Se comenta por ahí
Me cruzo con un vecino que se dirige, algo somnoliento, a no sé dónde, y le comento en el ascensor, qué piensa al respecto. Entonces se despabila. Me cruzo también con el conserje, que limpia con la mopa el portal, y le comento de pasada, como sin venir a cuento pero aprovechando que hace un receso y se pasa un pañuelo por la frente, qué piensa sobre eso. En la panadería de la esquina - donde he entrado a comprar un cruasán- escucho a dos personas que comentan y se les une, terciando, la dependienta: ahora yo solo escucho, soy un observador pasivo, como mantenía Guy de Maupassant que hay que serlo para poder luego escribir, pero sé qué comentan. Están en ello. En una oficina bancaria, me doy de bruces, al intentar reintegrarme unos billetes del cajero automático, con un antiguo amigo; charlamos, pero enseguida le voy a comentar pero él se me adelanta, me interrumpe, y es él quien me comenta, me lo comenta. Todo el día he seguido oyendo de lejos y de cerca comentarios. Todo el día se podría sustanciar en un solo macrocomentario en torno a lo mismo. Es el mismo comentario. Un comentario tautológico, podríamos sugerir. Que si en el trabajo, que en el garaje, que al tomar un capuchino en una cafetería del centro. En una librería (cliente y vendedor, yo escuchaba agazapado tras un volumen de E. F. Benson), en el supermercado, lo he comentado también con el taxista que me llevaba a coger el AVE. No ha dejado de rajar con su comentario. ¿Lo comentaba también el runrún de la radio? En el tren he continuado captando el hilo de comentarios, dos señoras detrás de mí, un joven comentando por el móvil y un tipo que monologaba con otro, quien afirmaba con movimientos de cabeza. El comentario es genérico, cómo es posible que eso ocurra. ¿Cómo?
Hoy, los comentarios entre los que me he visto alcanzado, igual que en una enorme telaraña, iban más allá de las telarañas habituales que minuto a minuto nos entrampa a diario la coyuntura política y judicial de este bendito país. Son comentarios que, la verdad, cada año por estas fechas, coincidente con la declaración de la renta, se reciclan, varían un ápice, aparecen en la prensa, y la ciudadanía, la auténtica, la que curra y se las ve en crudo para llegar a final de mes y abonar el alquiler de la vivienda, agita la esperanza de que la cosa, esa cosa (lo que se comenta), desaparezca finalmente, deje de ser noticia vergonzosa, ya que es una auténtica vergüenza.
¿Qué comentarios son? Imposible no haber desencriptado a estas alturas, si alguien ha resistido hasta este tramo del texto, el enigma. Es muy fácil. Hablo de los morosos con la Hacienda Pública, esos listos de la lista, hablo de esos 5.853 morosos, sean empresas o personas físicas, y la deuda que arrastran y que nos afecta a todos de 15.432 millones de euros. Gente del postureo social, desde exfutbolistas y exbanqueros, tonadilleras, actrices, presentadores de televisión, gente que se pasea por las publicaciones de papel cuché y por los medios y conducen coches de alta gama y lucen hogares de lujo, hablo de morosos crónicos que viven sin importarles en qué día del mes están. Ellos, y son tantos que no caben en estas apenas seiscientas palabras de la columna, son los únicos que no comentan absolutamente nada de nada sobre el tema, para qué. Me viene al dedo una de las novelas de Concha Alós, que leí hace un millón de años pero cuya cita conserva su vigencia: “Somos enanos rodeados de enanos, y los gigantes se esconden para reírse”. Adivinen quiénes son los enanos y quiénes los gigantes que se desternillan, aunque estos ya no se esconden.