Parásitos que te chupan la vida
Trabajo en una fundación del sector público local en la que, además, soy delegado sindical por Intersindical Valenciana. Una plantilla relativamente joven (en promedio, por debajo de los cincuenta años), con buen nivel de capacitación y con salarios dignos (en promedio, por encima de los 40.000 euros brutos anuales; el salario medio anual según los últimos datos del INE se sitúa alrededor de los 28.000 € brutos anuales).
En las próximas mesas de negociación vamos a abordar la revisión de las tablas salariales y, aprovechando la circunstancia, he hecho una consulta anónima entre mis compañeros y compañeras en la que les preguntaba: si pudieras elegir, ¿qué preferirías? una mejora salarial (o sea, cobrar más) o una reducción de la jornada laboral (trabajar menos horas manteniendo el sueldo).
Una mayoría amplia de mis compañeros y compañeras han elegido la mejora salarial. Algunas de esas personas (probablemente porque son conscientes de que soy un firme defensor de la reducción de la jornada laboral) se han acercado a darme unas explicaciones que no tenían por qué darme, pero que agradezco. Por la muestra de confianza que implica, y porque me ayuda a entender mejor el resultado de la consulta.
La mayoría de sus explicaciones comenzaban con unas palabras similares: yo preferiría trabajar menos, pero tal y como está “lo de la vivienda”... que luego completaban con otras que aludían a su situación personal: nos han subido el alquiler, quiero ahorrar para ver si algún día puedo comprar algo, a mi edad no quiero tener que compartir piso,...
Después de eso, llego a casa y mientras curioseo un rato las redes sociales, se me cuela el anuncio de un parásito que ofrece un curso en el que te enseña como conseguir en cinco años vivir de “ingresos pasivos inmobiliarios”. O sea, cómo convertirte en otro parásito como él.
Utilizo la palabra parásito a conciencia. Según la RAE un parásito es un organismo que vive a costa de otro, alimentándose de él y depauperándolo sin llegar a matarlo. O dicho de una persona, la que vive a costa ajena.
Y eso son exactamente los rentistas, los que viven de los “ingresos pasivos inmobiliarios”. Parásitos que viven, no a costa de tu dinero, del que consigues trabajando todos los días. Es mucho peor. Viven a costa de tu tiempo. Porque eso es tu salario: el dinero que recibes a cambio del tiempo que dedicas a trabajar. Tiempo que no dedicas a cocinar despacio, no para alimentarte sino para disfrutar de los sabores y los olores; a cuidar de la gente a la que quieres sin mirar el reloj; a leerle un cuento a tu hija (si es que te puedes plantear tener hijos, después de restarle a tu salario lo que dedicas a tu vivienda); a leer sin tener que hacerlo por la noche en la cama cuando se te cierran los ojos; a caminar sin un destino fijo, que es la mejor manera de caminar; a llamar a ese colega con el que hace tiempo que no te tomas un vino porque nunca encuentras el momento; a escuchar música sin hacer otra cosa a la vez, como si fuera un acto completo; a aburrirte, sin duda la mejor manera de que surjan nuevas ideas; a aprender algo que no esté orientado a mejorar tu productividad o tu posicionamiento en el mercado laboral: tocar un instrumento, dibujar, reconocer las constelaciones aunque no lo vayas a necesitar para orientarte, leer poesía en voz alta sin que te de vergüenza; a escribir cartas a mano e imaginar la sonrisa de quien la va a recibir cuando abra el buzón; a disfrutar del sexo sin prisas; a rascarte la barriga tumbado en el sofá hasta conseguir no pensar en nada. En definitiva, a vivir.
Y si me permites una pequeña dosis de proselitismo… tal vez también a afiliarte a un sindicato de clase y dedicarle un tiempo a organizarte con otras y otros para mejorar tus condiciones laborales. O a un sindicato de inquilinas e inquilinos para conseguir que cambien las condiciones que permiten que esos parásitos que viven de las rentas pasivas inmobiliarias nos sigan chupando la vida. O a una asociación ecologista para pelear para que el cambio climático no termine achicharrándonos. O a una asociación de vecinos y construir condiciones para que un solar abandonado se convierta en un huerto urbano. O a un club de lectura, o a una Falla, o a una comunidad energética local. Incluso a un partido político. Tal vez, esto de afiliarte a un partido político te haya resultado menos sexy. Probablemente porque gente como esos parásitos que nos chupan la vida, y otros con los que comparten intereses, nos repiten una y otra vez que todos los políticos son iguales.
Cuando leas esta columna, se habrá votado en el Congreso de los Diputados la convalidación del Decreto Ley de congelación de los precios de alquiler. Si todavía no te animas a afiliarte a un partido político, al menos, la próxima vez que vayas a votar, piensa que algunas papeletas representan los intereses de esos parásitos que te chupan el tiempo de vida.