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Sin educación, política en huelga

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Triunfan algunos con eslóganes vacíos y frases grandilocuentes. La mayoría vendiendo productos antisistema que son en realidad perpetuadores de vicios y soluciones trampa. Detrás del clásico “todos los políticos son iguales” y el repetido “es por la herencia recibida” se esconde la falta o el exceso de voluntad. La política valenciana de mayo de 2026 no es una encuesta cocinada por los de casa para autoseñalarse como el mejor candidato, todavía a un año de las elecciones. Tampoco lo es pedir congresos ordinarios o extraordinarios. Todo eso, y casi todo lo que les ocupa, es únicamente su agenda. La de los demás, incluso la de quienes no se dan cuenta, está muy lejos de allí. Está en un colegio o en un instituto. Y de camino, por supuesto, está en el parlamento valenciano. Ese que habla entre poco y nada de educación. Y que se ocupa menos de lo justo de asuntos tan importantes como la dana que ha marcado la legislatura.

Estamos en los estertores de la comisión parlamentaria que se suponía que iba a investigar lo que ocurrió con aquellas lluvias y sus consecuencias que nos cambiaron la vida a algunos. A otros, no. Porque hay a quienes, como el alcohol y las drogas, el agua solo reforzó y mostró lo que llevan dentro. Y ahora, con las calles secas pero con el recuerdo vivo en las mentes decentes, sigue desnudando gente. Igual que la jueza pregunta a la fiscalía qué diligencias hacen que, en su criterio, esté investigando a Mazón, cabría preguntarle a Pérez Llorca qué ha cambiado desde que no gobierna su amigo o Francisco Camps. Porque desgraciadamente lo que han hecho con la comisión de la dana se parece demasiado a lo que pasó con la del metro. Se asemeja tanto como recordaba el trato del último ex president a las asociaciones de víctimas de la Dana a la que dio el ahora reivindicativo aspirante a las de julio de 2006. Entonces el PP no necesitaba cómplice porque tenía mayoría parlamentaria y mediática. Ahora, Vox es la muleta para burlarse de los fallecidos. Nada nuevo, porque muchos son los mismos con diferentes siglas. Y los recién llegados, los más jóvenes, han utilizado la tragedia para recaudar en beneficio propio. Cierran una comisión de investigación sobre una gran tragedia como hicieron entonces, sin las comparecencias más necesarias. No hemos podido escuchar a la mayoría de los que era obligatorio que hablaran, porque los partidos mayoritarios se lo han impedido. Ellos son más de acosadores mentirosos, de esos que se manchan antes de los directos. De los que pueden contar con escenario oficial para sus performances. Falta saber si serán capaces de redactar unas conclusiones vergonzosas o se lo encargarán a una empresa, dentro de sus líneas de incapacidad y/o interés privatizador.

Esa es la política parlamentaria que tenemos hoy. El resto, son fuegos de artificio, la mayoría para disfrute de los amigos, como los que los contemplan mientras se autoadjudican una VPP. Y fuera de les Corts, tampoco la política son vallas publicitarias con anuncios que no se materializarán. Son los insultos y las mentiras con los que se gestiona la educación pública. La consellera no fue a clase de valores o de matemáticas. Por eso se permite hacer cálculos tan hinchados como irreales para desviar la atención sobre las reivindicaciones de los docentes mientras dan dinero público a centros que segregan por sexo.

Porque la educación pública no suele morir entre grandes discursos ni decretos solemnes. Muere poco a poco, como mueren las cosas importantes en política: entre excusas, burocracia y gente mirando hacia otro lado. Un día aceptas aulas masificadas porque “no hay recursos”. Otro, profesores agotados porque “siempre se han quejado”. Y cuando quieres darte cuenta, enseñar ya consiste más en resistir que en educar. Mientras tanto, en Les Corts siguen atrapados en esa mezcla de bronca de bar y marketing cutre con la que intentan gobernarlo todo. Hablan de libertad mientras convierten la igualdad de oportunidades en una competición amañada desde la cuna.

Lo más obsceno es que todavía intenten disfrazarlo de gestión. Porque no hay gestión posible cuando se financian centros sostenidos sobre la segregación mientras faltan docentes y sobran barracones. No hay modernidad en una administración que responde a las reivindicaciones educativas con propaganda y cálculos inflados. Y no hay nada más viejo que la desigualdad. Y eso cada vez arraiga más, entre prioridades mal entendidas. Por eso la huelga educativa incomoda tanto. Porque recuerda que la escuela pública sigue siendo el principal lugar donde se evidencia qué sociedad se quiere construir. Agrandar las cifras o escudarse en el pasado al final de la legislatura es mentir y eludir responsabilidades. Nada es más importante que darle a los que vienen herramientas para vivir.

Creen que pueden trocear la realidad en titulares, comisiones falsas y campañas de propaganda. Pero la misma política que convierte una tragedia como la dana en un paripé parlamentario es la que degrada la educación pública mientras habla de libertad. La que desprecia a las víctimas mientras protege a los responsables es la que llama privilegio a exigir aulas dignas. En el fondo se trata de lo mismo: de quién merece ser escuchado, quién merece oportunidades y quién puede quedarse atrás sin que moleste demasiado. Por eso el

problema no son solo Mazón, Vox o una consellera incapaz de distinguir entre gestionar y provocar. El problema es una forma de hacer política que ya ni siquiera intenta disimular que gobierna para unos pocos mientras pide resignación al resto. La huelga educativa no es sectorial. En el espíritu de la convocatoria hay una reivindicación social que trasciende a las aulas. Porque, claro, la educación es política. Es gestión de la vida, la de todos los días. La que no se puede parar en una encuesta o en una valla. La que quiere avanzar hacia la igualdad y, por qué no, hacia la excelencia como patrimonio de todos.