En plena crisis de los misiles de Cuba, el presidente estadounidense John F. Kennedy recurrió al libro Los cañones de agosto, un recopilatorio de errores de cálculo de los dirigentes y líderes políticos que desencadenaron la Primera Guerra Mundial. Según el mismo presidente contó a su hermano en una misiva, tenía miedo de que su papel en esos días de tensión pudiera derivar en un enfrentamiento nuclear con Rusia. Así que usó ese libro para aprender de los errores del pasado y “encontrar un camino para la paz”.
Con esta anécdota empieza Roman Krznaric (Sídney, 1971) su libro Historia para el mañana. Mirar al pasado para caminar hacia el futuro (Capitán Swing, 2025). El filósofo australiano se ha pasado décadas estudiando hechos, revoluciones y cambios sociales clave en la historia de la humanidad, cosa que -asegura- le ha convertido en una persona “con esperanza”. Se dice a menudo que todo está inventado y, siguiendo esa máxima, Krznaric apunta a que las soluciones a las crisis que nos acechan hoy (desde la climática a la económica) ya las ideó alguien en el pasado.
Desde las formas de democracia radical en poblados africanos hasta el modelo de economía regenerativa que desarrolló Japón en el siglo XVIII, pasando por el inesperado vínculo entre las sufragistas y los campesinos británicos que -de manera indirecta- acabaron contribuyendo a la abolición de la esclavitud. Todos estos ejemplos son una manera de “superar el derrotismo, aunque las posibilidades de éxito sean pocas, sabemos que hay alternativas”, asegura.
Leí la anécdota de Kennedy justo el día después de que Trump secuestrara Maduro e interviniera Venezuela. No pude evitar hacer paralelismos. ¿Qué cree que debería aprender Trump de la historia?
Lo que Trump hizo en Venezuela es coherente con el colonialismo que Estados Unidos ha llevado a cabo en Latinoamérica. Nos lleva a la invasión de Haití en 1994 o la de Panamá en 1989. También al apoyo a la violencia militar en El Salvador, Guatemala y Honduras. Así que, de alguna manera, está siguiendo la estela de su propia historia. Es cierto que Trump es distinto a cualquier presidente norteamericano anterior, pero el papel de Estados Unidos en la zona siempre ha sido complicado.
La cuestión es que siempre ha habido oposición a los movimientos americanos en la región. Así que la pregunta para Trump es ¿Por qué? ¿Vale la pena? Y yo creo que él diría que sí porque, en el fondo, él es antes un hombre de negocios que un presidente. Además, lo de Venezuela no es más que una distracción a la crisis económica que tiene en casa. Casi siempre es esa la respuesta cuando un país realiza una intervención militar en otro.
Quizás debería plantearle la pregunta diferente: ¿Por qué no ha aprendido el pueblo de la historia para evitar que volviera a ser presidente de los Estados Unidos?
Es que hay diferencias. Su primer mandato fue un blitzkrieg, pero aprendió mucho durante los años fuera del poder. Por eso es tan difícil estar preparado para lo que está haciendo. Y pararlo ahora es complicado porque hay mucho miedo en Estados Unidos. Hay gente que querría oponerse a su mandato, pero que está aterrorizada por el ICE y la sociedad vigilante que ha creado. Pero sí creo que hay más oposición de la que parece. Y siempre hay que tener fe en los movimientos sociales. Están esperando y están listos.
¿Para derrocar a un presidente como Donald Trump?
En el libro hablo de la Tríada de la Disrupción, que es un modelo de cambio triangular que dice que, para una transformación disruptiva, necesitas tres cosas: una crisis -sea del tipo que sea-, ideas alternativas y movimientos sociales que amplifiquen la crisis. Y Estados Unidos tiene esas tres cosas. Sé que será muy difícil derrocarle, pero no pierdo la fe.
Llevamos encadenando crisis desde antes del inicio de siglo, hemos tenido movimientos sociales e ideas. ¿Por qué no se ha dado todavía ese cambio disruptivo?
Creo que es un problema de tempos. Déjame dar dos ejemplos: cuando cayó el muro de Berlín en 1989, hubo esos tres factores. Una crisis de liderazgo en el gobierno de Alemania del Este, las ideas -viejas ideas- sobre la libertad estaban volviendo a florecer, y tenías a los movimientos sociales en Leipzig, primero, y luego en Berlín. Esas tres cosas pasaron a la vez. Ya había movimientos, crisis e ideas antes de 1989, pero nunca habían confluido las tres cosas juntas.
