Gamberrismo facha

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Rojo, mentiroso, golpista, traidor... hijo de puta. La escalada verbal tiene en la derecha extrema una inductora y en la extrema derecha una perpetradora entusiasta. Dicho de otro modo, cuando la derecha convencional se pone extrema da suelta a los impulsos gamberros de la ultraderecha, que apenas necesita excusas para practicar el insulto, la provocación y la agresión verbal sin restricción alguna. Hace apenas cuatro años, el entonces líder del PP, Pablo Casado, rociaba en sede parlamentaria al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con toda una lluvia de epítetos: “Incapaz, incompetente, mediocre, mentiroso compulsivo, traidor, felón...”. En la nueva investidura del líder socialista, hace solo unas semanas, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, soltó aquel exabrupto del que no quiso apearse después: “¡Hijo de puta!”. Como vemos, va mejorando el nivel.

Sin embargo, no es una deriva tan reciente como podríamos pensar y empieza, de hecho, a parecer una corriente de fondo de esta faceta actual de la sociedad. En un artículo titulado Gamberrismo verbal publicado en La Vanguardia, Llàtzer Moix se quejaba del tono “desabrido, tabernario, un amontonamiento de sentencias condenatorias, carentes de argumentación” de una emisora antigubernamental que el taxista que le había recogido en Madrid tenía sintonizada y le obligaba a escuchar. Era el año 2007 y el objeto de tales diatribas no resultaba ser otro que el entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero. “Diríase que toda la sociedad, también sus altas instancias, está desaprendiendo las normas básicas de convivencia, abocadas al colapso. La situación es preocupante. Y nadie se atreve a asegurar que no irá a peor”, reflexionaba el periodista catalán, que concluía: “¿Asistiremos impasibles a esta escalada? ¿O sería ya hora de actuar contra estos gamberros de palabra como se actúa contra los gamberros de obra?”.

Nadie ha desescalado la inflamación verbal en la derecha española, ni ha mostrado reflejo alguno de moderación. Al contrario, en un ambiente de descalificación permanente del adversario, campan los ultras que se sienten felices cuando pueden molestar u ofender. Tomo tres ejemplos de estos días, a modo de cata, solo del ámbito valenciano. En Alaquàs, un concejal de Vox, durante un pleno, aseguró comprender que un conocido suyo llamase “puta y zorra” a su mujer, ya que con el tiempo “comprendió por qué”. Se debatía una declaración sobre las mujeres víctimas de violencia machista. En el Ayuntamiento de Montcada, también en un pleno en el que esta vez se discutía una moción contra la ley de amnistía que el PSOE ha llevado al Congreso, una concejala de Vox hizo con la mano el gesto ostensible de disparar a otra edil socialista que, en ese momento, estaba en el uso de la palabra. En la Ciudad de la Justicia de València, el letrado de un ultra de España 2000 juzgado por un supuesto delito de odio, que habría cometido al reclamar medidas de aislamiento de los homosexuales por la viruela del mono, se lamentaba de que “bujarrón” ya no sea considerado “lenguaje común”.

Son solo tres ejemplos de estos primeros días de diciembre. Me ahorro comentar las consignas, entre procaces y patéticas, que han exhibido los ultras concentrados en manadas ante las sedes del PSOE. Con la turbadora referencia internacional de un personaje como Donald Trump, la mentira, el odio y el desprecio se presentan para ciertos espectros ideológicos como cualidades patrióticas. En lo que cabría describir como la base protofascista de la que se alimenta la extrema derecha española abundan las mentalidades que -en términos de psicopatología política, podríamos decir- apenas han superado la fase anal. Si puedo soltar “puta” o maricón“, si puedo insultar al adversario como si estuviese en el bar, parecen pensar, exhibo mi compromiso con los valores de la nación y la defensa de mi libertad. Cualquier amago de deliberación pública, que pasa por el reconocimiento del interlocutor, queda descartado tras unas pulsiones estancadas en la etapa del ”caca, culo, pedo, pis“. Ante ello, la izquierda se escandaliza, la pérdida de calidad democrática se agrava y los conservadores, esa ”gente de bien“ de la que ha hablado Alberto Núñez Feijóo, hacen oídos sordos a un fenómeno de cuyos inductores son socios sus representantes en las instituciones.

Llevar la contraria y socavar la corrección política parecen ser las bases de la disposición mental de cierta ultraderecha, que algunos de sus apóstoles más conspicuos presentan como una forma novedosa de contestación a lo establecido, una especie de rebelión o de disrupción de la que formaría parte esa escatología elemental. Sin embargo, el fascismo fue “vanguardista” una vez, con los resultados trágicos que la historia nos recuerda. Ahora, sin sofisticación alguna, la pose resulta tan grotesca como paródica, ya que, en cuanto la agitación gestual aterriza en un programa o cuaja en una administración, lo que asoma es el autoritarismo posdemocrático, la oscura idiosincrasia totalitaria, un formato reciclado de la vieja reacción.