

“Es algo que siempre quise hacer de joven, pero no pude porque tenía que trabajar y estudiar. El curso de desarrollo no se hacía por las noches, así que estudié gerencia”, explica, resignada. Cuando llegó a Barcelona, también tenía que trabajar, así que aparcó de nuevo ese sueño para conseguir un empleo precario en un comedor de escuela, que le llegaba justo para pagar la habitación donde vive de alquiler con su hijo.

Mientras, iba a Servicios Sociales, con la esperanza de encontrar algo mejor. Un día, su asistenta, sabedora de su pasión por la informática, la derivó a un curso de la entidad sin ánimo de lucro FactoríaF5, que ofrece formación gratuita a mujeres en situación de vulnerabilidad. “Tenía mucho miedo, porque hacer ese curso era una oportunidad, pero significaba dejar un trabajo que, aunque no servía de mucho, algo daba”, recuerda Mariana.

Finalmente lo aceptó y 15 días antes de acabar la formación ya tenía trabajo en Adevinta, una gran empresa de desarrollo web que asiste a diversas compañías españolas. “Fue genial, una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Aprendí diversos lenguajes de programación y sé mucho más de lo que me hubiera imaginado. Que fuera gratis, no significa que fuera un mal curso”, reivindica.

Mariana es una de las 25 mujeres que recibieron esta formación, que se enmarca en el proyecto BCN Fem Tech, un pacto de gobierno del Ayuntamiento de Barcelona que pretende, de la mano de la colaboración público privada, garantizar la equidad de género en el mundo de las nuevas tecnologías.

Menos de un 30% de mujeres

Las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) son un sector creciente en España. Según datos del INE, son responsables del 3,8% del PIB y en 2021 vivieron un crecimiento del 18,8% respecto al año anterior. Pero, a pesar de estas cifras, las TIC siguen siendo un mundo cerrado a las mujeres. Según el Ayuntamiento de Barcelona, sólo hay un 29% de ellas en el sector digital de la capital catalana. Así, sólo hay un 19,7% de especialistas TIC contratadas.

Es para limar esta brecha de género que el consistorio de la ciudad ha impulsado el BCN Fem Tech, financiado con un millón de euros. “Las mujeres tenemos que ocupar, al menos, el mismo espacio que los hombres en este sector. Y, para lograr eso, es imprescindible contar con el apoyo de las empresas”, ha declarado Laura Pérez, cuarta teniente de alcaldía y concejala del área de Derechos Sociales, Feminismos y LGTBI.

Por ello, además de apostar por la formación, el Ayuntamiento también ha impulsado el Gender Equality Tech Hub (GETHub), un pacto entre la administración pública y 32 empresas del Área Metropolitana de Barcelona (AMB) que se han comprometido a realizar un mínimo de tres acciones en clave de género durante este 2022.

Empresas como Allianz, PepsiCo, Nestle IT HUB o la Fundación Mobile World Capital Barcelona se implicarán en una mayor contratación de expertas. Pero también se han puesto sobre la mesa iniciativas para mejorar la situación de las trabajadoras que ya están en plantilla como la realización de una guía de comunicación no sexista, afianzar la posibilidad de teletrabajar durante el primer año de vida de sus hijos e hijas o garantizar la disponibilidad de productos de higiene femenina gratuitos.

Un mundo hostil para las mujeres

“Se trata de aumentar el talento femenino, pero también de entender la realidad de las mujeres”, asegura Patricia Fernández, miembro del equipo de AllWomenTech, una escuela tecnológica de mujeres para mujeres y coimpulsora del proyecto GETHub. Al tratarse de un mundo tan masculinizado, las nuevas tecnologías podrían ser hostiles para niñas y jóvenes que sientan atracción hacia este sector. Por eso, mujeres como Mariana se rindieron en un primer momento ante las dificultades.

“Cuando llegué aquí, me dijeron que como mujer y migrante lo que me tocaba era limpiar casas, que no podía pedir más. Y meterme al mundo de las tecnologías era algo que no se le pasaba por la cabeza a nadie”, recuerda Mariana. Ella reconoce que sin la ayuda de su asistenta social y del programa del Ayuntamiento no habría pensado jamás en insistir y perseguir su vocación.