Luego tenemos la crisis económica de 2008, que desgastó a muchísimos gobiernos. Y apareció el movimiento Occupy, que se extendió a más de 800 ciudades en sólo dos meses. Pero lo que no había eran buenas ideas para reemplazar el sistema capitalista, así que nos quedamos igual que empezamos. Y ahora nos pasa lo mismo. Llevamos en crisis desde hace más de 25 años, sí, pero creo que no hemos tenido la crisis correcta en el momento correcto.
Es normal que pensemos que es imposible, como lo pensaron quienes se opusieron al colonialismo en India. Pero lucharon como si creyeran que podían derrocar al régimen
En España tenemos un dicho: Cuanto peor, mejor. ¿Algo así?
No exactamente. Se trata de esperar y estar listo. Por eso siempre me dirijo a los activistas y les digo que es normal que pensemos que es imposible, como lo pensaron aquellas personas que se opusieron contra el colonialismo en India. Pero lucharon como si creyeran que podían derrocar al régimen.
La principal diferencia entre el Berlín de 1989 y el movimiento Occupy en 2008 es que el segundo luchaba contra una crisis global en un sistema global. Muchas de las lecciones históricas que aparecen en su libro son muy inspiradoras, pero resolvieron crisis locales. ¿Cree que nos podrían servir en el contexto actual?
Es una observación importante, porque es cierto que la mayoría de movimientos de los que hablo actuaban dentro de las fronteras de una sola nación, pero creo que estamos aprendiendo a movilizarnos globalmente. Piensa en Fridays for Future, en Black Lives Matters o en el mismo Occupy. Pero es cierto que nos va a llevar tiempo adaptarnos, porque no se trata de cambiar un gobierno, sino todo un sistema.
Por eso creo que es importante que tengamos en mente alternativas que nos pueda enseñar la historia. Es verdad que la economía regenerativa que desarrolló Japón en el siglo XVII ahora no es posible, pero sí tenemos más de 100 ciudades en el mundo, desde Ámsterdam hasta Cali, que están intentando dejar atrás la idea del crecimiento económico. Quizás no lleguen a nada y, dentro de 100 años, cuando miremos atrás, solo fueran una flor en el desierto. Pero quizás sí sean el principio de algo.
Es usted muy optimista.
No, no lo soy. Hay una diferencia entre el optimismo y la esperanza. El primero nos hace ver el vaso medio lleno y nos dice que todo irá bien, aunque no haya pruebas. No puedo ser optimista cuando estaos en medio de una crisis climática y tecnológica autodestructiva y tenemos el menor número de democracias de los últimos 30 años.
Lo que sí tengo es esperanza, porque estoy comprometido con unos valores que me dicen que, aunque las posibilidades de éxito son muy pocas, hay que seguir luchando. Y hay muchos ejemplos en la historia que me ayudan a mantener esa esperanza de que el cambio es posible.
Dice que una de las claves es que los movimientos sociales agraven las crisis. Por eso, realza las virtudes de las acciones radicales y pone como ejemplo las acciones en museos de Extinction Rebellion, que son llamativas, pero inocuas. En cambio, las acciones radicales de la extrema derecha pueden dar verdadero miedo. ¿Puede la izquierda ganar en ese juego?
Si miramos a la historia, no hay ningún motivo por el que la derecha no pueda tomar mucha más ventaja de estos momentos de crisis que la izquierda. La derecha y sus acciones generan miedo, que es una emoción muy efectiva para movilizar a la gente que se siente insegura, particularmente en momentos de incertidumbre económica.
Y eso se nota mucho en las redes sociales. A la derecha se le da mucho mejor movilizar a la gente y amplificar su mensaje. Pero hay alternativas: mira la elección de Mamdani como alcalde de Nueva York. Le requirió una gran campaña de redes, pero también salir a la calle y mirar a los ojos a la gente para que vieran a un migrante que no da miedo, que siempre sonríe. Es un ejemplo de que la izquierda todavía puede movilizar a la gente.
¿Cree que uno de los motivos que dificultan el cambio es que nos faltan más buenas noticias que generen esperanza?
Es exactamente eso, por eso escribí el libro, para decirle a la gente que, si miras atrás, en el ayer siempre hallaremos ejemplos de esperanza para este mundo en crisis.
Pero son de hace siglos…
Ya, pero nunca conduces un coche sin mirar al retrovisor. Y creo que no estamos mirándolo suficiente, estamos demasiado atrapados en el momento actual.
