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ANÁLISIS

Escribir la memoria desde donde nadie mira: Albata

Como suele pasar con las cosas que sorprenden y emocionan, Muerte en Albata apareció sin yo buscarlo. El libro, que vio la luz en julio de 2025 de la mano de Alalimón Creaciones, llegó a mis manos cuatro meses después. No lo conocía. Admito que la inflación de productos memoriales hace prácticamente imposible estar al día de cada cosa que se pone en circulación, aunque lo intento. “Consumo” asiduamente creaciones que pivotan en torno a eso que, popularmente, se llama memoria histórica. Me interesa entender y analizar los procesos de construcción y transmisión de las memorias sobre nuestro pasado reciente. De ahí que mi amigo Miquel me hiciera llegar el libro de Jesús Espinós, a quien yo no conocía. 

Me llamó la atención la cubierta ilustrada y la encuadernación con cosido visto. Pero ni el título ni la paleta de color terrosa de su portada, me dieron ninguna pista sobre la trama. Más bien, el minimalismo atmosférico de sombras densas con una pareja a caballo sobre un paisaje panorámico —diseño de Estudi Grafema—, me recordó el imaginario popular del western. Ni rastro, a primera vista, de nada que me transportara a la II República española o a la dictadura franquista (y creo que lo agradecí).

Así que al llegar a casa aquel viernes por la tarde, me descalcé y sin quitarme siquiera la chaqueta, abrí el libro. Leí el capítulo inicial de pie en el salón. ¿Qué era aquello? ¿Un thriller rural? Ya en horizontal, en el sofá, leí sin pausa hasta que el hambre me hizo parar y dormir. El sábado, café en mano, retomé la lectura y con lápiz marqué y apunté notas en los márgenes —deformación profesional—. Me acabé la novela de corrido y escribí a Jesús para compartir impresiones.

El libro me había sorprendido y cautivado a partes iguales. A simple vista, nada era explícito y el tempo en esas 218 páginas presentaba una trama sin efectismos que a su inicio me recordaba la belleza sombría digna del noir mediterráneo: violencia, codicia y abusos de poder. Pero la trama pronto me precipitó en una historia en la que reconocí un mundo que era el mío, aunque yo no tenía ningún vínculo con esos personajes. O eso creía.

Albata es un nombre ficticio que solo existe como eco en la memoria del autor y como trasunto le inspira para narrar sucesos reales que ocurrieron en su familia. Con esa licencia nos cuenta lo que sucedió en Camporrobles, un pueblo del interior valenciano que, como dice el autor, “está arrullado por campos de cereales y custodiado por El Molón”. Así, desde un pueblo imaginario, nos llega una historia muy real que sobrecoge por su sencillez y su autenticidad.

No obstante, Muerte en Albata no es un libro de memorias, ni tampoco una novela al uso. Su autor no se dedica profesionalmente a la literatura, ni es producto del gran mercado editorial. El libro nos muestra, así, lo que significa escribir desde la periferia en su sentido más amplio y pone en el foco dos cuestiones relevantes: quién habla y desde dónde lo hace. Además, también nos recuerda algo que a menudo olvidamos: los márgenes también escriben y desde lo personal hacen memoria. Emociona el compromiso del autor en dejar por escrito lo que le contaba su abuela, las pesquisas que su madre inició y, sobre todo, el hacerlo con el convencimiento que la historia de su familia también sirve para contar un país. Ojalá todas nos sentáramos a escribir las enseñanzas, luchas y memorias que nos legaron nuestras mayores. 

Los márgenes también escriben y desde lo personal hacen memoria

Jesús Espinós nos ofrece un ejercicio de reparación simbólica que pone nombre y cara a personas que pasaron al ostracismo al ser expulsadas de la historia y de la memoria pública durante décadas: Mercedes Martínez Ruiz, Santiago Olmo Ruiz o Manuel Cañada Ibáñez. Quizás para la Academia y la investigación, sus nombres ya existían en listados, documentos y tesis doctorales. Pero sus vidas y sus historias no habían tenido eco social ni público en sus casas, ni en su pueblo, ni entre nosotras, como lo están teniendo ahora. 