“Esta experiencia me ha cambiado la vida y me ha enseñado que no importa qué te digan ni de dónde vengas. Que puedes ser lo que quieras ser”, dice, orgullosa. Asegura que esa es una lección valiosísima que se esmera en transmitir a su hijo: “Me lo llevé a la graduación del curso, porque cuando llegamos lo pasamos muy mal. Pero quiero enseñarle que de todo se sale, que no hay un camino marcado para nadie”.

Mariana ha pasado de no tener nada y mirar cada día su cuenta de ahorros, calculando cuándo tendría suficiente como para volver a Venezuela, a poder visualizar un futuro en Barcelona. Sigue viviendo en su habitación alquilada, porque la experiencia le ha enseñado a no dar nada por sentado. “Pero ahora que ya no dependo de Servicios Sociales, ya puedo soñar con alquilar una casa”, asegura, pletórica, justo antes de volver a sumergirse en el código que está desarrollando.  

Mariana Moreno tenía una empresa de bisutería en un pueblo cercano a su Caracas natal, con la que se mantenía a ella y a su hijo de 10 años. Después de la muerte prematura de su marido, se convirtió en el único sustento de su familia, pero la empresa no soportó los embistes de la crisis económica que asoló Venezuela la década pasada. Por eso Mariana, como tantas otras personas, decidió emprender el camino de la migración.

Convertidas en programadoras en 12 semanas: mujeres que se reinventan para entrar en un sector dominado por hombres

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Llegó a Barcelona en enero de 2020, dos meses antes de que estallara la pandemia y, con ella, un confinamiento que la dejó encerrada en una habitación, sin permiso de trabajo y sin la posibilidad de encontrar un empleo. Los ahorros se iban agotando y, por eso, decidió aprovechar el tiempo libre y dedicarlo a los estudios. Hizo algunos cursos de diseño web para perseguir el sueño de convertirse en desarrolladora.

“Es algo que siempre quise hacer de joven, pero no pude porque tenía que trabajar y estudiar. El curso de desarrollo no se hacía por las noches, así que estudié gerencia”, explica, resignada. Cuando llegó a Barcelona, también tenía que trabajar, así que aparcó de nuevo ese sueño para conseguir un empleo precario en un comedor de escuela, que le llegaba justo para pagar la habitación donde vive de alquiler con su hijo.

Mientras, iba a Servicios Sociales, con la esperanza de encontrar algo mejor. Un día, su asistenta, sabedora de su pasión por la informática, la derivó a un curso de la entidad sin ánimo de lucro FactoríaF5, que ofrece formación gratuita a mujeres en situación de vulnerabilidad. “Tenía mucho miedo, porque hacer ese curso era una oportunidad, pero significaba dejar un trabajo que, aunque no servía de mucho, algo daba”, recuerda Mariana.

Finalmente lo aceptó y 15 días antes de acabar la formación ya tenía trabajo en Adevinta, una gran empresa de desarrollo web que asiste a diversas compañías españolas. “Fue genial, una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Aprendí diversos lenguajes de programación y sé mucho más de lo que me hubiera imaginado. Que fuera gratis, no significa que fuera un mal curso”, reivindica.

Mariana es una de las 25 mujeres que recibieron esta formación, que se enmarca en el proyecto BCN Fem Tech, un pacto de gobierno del Ayuntamiento de Barcelona que pretende, de la mano de la colaboración público privada, garantizar la equidad de género en el mundo de las nuevas tecnologías.

Menos de un 30% de mujeres

Las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) son un sector creciente en España. Según datos del INE, son responsables del 3,8% del PIB y en 2021 vivieron un crecimiento del 18,8% respecto al año anterior. Pero, a pesar de estas cifras, las TIC siguen siendo un mundo cerrado a las mujeres. Según el Ayuntamiento de Barcelona, sólo hay un 29% de ellas en el sector digital de la capital catalana. Así, sólo hay un 19,7% de especialistas TIC contratadas.

