València se ha convertido en una ciudad hostil
Hace unas semanas València presentaba su nuevo lema institucional, “Cap i casal”, porque, en palabras de la alcaldesa María José Catalá, “es capital que lidera y es casa que acoge”. Nada más lejos de la realidad: València se ha convertido en una ciudad sin liderazgo en su área metropolitana y que expulsa a muchos vecinos. El lema adecuado para la situación actual sería más bien “Cap a altra casa!”.
Una expulsión transversal que afecta a todos los sectores de la sociedad y que permea en el día a día de una València que ha dejado de lado su papel de capital de un reino, país, provincia o comunidad para convertirse en sucursal. Sirva de ejemplo ese tren fallero que acercaba a la mascletà a miles de valencianos de “la contornà” y que ahora, por petición del Ayuntamiento, ya no llegará a la ciudad entre las 13 y las 15 horas. Sí lo harán aviones, AVE, autobuses de larga distancia y todo aquello que traiga turistas desde cualquier parte del mundo, especialmente desde Madrid, que genera el mayor flujo de viajeros durante las Fallas.
Molestan “los del pueblo”, aquellos “de rodalies” que acuden cada año a la mascletà o a trabajar, pero también los propios vecinos que ahora residen en l’Horta o la Ribera y que vuelven a la que es -en muchos casos- su ciudad. Expulsados como han sido por alquileres abusivos, por la imposibilidad de comprar un piso en su barrio o por cuestiones laborales. Y que durante los días festivos regresan a casa en peregrinación fallera y causan aglomeraciones incómodas, según los dirigentes de su capital.
No molestan, en cambio, los turistas, ni siquiera quienes acuden a València para hacer turismo pirotécnico y explotan artefactos ilegales. En vez de una tasa turística, vigilancia y multas, reciben un “welcome” y una mirada hacia otro lado como bienvenida. De ahí que no se clausuren apartamentos turísticos ilegales ni se imponga el famoso euro por pernoctación para sufragar el ingente gasto en limpieza que generan, con sus residuos, los propios turistas. Mejor que paguen los locales: “colonitzats vos saluden”, que canta Zoo.
El tren fallero ha sido la última muestra de la hostilidad creciente hacia gran parte de la sociedad, en este caso hacia la periferia. Esa que representa el campo, los llauros y la tira de contar presente en mercados municipales por obra y gracia de Jaume I. “Ya no se venden bragas en la Plaza del Ayuntamiento”, proclamaba con alegría -y clasismo- el nuevo gobierno municipal. Símbolo, esas bragas, del mal gusto para quienes prefieren la plaza vacía antes que la plaza llena de productos de proximidad. Ya sean calcetines, naranjas, cassoles de fang o ropa interior. Ya no hay bragas, pero tampoco hay bancos arcoíris. La Plaza del Llibre -sus libros en valenciano molestan- se expulsó, como se ha expulsado a la tira de contar y a la música en directo.
Animadversión hacia la diversidad que empezó eliminando banderas el día del orgullo bajo la excusa saducea de que no se cuelgan banderas “en el día del ELA o del Alzheimer”. ¿Acaso existen esas banderas? ¿Acaso son colectivos perseguidos? El argumento es tan goebbeliano que asusta y dibuja esa línea de sinrazón que impregna València de odio. Los bancos arcoíris molestan y se pintan de nuevo de color madera. Y con los Gay Games -económicamente hiper rentables- a la vuelta de la esquina, organizándose de espaldas a los participantes y al colectivo Lambda.
Además de los “pueblerinos”, los mercadillos, los agricultores y el colectivo LGTBI+, molesta cualquier expresión en lengua autóctona -ejemplo de autoodio de manual-. De ahí la reducción del valenciano en la cartelería municipal, el idioma que hace 100 años hablaba como primera lengua más del 80% de la población y que ahora queda supeditado a mera anécdota en las intervenciones de nuestros gobernantes. Cuyo afán destructor de la tradición parece decidido a hacerlo desaparecer de la señalética, de sus discursos y de la publicidad institucional. Pero no solo eso: también cualquier expresión musical en lengua propia. Aunque el tema musical va más allá de la música cantada en valenciano.
Por extraño que parezca, la música de las bandas municipales desaparece de desfiles, actos y cabalgatas como la de Reyes. Ya no es solo la música en valenciano, que ha desaparecido desde hace tres años de la Fira de Juliol, rebautizada con el nombre taurino de Feria de Julio. Nombre que refleja mucho mejor lo que allí se muestra: un ninguneo absoluto a cualquier expresión musical que se cante en valenciano. De hecho, las plazas que otrora se convertían en escenarios gratuitos de música de todo tipo en directo se han silenciado. Ni la plaza del Ayuntamiento ni la de la Reina acogen ya ningún concierto: la cultura también molesta o, al menos, no se patrocina ni se fomenta; se deja todo a merced de los promotores privados.
