Hay que venir al Sur
Las mujeres ya no lloran, las mujeres estudian
Son las 07:30 de la mañana y el sol empieza a iluminar los cultivos en la región del Gorgol, al suroeste de Mauritania. Halima, de 11 años, lleva ya un rato despierta y como cada mañana camina sola hacia la escuela. Este año terminará la primaria, aunque es probable que pronto dejemos de verla en clase. Hace unas semanas, su padre le dijo que debería empezar a prepararse para el matrimonio, tal y como hicieron sus hermanas mayores, abandonando su sueño de llegar a la universidad. Aunque ella se ha negado a dejar la escuela, su familia sigue pensando que su futuro como mujer está en el hogar junto a su marido y no en el pupitre de una universidad.
La historia de Halima no es un caso aislado. La alfabetización y la educación de las mujeres es un tema prioritario para que las sociedades avancen, pero en Mauritania y muchos otros territorios del mundo, sigue siendo una asignatura pendiente.
Uno de los principales obstáculos que encontramos en Mauritania es el matrimonio precoz. Con frecuencia, las niñas contraen matrimonio a una edad muy temprana o asumen responsabilidades de cuidados dentro de la familia, a veces incluso antes de terminar la educación básica.
También existen percepciones culturales profundamente arraigadas que limitan el acceso de las niñas a la educación. En algunos entornos, aún se considera que el lugar principal de la mujer está en el hogar y es una idea que se inculca a las niñas desde pequeñas. Así, incluso cuando una niña muestra interés por la escuela y desea continuar sus estudios, puede verse desanimada por su entorno o por la presión social. Otras pierden poco a poco la confianza en sus capacidades para seguir una trayectoria educativa.
Sin embargo, en los últimos años empezamos a observar pequeños cambios que dan lugar a la esperanza. En las zonas rurales, las mujeres se están organizando para liderar proyectos y cooperativas agrícolas que dan el sustento económico a las familias y que contribuyen a su independencia económica. Y es en el seno de estas cooperativas, donde se hacen imprescindibles las formaciones prácticas que impulsan en paralelo cierto grado de alfabetización. Es el caso de cientos de mujeres que han pasado por los cursos que organizamos junto a organizaciones como ActionAid, L’Association Mauritanienne pour l’Auto Développement, ONG GLOBE o Save The Children.
Por otro lado, en las zonas urbanas, cada vez más padres toman conciencia de la importancia de la educación para las niñas y empiezan a animar a sus hijas a continuar sus estudios. Esta evolución se refleja en el creciente número de jóvenes que desean seguir estudiando o que acceden a cursos de formación profesional. Aunque están lejos de ser la norma, estos ejemplos muestran que el cambio es posible cuando las familias y las comunidades apoyan la educación de las niñas.
De hecho, las más jóvenes están consiguiendo algo histórico: romper la brecha de la alfabetización, llegando por fin a un nivel similar al de los hombres jóvenes. Según los datos de la UNESCO, la tasa de alfabetización en mujeres jóvenes en 2022 era de un 75,03% frente al 77,92% de los hombres jóvenes, una diferencia que se ha reducido en más de 10 puntos en las dos últimas décadas.
Pero todavía queda mucho por hacer. Es fundamental sensibilizar aún más a las comunidades sobre la importancia de la educación. Las autoridades públicas, las organizaciones de la sociedad civil y los socios de desarrollo también tienen un papel importante para promover la igualdad de acceso a la educación y la alfabetización.
Porque fomentar la educación de las mujeres no significa únicamente permitir que las niñas vayan a la escuela. Implica crear un entorno favorable en el que puedan aprender, expresarse y desarrollar su potencial sin verse limitadas por barreras sociales o culturales. Porque invertir en la educación de las niñas es una de las formas más eficaces de construir un futuro más justo, más equitativo y más próspero para toda la comunidad.