El autor dedica esta novela a su familia y, en especial, a su madre, Encarna, y a su abuela, Carmen, de quienes ha heredado su rol de albacea de esos recuerdos y memorias. Ahí habita parte de la fuerza del libro: haber transformado una memoria familiar, transmitida entre generaciones, en un relato escrito y compartido. El libro muta, así, de microhistoria familiar en un ámbito local a artefacto memorial de primer orden. Registra una genealogía inmaterial de recuerdos, silencios y reivindicaciones que no es única de la familia de los protagonistas, sino que confluye con el conjunto de familias de personas represaliadas por el franquismo. Aquellas que crecieron conviviendo con ausencias, relatos fragmentados y silencios impuestos. Ahí reside la potencia del libro. La historia familiar trasciende lo íntimo y activa una poderosa dimensión empática: nos hace entender que los traumas por la violencia política en España, aun teniendo un peso en lo personal y familiar, son un trauma social y colectivo que atravesó generaciones y que afecta al conjunto de la comunidad de la que formamos parte.

Acierta sin pretensión ni boato, al mostrar la sencillez de lo cotidiano y la crudeza de la violencia. Transita el día a día de una familia que podría ser la nuestra, en un continuum temporal que nos hace viajar desde el siglo XIX a mediados del siglo XX, en un pueblo rural de España. Un entorno atravesado por la dureza de la vida campesina y las distintas formas exclusión que estructuraban la vida comunitaria y la violencia contra quienes se apartaban de la norma. Sin embargo, Espinós no espectaculariza el dolor y el drama, sino que sitúa el foco en las luchas personales, políticas y colectivas a través de los vínculos afectivos, la solidaridad y las formas cotidianas de resistencia que sobreviven incluso en contextos de violencia extrema.

Sin duda, el cataclismo que supuso el impacto del golpe de Estado y la guerra, así como la brutal represión como expresión superlativa de la victoria de Franco, jalonan la historia. Pero el libro no queda atrapado ahí. Su lectura completa —incluidas las notas finales y la huella documental— ayuda a entender cómo se heredan los silencios y cómo se combate la desmemoria impuesta durante décadas. Esa que ha engendrado generaciones de indiferencia y desconocimiento sobre nuestras propias genealogías personales y sociales. 

El autor comparte y ficciona sus memorias familiares sin pudor. Y lo hace con rigor en la contextualización histórica y con una descripción minuciosa de gestos y procesos que cualquier persona estudiosa de la represión franquista reconocerá de inmediato. Se agradece el esfuerzo concienzudo por documentarse y acudir a las fuentes primarias de la época y no caer en el cliché. 

La ética del buen etnógrafo

Conoce también de primera mano el lugar donde ocurrieron los hechos y eso se nota al leerlo. Además, como miembro de esa comunidad, destila un conocimiento profundo del lenguaje local, la cultura material tradicional y la toponimia. Todo ello aparece tratado con un respeto y detalle digno de la ética del buen etnógrafo, que muestra con el mantenimiento del vocabulario local entre los personajes y la ‘talega de palabros’ que anexa al final del texto para lectores neófitos o alóctonos al hablar comarcal.

También destaca de esta novela que no parece fabricada y que nace lejos del escaparate y del foco mediático. En ocasiones, lo mejor en productos memoriales nos puede llegar desde esos márgenes que pretenden dar valor y escribir sobre los nuestros sin pretensión de fama. Porque la memoria histórica necesita menos pose y más productos con autenticidad, ética y rigor. Publicaciones, proyectos y exposiciones que no se limiten a la búsqueda constante de la atención mediática y la mercantilización del trauma. Así que, más allá de su dimensión literaria, este libro plantea una cuestión de fondo: cómo se transmiten —o se silencian— las memorias familiares y colectivas, y qué ocurre cuando esas memorias encuentran finalmente un espacio de narración y transmisión pública. 

La memoria histórica necesita menos pose y más productos con autenticidad, ética y rigor

Si van a leer este libro, les sugiero que no lo hojeen antes de empezar ni consulten los anexos finales hasta terminarlo. Déjense sorprender, sin prejuicios, por un autor independiente, sin pretensiones de notoriedad, y por un libro amateur. Háganse preguntas y piensen si en su familia o en su círculo más íntimo no advierten personajes que podrían haber formado parte de esta novela o haber tenido la suya propia. Quizás ahí reside la verdadera potencia de libros como Muerte en Albata: en devolvernos la conciencia de que historia y memoria nunca estuvieron tan lejos de nosotros como nos hicieron creer.