Muy españoles y mucho españoles

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Al principio de la década de los 70 del siglo pasado, cuando yo tenía 9 o 10 años y el franquismo con Franco se aproximaba a su fin, a nuestro barrio de la periferia, rodeado de huerta y calles sin asfaltar, llegaban con el verano los emigrantes españoles que, huyendo de la pobreza y la falta de oportunidades para salir de ella, habían emprendido el camino de la emigración a Alemania, Suiza, Bélgica o Francia como principales destinos. Llegaban con coches que aquí nunca habíamos visto, que aquí no se vendían o no se podían comprar por los padres de quienes teníamos la oportunidad de admirarlos con cierta envidia y asombro; les acompañaban sus hijas e hijos, algunos de los cuales de mi misma edad habían nacido ya en el extranjero y exhibían un acento que proclamaba su bilingüismo, su libertad, su modernidad y su riqueza. Como ser español no se elige, sino que te toca en suerte, pensábamos que eran mucho más afortunados aquellos que con el mismo mérito, es decir ninguno, eran nacionales de esos países a los que nuestros compatriotas habían decidido emigrar una década antes. ¡Y no digamos ya si nos comparábamos con los suecos, otro mundo! En efecto, “España era diferente”, como rezaba un eslogan turístico, y a los de aquí nos lo parecía porque era mucho peor.

Apenas unos pocos años después, pero toda una vida para quien pasa de los 9 a los 13 años, murió el dictador en la cama y con tanto miedo como ilusión, según pertenecieses a la generación que vivió la guerra o a aquella que estrenaba su juventud, comenzó lo que ha pasado a la historia como La Transición Española y que ahora, medio siglo después, es acusada por algunos como responsable de todos nuestros males presentes. Ella, con elevadas dosis de generosidad, sacrificio y dolor, pero con no menos esperanza, nos trajo la democracia porque la vergüenza de vivir en un régimen dictatorial, en una España atrasada, sin libertades y apartada de Europa ocupaba también la conciencia y el ánimo de buena parte de los hijos del Régimen que copaban las universidades. Por mi parte, con conciencia de socialista desde los 12 años y destinado a la condición de obrero, no podía entender como UCD ganaba una tras otra todas las elecciones generales. Pero ser español era el compromiso -o mejor aún, el encanto que precedió al Desencanto“- por hacer, por fin, una España mejor.

El 23 de febrero de 1981, unos españoles contrarios al comunismo, al separatismo, al ateísmo, pero también a la libertad, la democracia y la ciencia, privilegiados por la dictadura cada cual según su categoría, “como es de ley”, sin importarles lo más mínimo la opinión de sus compatriotas asaltaron por las armas El Congreso de los Diputados. Me pilló con 18 años, siendo oficial de tercera y con una huelga convocada en la fábrica para el día siguiente por la negociación del convenio colectivo. En su bando, el teniente general Milans del Bosch decretó, entre otras muchas, la prohibición de las huelgas y la consideración de autores del delito de sedición a aquellos trabajadores que no acudiesen al trabajo. Todo ello inflamado por apelaciones patrióticas, por una única y excluyente manera de ser muy y mucho español que consiste en privarnos de nuestros derechos a todos los demás. 

Y llegaron al Congreso de los Diputados Felipe González y Alfonso Guerra con 200 más el año siguiente, mientras uno hacía la Mili y no podía compartir en casa la alegría desbordada de mi Yaya que veía recuperar con ellos un tiempo feliz truncado por 40 años, ni celebrar con mis padres mi hermana y mi hermano esa larga noche de recuento de votos hasta la madrugada en la que comenzaba un tiempo nuevo, el que anunciaban con su brillante oratoria Felipe y Alfonso en esos mítines a los que acudíamos en familia. Y nada fue como lo soñado porque los sueños se llevan mal con lo cotidiano, pero fuimos como esos países a los que emigraban antes tantos españoles acuciados por el hambre acarreando sus pobres maletas de cartón. Y transformamos y modernizamos nuestras infraestructuras, nuestros pueblos y ciudades, nos integramos plenamente en Europa, aumentamos nuestra esperanza de vida y la cualificación de nuestros niños y jóvenes, aprendimos idiomas y nos hicimos ciudadanos del mundo que viajan por el mundo, tanto y tan lejos como lejos queda el modo en que aquellos españoles se vieron obligados a hacerlo.

En julio de 1988, al acabar el turno de mañana salí con mis amigos Javier Julián y Vicente Ochoa para Villard de Lans, allí nos esperaba el tour de Francia y un Perico Delgado vestido de amarillo que disputaba una cronoescalada decisiva, la que finalmente ganó frente al gran favorito local Jean François Bernard. Su éxito deportivo se llevó los complejos que arrastrábamos desde niños por haber tenido la suerte de nacer en España y fue allí a 2000 metros de altura donde sentimos el orgullo de ser españoles sin otro mérito que el de compartir nacionalidad con el héroe segoviano. Después vinieron los juegos olímpicos de Barcelona, sus 24 medallas y su epítome Fermin Cacho, y muchos y muchos éxitos deportivos más hasta lograr recientemente la segunda estrella de la roja.

Son multitud las españolas y españoles que han destacado en las más diversas áreas del saber y del hacer, sin que por ello, por compartir el azar de la nacionalidad nos haga a los demás mejores, es a ellas y a ellos a quienes corresponde el elogio; pero si ahora son tantos cuando antes eran tan pocos será en parte porque entre todos hemos hecho una España de oportunidades, una España democrática, libre y con derechos. Imperfecta, pero mucho, muchísimo mejor.

En esta breve semblanza sobre mi españolidad y mucha españolidad decir solo dos cosas más: Una con pesar, y es que de los tres referentes que me han acompañado desde tan lejos en lo ideológico, lo deportivo y lo cultural, solo me queda este último, Joan Manuel Serrat. Los otros dos que han aparecido en estas letras me han abandonado. La segunda, que no llevo bandera contra los españoles que es como la usan los que la suelen llevar en la muñeca o en el cuello del perro, como un desafío de su españolidad excluyente y terriblemente, cada vez más, como una amenaza.