Es para limar esta brecha de género que el consistorio de la ciudad ha impulsado el BCN Fem Tech, financiado con un millón de euros. “Las mujeres tenemos que ocupar, al menos, el mismo espacio que los hombres en este sector. Y, para lograr eso, es imprescindible contar con el apoyo de las empresas”, ha declarado Laura Pérez, cuarta teniente de alcaldía y concejala del área de Derechos Sociales, Feminismos y LGTBI.

Por ello, además de apostar por la formación, el Ayuntamiento también ha impulsado el Gender Equality Tech Hub (GETHub), un pacto entre la administración pública y 32 empresas del Área Metropolitana de Barcelona (AMB) que se han comprometido a realizar un mínimo de tres acciones en clave de género durante este 2022.

Empresas como Allianz, PepsiCo, Nestle IT HUB o la Fundación Mobile World Capital Barcelona se implicarán en una mayor contratación de expertas. Pero también se han puesto sobre la mesa iniciativas para mejorar la situación de las trabajadoras que ya están en plantilla como la realización de una guía de comunicación no sexista, afianzar la posibilidad de teletrabajar durante el primer año de vida de sus hijos e hijas o garantizar la disponibilidad de productos de higiene femenina gratuitos.

Un mundo hostil para las mujeres

“Se trata de aumentar el talento femenino, pero también de entender la realidad de las mujeres”, asegura Patricia Fernández, miembro del equipo de AllWomenTech, una escuela tecnológica de mujeres para mujeres y coimpulsora del proyecto GETHub. Al tratarse de un mundo tan masculinizado, las nuevas tecnologías podrían ser hostiles para niñas y jóvenes que sientan atracción hacia este sector. Por eso, mujeres como Mariana se rindieron en un primer momento ante las dificultades.

“Cuando llegué aquí, me dijeron que como mujer y migrante lo que me tocaba era limpiar casas, que no podía pedir más. Y meterme al mundo de las tecnologías era algo que no se le pasaba por la cabeza a nadie”, recuerda Mariana. Ella reconoce que sin la ayuda de su asistenta social y del programa del Ayuntamiento no habría pensado jamás en insistir y perseguir su vocación.

“Esta experiencia me ha cambiado la vida y me ha enseñado que no importa qué te digan ni de dónde vengas. Que puedes ser lo que quieras ser”, dice, orgullosa. Asegura que esa es una lección valiosísima que se esmera en transmitir a su hijo: “Me lo llevé a la graduación del curso, porque cuando llegamos lo pasamos muy mal. Pero quiero enseñarle que de todo se sale, que no hay un camino marcado para nadie”.

Mariana ha pasado de no tener nada y mirar cada día su cuenta de ahorros, calculando cuándo tendría suficiente como para volver a Venezuela, a poder visualizar un futuro en Barcelona. Sigue viviendo en su habitación alquilada, porque la experiencia le ha enseñado a no dar nada por sentado. “Pero ahora que ya no dependo de Servicios Sociales, ya puedo soñar con alquilar una casa”, asegura, pletórica, justo antes de volver a sumergirse en el código que está desarrollando.  

Mariana Moreno tenía una empresa de bisutería en un pueblo cercano a su Caracas natal, con la que se mantenía a ella y a su hijo de 10 años. Después de la muerte prematura de su marido, se convirtió en el único sustento de su familia, pero la empresa no soportó los embistes de la crisis económica que asoló Venezuela la década pasada. Por eso Mariana, como tantas otras personas, decidió emprender el camino de la migración.

Convertidas en programadoras en 12 semanas: mujeres que se reinventan para entrar en un sector dominado por hombres

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Llegó a Barcelona en enero de 2020, dos meses antes de que estallara la pandemia y, con ella, un confinamiento que la dejó encerrada en una habitación, sin permiso de trabajo y sin la posibilidad de encontrar un empleo. Los ahorros se iban agotando y, por eso, decidió aprovechar el tiempo libre y dedicarlo a los estudios. Hizo algunos cursos de diseño web para perseguir el sueño de convertirse en desarrolladora.