No quiero decir que la historia sea lo único que importe, ojalá hubiera más ejemplos actuales, pero creo que mirar atrás y ver que hubo gente que consiguió triunfar es una inyección de esperanza
Pero, si miras demasiado al retrovisor, podrías tener un accidente.
Correcto, pero sólo si únicamente miramos hacia atrás y si idealizamos el pasado. Creo que es importante recordarle a la gente que hay una larga tradición de movimientos disruptivos que tuvieron éxito. Y que están todos están interconectados. Por ejemplo, hace poco estuve con uno de los fundadores de Extinction Rebellion y llevaba una chapa de las mujeres sufragistas de 1900. Y me dijo que todos los movimientos sociales están relacionados.
No quiero decir que la historia sea lo único que importe, ojalá hubiera más ejemplos actuales, pero creo que mirar atrás y ver que hubo gente que consiguió triunfar es una inyección de esperanza. Se trata, no de dar soluciones perfectas, porque cada momento de la historia es distinto, sino de abrir la imaginación y permitirnos mirar por la ventana y saber que el mundo no tiene por qué ser así. Esto no es inevitable. La democracia no tiene por qué ser así, podemos hacer que la IA se regule mejor y nuestras economías pueden dejar atrás la obsesión por el crecimiento.
Habla de cambiar la economía y la democracia… ¿Cómo se hace eso? ¿Es de los que cree que los cambios pequeños pueden suponer una gran diferencia?
Tengo sentimientos contradictorios sobre eso. Los cambios sociales requieren tiempo y están hechos de diversos cambios pequeños. Pero luego hay oportunidades que no se pueden controlar, como las guerras o las pandemias.
Decía antes que para que se dieran cambios, se necesita la crisis adecuada. ¿No fue la pandemia la crisis adecuada?
Sí y no. Mucha gente pensó que lo era, pero el problema fue cómo los gobiernos enfrentaron la crisis. La idea era volver a la normalidad, a lo de antes. A poder comprar de nuevo. La solución fue continuar con el modelo neoliberal, no buscar una alternativa.
Y, por otro lado, la crisis interrumpió el auge de los movimientos sociales. Fridays for Future estaba creciendo mucho pero, de repente, todo se paró. Y eso es algo que se nota todavía hoy. Pero volverán, porque la movilización social es algo que siempre fluctúa y nuestros jóvenes volverán a organizarse.
Es muy difícil saber la magnitud cuando estás viviendo la historia en directo. Adam Smith no pudo ver que la Revolución Industrial estaba pasando justo en sus narices
¿Qué cree que se diría de la pandemia si alguien escribiera un libro como el suyo dentro de un siglo?
No lo sé. Es posible que si la comparan con otras pandemias como la peste negra o la muerte púrpura, se pregunten por qué la COVID no trajo cambios más significativos. Seguramente, los historiadores del futuro lleguen a conclusiones obvias, como que el modelo neoliberal era demasiado fuerte, aunque estuviera ya tocado de muerte.
Pero quién sabe. Creo que algo muy interesante es que es muy difícil saber la magnitud de lo que está pasando cuando estás viviendo la historia en directo. Eso le pasó nada más y nada menos que a Adam Smith, que no pudo ver que la Revolución Industrial estaba pasando justo en sus narices. ¿No es increíble? Por eso guardo esperanza, quizás lo que hoy nos parece insignificante es, en realidad, la semilla de un gran cambio. Seguramente nunca lo sabremos.
A veces, parece que la historia sea patrimonio de la derecha, que usa la nostalgia para reivindicar dictaduras y regímenes represivos. ¿Qué le parece esta instrumentalización del que es su campo de estudio?
Terrible, pero lógico. Es lo que hace Trump con el lema MAGA [hagamos América grande de nuevo, según sus siglas en inglés]. No habla de otra grandeza que de la época de los años 50, que se ha romantizado mucho. Pero hay que tener claro que la historia se romantiza e instrumentaliza igual que la economía o cualquier otra fuente de datos.
De todos los ejemplos de cambio que nos da la historia y que usted recoge en su libro, ¿Cuál es el que le parece más esperanzador?
Creo que me quedo con cualquiera que nos enseñe que el mundo no tiene que ser así, que el cambio es posible. Estos tesoros del pasado alimentan nuestra imaginación. Por eso creo que la historia aplicada debería ser enseñada en las escuelas porque necesitamos esperanza para lo que vendrá.