OPINIÓN
Un consejo que te ayudará con tu (desastrosa) vida amorosa
Se está programando muy buen teatro en la ciudad. Y eso que la gestión de María José Mora no está libre de críticas —las más fundadas, desde la asociación de actores y actrices valencianos profesionales—. Ayudas que llegan tarde o no llegan, plazos que se dilatan: eso es una jodienda y espero que le den la guerra que tienen que darle. Pero habrá que afrontar que la calidad artística de lo que se ofrece es fundamental. Cuidar y proteger el entramado artístico local, cómo no. Sin embargo, se me atraganta que se critique la programación de teatro clásico en la escena pública de València. Sobre todo, después del páramo que vivimos durante las legislaturas del Botànic, cuando debieron de pensar que traer a la Compañía Nacional de Teatro Clásico era poco menos que levantar el brazo derecho, cantar el cara al sol.
Especialmente durante la última legislatura, había que ir a otras capitales de provincia o a Madrid para ver algún clásico de una cierta altura. No era eso, precisamente, lo que hacía Lorca con la Barraca cuando se llevaba a Lope y Calderón (adaptados, con lenguajes escénicos de vanguardia) a lugares remotos. Difundir el patrimonio cultural también es servicio público, amigos. Pero no solo eso: lo que algunos parecen echar de menos no daba tanto de sí. A nivel experiencia de usuario, me refiero.
Durante tres otoños estuvo viniendo una colega, directora teatral francesa, a pasar un mes en València. Lleva treinta años viviendo del teatro, allá. Aquí, no se perdía nada que echaran en las salas, sobre todo las públicas, pero comentaba que el teatro que había visto en nuestra ciudad era profundamente conservador. Con la carga trágica que tiene esta palabra si hablamos de artes escénicas. Incluso el teatro local olía muchas veces a subvencionado, decía. No que no debiera estarlo (pues mucho más lo está en su país), sino que parecía teatro de pobres en el sentido creativo. Esos años, el TEM hizo un buen papel, aunque ahora parecen un tanto desnortados.
Así que como espectadora celebro el estupendo teatro que estoy viendo últimamente, sobre todo en el Rialto. Me alegran por igual las compañías valencianas y nacionales. Si me estremeció La fortaleza, de Lucía Carballal, desde que comenzó 2026 he visto un par de obras reseñables en esa sala: primero, a una enorme compañía valenciana hacer un montaje sobre los cuidados (Canviarem bolquers segons el BOE). De esta producción de Contrahecho diré que así sí, que para abordar temas sociales se ha de abandonar el púlpito imaginario y la arenga grave, darle la vuelta. Como en este caso, para que, a partir de un espectáculo voluntariamente absurdo y despeluchao, nos preguntemos qué haremos cuando nos toque cuidar a nuestros mayores o si nos lo podremos permitir. A 50 euros la noche de hospital, pagados en negro a una mujer sin cara, de voz aguda. El diablo está en esos detalles.
Y luego hay palabras (y temáticas) que funcionan siempre. Atraviesan el espacio con más solvencia las palabras cortas y verdaderas, que decía Churchill. [Siempre el miedo a que sea de nuevo una cita apócrifa de Churchill, pero no, no en esta ocasión, en que nos referimos a su arenga a los británicos de 1940: “blood, toil, tears and sweat”]. Palabras como sangre, como guerra. Como amor, claro. De qué va a hablar el arte, sino de la materia humana una y mil veces. Y que viva el teatro que nos anima a ser como Senegal en la Copa África, a plantar batalla. Contra quién, cada uno sabe, pero dar guerra. Hay que ser tan enorme como María Velasco, cuya obra se representó este fin de semana, para que tu personaje grite “qué pasa si soy mediocre, pero mis sentimientos no”. O, también, que uno va hacia el amor sabiendo que va a perder, pero que el miedo estrecha la vida. La protagonista se puso a departir sobre sus problemas sentimentales con el Ecce homo de Borja, el de la señora Cecilia. Él le contestaba y no era solo ironía posmoderna: lo que daríamos por tener a un Cristo hablando en plan “amiga, date cuenta”.
Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos es una metáfora sencilla pero potente: cuando llega, el amor es tan raro como un avistamiento. Así de marciano. La obra se abría con Starman, de Bowie, sonando a todo trapo. No había muerto Bowie desde que había registros. Por lo menos fue así hasta enero de 2016, hace diez años. Y entonces, llegó la muerte y tuvo sus ojos, sus ojos alienígenas de dos colores. También es cierto que fundes una sala a negro, pones a Cohen o a cualquiera que esté en la memoria colectiva (hace poco, en otra pieza, fue Palabras para Julia) y se emociona todo hijo de vecino. Que es lo que queremos del teatro. Que nos emocione. Que la AAPV pelee lo suyo, que el IVC programe y produzca espectáculos de compañías valencianas, que contraten actores valencianos y les paguen a tiempo. Pero yo lo quiero todo, cuando voy al teatro.
Si necesitan un consejo que les ayude con su desastrosa vida amorosa, vayan al teatro. Pero a un teatro que nos trate como a público inteligente, por favor
Los próximos tres meses se vienen con una programación atractiva en València, pública y privada. Vayamos a la sala Russafa, al espai Inestable, a la sala l’Horta, al teatro Círculo. Y a las salas públicas. Que no es tan caro. Y además calienta el alma. Traigan a artistas valencianos que están llenando salas en Madrid y háganles la promoción, que a veces tenemos complejitos, aquí. Y si necesitan un consejo que les ayude con su desastrosa vida amorosa, vayan al teatro. Pero a un teatro que nos trate como a público inteligente, por favor.