A Osiris se la sopla
El verano empezó mal. Mientras subían las temperaturas hasta el punto de ebullición de los sesos, en el solar de al lado de casa se pusieron a hacer obras. Por aquello de los golpes de calor iniciaban la jornada a las siete de la mañana, y todos los días, a aquella hora, te despertaba el pip-pip con el que camiones, excavadoras y apisonadoras indican que van marcha atrás. Justo cuando el cuerpo se enfría y te invade una agradable somnolencia mañanera, el párpado, una vez alertado, se negaba a relajarse de nuevo, así que te levantabas, y te ponías a observar resignadamente por la ventana la actividad en el descampado. Poco a poco me acostumbré a esa rutina, y mi expectación se centró en la posición del WC portátil que llevaban de aquí para allá dependiendo de dónde tocaba ese día aplanar, cavar o rellenar. Era fácil de distinguir. Había repartidos por el recinto varios toldos que los obreros iban cambiando de sitio para tener algo de sombra, y el más lujoso de ellos era para el cagadero. Lo tenían debajo de una lujosa jaima, una de esas carpas que se utilizan en los guateques, y no era difícil adivinar la razón. Seguro que, a pleno sol, el interior de aquel sepulcro alcanzaba la temperatura a la que se cuecen los huevos, sean del animal que sean. Si no estabas seguro de poder evacuar con diligencia, mejor no meterse allí dentro.
Por suerte, uno dormía razonablemente bien gracias al aire acondicionado, aunque siempre que lo encendía sentía mala conciencia pensando en aquellos que no pueden permitírselo. Ya no sé muy bien qué hacer con mi ineficiente conciencia social, pero de vez en cuando todavía se activa con detalles como este. En los tiempos que corren, cualquier habitación, por modesta que sea, se convierte en un búnker si está climatizada. El problema es que puedes llegar a creer que así estás a salvo del apocalipsis, que formas parte de esa élite a la que se la sopla todo porque ellos jamás pisan la calle y solo sudan en el gimnasio, en presencia de su coach particular y con abundante provisión de Gatorade bien fresco. Y no. Un día tu split de mierda dejará de funcionar y no tendrás dinero para comprar otro. O la corriente se irá y tu habitación se convertirá en una réplica del retrete que está ahí afuera, bajo la jaima, mientras que esos que tienen un buen generador en la mansión o una central nuclear entera, como Microsoft en Three Mile Island, seguirán viendo series en su cine particular con la rebequita puesta, al menos durante un tiempo. Tú ni siquiera podrás meter la cabeza en la nevera, aunque tal vez sí en el horno. No lo veremos venir, porque últimamente vemos solo lo que queremos ver, y eso nadie quiere verlo.
Y justo entonces llega un símbolo de esta ceguera universal, el eclipse. Recuerdo lo mucho que me impresionó en su momento la película Faraón (Jerzy Kawalerowicz, 1966). En ella se muestra cómo el estamento sacerdotal, poseedor exclusivo del conocimiento astronómico, a fin de frustrar una insurrección popular hace creer a las masas indocumentadas que el eclipse es una manifestación airada de Osiris. La vi en los setenta en la pantalla del cine Xerea, tan pequeña e inapropiada para el cinemascope y tan llena de rarezas estimulantes. Era cuando vivíamos a oscuras, cultural y políticamente hablando. Estábamos convencidos de que la información es poder y que, por tanto, había que arrebatarles el monopolio a los que la acaparaban para mantenernos en la ignorancia. Ciertamente el monopolio ya no lo tienen, y la información y su contraparte, la desinformación, circulan abundantes por la infoesfera, pero ahora el poder radica en el control de su distribución, en conseguir que hagamos clic donde conviene mientras luchamos para no ahogarnos en un océano de noticias que no somos capaces de procesar adecuadamente. Y en esas, unos queriendo y otros sin querer, convirtieron un eclipse en un elefantiásico espectáculo mediático. No fue una manipulación premeditada, no fue ninguna conspiración, fue la dinámica incontrolada del sistema, de acuerdo. Pero eso no impidió que, a ojos de muchos, se convirtiera en la metáfora perfecta de los oscurecimientos premeditados que se están produciendo a todas horas en el ecosistema informativo. Si antes se trataba de que los eclipses nos pillaran desprevenidos, ahora se trata de tenernos excitados como unos niños la noche de reyes. El hecho de que el fenómeno culminara entre vítores y aplausos confirma su carácter de producción escénica. Hace tiempo que los fenómenos naturales y todo cuanto ocurre fuera de nuestra tecnificada burbuja antrópica nos parece una representación, como si solo fuéramos espectadores y no parte orgánica del mundo. Y, aunque ha cambiado de ropajes, la mística sigue ahí. Se creó una expectación histérica que desplazó nuestra atención hacia el sol como si se tratara de la hostia consagrada en plena elevación. El eclipse como misa, como una misa negra. Todos mirando en la oscuridad hacia un prodigioso sol opaco sin acertar a ver el mago, ese que posee la capacidad de extraer, procesar y difundir datos masivamente, y de hacerlo antes que cualquier otro para que su punto de vista se interponga entre los hechos y el receptor de la información. Si no tienes ese poder, si no puedes abrirte paso a través de la cada vez más espesa red neuronal del planeta, poco importa conocer la verdad y poseer sus claves, lo guapo que seas o a cuántos asesinaron ayer en Palestina.
En resumen, que uno ve cómo va transformándose sin remedio en Oblómov, aquel virtuoso de la desidia imaginado por Iván Goncharov que se pasó la vida yendo de la cama al plato y del plato a la cama. Uno pensaba que el paréntesis veraniego serviría para eso que se llama recargar las pilas, para llenar el zurrón con nuevas ideas, y resulta que no. De lo único que le dan a uno ganas es de hablar de un retrete con jaima, y sospecho que lo mismo que me quita a mí las ganas de escribir, le quita al lector las ganas de leer. Todo empuja al abandono. Que Osiris se cabree si quiere y se lleve por delante todo lo que imaginamos alguna vez que podía ser esto —aunque si a alguien se la sopla todo es a él—. La naturaleza parece que quiera mantenernos alerta incrementando la frecuencia y magnitud de las catástrofes, pero la escala de lo que nos conmueve no hace más que aumentar, nuestra indiferencia crece más deprisa, y con nuestra indiferencia, nuestra insignificancia. Por su parte, los productos culturales, nuevos y viejos, ya no tienen el peso específico que tenían y han dejado de ser los factores de interrelación masiva que eran. Como mucho, «se comparten»—compartir, otra palabra arruinada, vaciada de sentido—, y, al final, cada uno consume, lee, mira o escucha lo que le dictan los algoritmos allí donde estos le acorralan, aislado, y lo hace con una voracidad bulímica que culmina en un fatal desinterés hacia todo lo visto y oído. El espacio virtual en el que ahora tratamos de movernos se asemeja cada vez más a esos grandes conglomerados urbanos del mundo físico, donde los habitantes viven separados unos de otros por unos grandes nudos de autopistas que aparentemente están hechos para conectarnos, pero que en la práctica son imposibles de cruzar o no llevan a ninguna parte, parecen hechos adrede para que te extravíes. Así que, ¿para qué salir de casa?