Molesta la cultura popular, aquella que congregaba a miles de jóvenes en espacios públicos como el CCCC, que ha pasado de referente a intrascendente. Molestaba en la sala Repvblicca -esta sita al otro lado del río, en Mislata-, que se atrevía a programar música en valenciano, incluso de grupos catalanes -qué desfachatez-, y fue castigada por ello, en este caso por el Ayuntamiento de Mislata con un expediente que está actualmente judicializado.
Pero la lengua y la música no son los únicos damnificados. El diseño de la cartelería urbana, en muchos casos víctima de la IA, supone otro de esos desprecios, menos tangibles, hacia la que otrora fue Capital del Diseño. Esa capitalidad fue una oportunidad perdida para una ciudad que parece querer alejarse de ese reconocimiento con un diseño cada vez más vulgar.
No molestan -eso hay que reconocerlo- ni las carpas falleras ni sus verbenas, hasta 12 durante las fiestas. Focos, música, petardos, cortes de calles… que generan mucha controversia entre el vecindario y dividen a la población entre falleros y antifalleros. La convivencia se rompe con una permisividad excesiva y el “conmigo o contra mí” sirve de nuevo como método de expulsión, en este caso en forma de éxodo durante las fiestas grandes de la ciudad.
Un patrimonio inmaterial de la humanidad, las fallas, que parece evitar ser patrimonio de gran parte de su propia ciudadanía. En este punto, un poco más de ayuda a los artistas falleros que abandonan en masa la Ciudad Fallera sería de agradecer. Como también lo serían medidas que protejan el negocio tradicional en una ciudad que cada mes pierde decenas de tiendas históricas para dejar paso a franquicias impersonales. Con el beneplácito, oneroso, de algunas asociaciones o colectivos fracturados por la connivencia de sus directivas con quienes no hacen nada para evitar su destrucción.
Tampoco molestan los coches, ni siquiera en plazas y calles peatonales donde cada vez más vecinos aparcan sus vehículos sin temor a las multas. Allí donde los niños jugaban al fútbol hace un par de años, ahora están esquivando coches mal aparcados o han aparecido nuevas terrazas.
De hecho, hace unos meses, en el cancelado programa de Nacho Cotino en À Punt, Va de Bo, el empresario Ángel Brandez manifestaba esa realidad paralela: “La plaza de la Reina es poco más que un campo de fútbol, cuando debería llenarse de terrazas para los turistas”. Y se ve que le han hecho caso. De nuevo el pensamiento colonialista que prescinde del vecino, del niño que “molesta” con su patinete o su balón, para ceder el espacio público al turista y a la explotación comercial privada. El “de fora vindran que de casa ens trauran”, tan repetido, y que ahora más que nunca se ha materializado. De hecho, hay sitios donde no es que no te entiendan cuando hablas en valenciano, es que ni siquiera ya te entienden en castellano. Una realidad global que ha llegado a València en otro síntoma más de la hostilidad de la ciudad hacia muchos de sus conciudadanos.
No podemos obviar que el precio de la vivienda sirve de detonante para que esa fuga -o sustitución- se consolide de forma transversal en todos los barrios. Pero, más allá de esa realidad, València ha dejado de ser la ciudad amable, la capital que acogía a los vecinos del área metropolitana, para ser un espacio hostil. El transporte público, lento, insuficiente y aglomerado tampoco ayuda. El deseo de tener más y más turistas, hubs tecnológicos, hoteles y residencias -materializado en la negativa a acudir al derecho de tanteo para comprar edificios de viviendas- es un mensaje más. Nada de vivienda pública protegida: es mucho más rentable el visitante ocasional o repartir las VPO entre amigos y familiares. Y en esas estamos: haciendo proyectos en contra de los vecinos, como el boulevard Federico García Lorca; perdiendo millonadas en subvenciones europeas por no querer implantar la zona de bajas emisiones y fomentando una ciudad con el aire cada vez más contaminado.
Cierre de albergues municipales, tala masiva de árboles como el emblemático de Pérez Galdós, exclusión de las asociaciones vecinales de cualquier decisión -como la reforma de los jardines de Parcent-, el cierre de la oficina antidesahucios para crear la oficina antiokupas (un fracaso). Y ese intangible que siempre se comenta sin que se pueda medir con certeza: “València está más sucia que nunca”.
La percepción de limpieza es subjetiva; el aumento del precio del agua, del tráfico rodado y de la contaminación que ello conlleva es, en cambio, mucho más objetivable. Por tanto, más sucia no lo sé, pero sí más impersonal, más excluyente, más centrada en satisfacer al turista que al vecino, más ajena y distante con su extrarradio y menos “Cap i casal”. Afirmaba Sènior, cantautor local, sobre València: “tens el cor de formigó”, en unos versos que han resultado ser un profecía demasiado dura de digerir para sus habitantes.