Discos Harmony, La Greta o el Horno Lourdes: avalancha de cierres de negocios históricos por la presión de los alquileres
- La València que se vislumbra, cada vez más impersonal y anodina, enraiza perfectamente con ese meninfotisme crónico del que tanto se ha tachado al pueblo valenciano
- — Un fondo que desalojó dos edificios y una escuela infantil en València arranca los trabajos para convertirlos en hotel
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El cierre de Discos Harmony, cuyo contrato de alquiler expira el 31 de octubre, es el último de una larga y continua serie de persianas bajadas. La histórica tienda de música, que llevaba en su ubicación actual desde 1985, cerró sin avisar, tras 47 años recomendando escuchas y vendiendo entradas de conciertos. Un alquiler que se multiplicaba abocó a Víctor a la jubilación, y muy pronto donde antes sonaba jazz y rock & roll, sonarán las freidoras de un Popeye’s (dicen), o algún negocio similar. Los melómanos todavía pueden disfrutar de Discos Oldies, que salvó el match ball y tiene una segunda y renovada vida, o de otros negocios musicales históricos como Discos Amsterdam o Cha Cha Cha. Aun así, llama la atención que en pleno auge del vinilo y el coleccionismo cierre un negocio de esos considerados míticos, cuya huella en la València musical es mayor de lo que parece.
La nostalgia no llena la caja registradora, la venta online se ceba con el pequeño comercio y los alquileres crecen mucho más rápido que la facturación. Es habitual en la hostelería que haya mucha rotación, con un público deseoso de probar la novedad. Aun así, aquellos que sobreviven y superan la decena de años, o la veintena como el restaurante La Greta, también traspasado recientemente, causan un tremendo vacío cuando dicen adiós. En este caso habrá una nueva oferta hostelera en ese local que hace algo más de 20 años puso de moda la veganesa, el taboulé y diversos platos vegetarianos para compartir, en una ciudad carente entonces de buenas opciones veganas. El alquiler del local, se había convertido en inasumible.
Precisamente, otro vegetariano ubicado a apenas 100 metros de La Greta, el desaparecido Ana Eva, estaba en ese famoso edificio de la calle Turia donde un fondo de inversión francés construye un hotel de lujo con vistas al Jardí Botànic. Fruto de esa especulación, nada más comprar los dos edificios, cerraron el vegetariano del bajo, l’escoleta del barrio del bajo adyacente y expulsaron a 33 familias. Ahora, 6 años después, han empezado las obras para desgracia de las palmeras que allí crecían.
La calle Turia representa muy bien los cambios que vive la ciudad, ya que ha pasado a tener decenas de locales cerrados tras la crisis de 2008, a albergar una librería ucraniana, un café donde acariciar gatos, cafeterías de especialidad, estudio de pilates, coworking, centro de meditación y un edificio entero repleto de bajos reconvertidos en apartamentos turísticos tipo jaula. Incluso albergó de manera efímera la sede local de Podemos. En cambio, cerró el histórico Horno de San José, el videoclub Versión Original, que ahora es una barbería, y el bar La Malaquita, que afortunadamente ahora tiene una nueva vida cultural y gastronómica en La Libre.
Siguiendo con la hostelería, coetáneo de La Greta era el restaurante IO, otro de esos negocios que cambiaron de mano tras marcar época con una oferta única, muy diferente del resto en la calle Alta y del barrio del Carmen. Un poco más tarde, y ahora ubicado en Guillem de Castro, abrió el Café Marte, que, tras 17 años y también como resultado del aumento del precio de la vivienda, ha cambiado recientemente de propietarios. Y la pregunta que me hacía un vecino, habitual de esa terraza frente a las Torres de Quart, se repite en muchas nuevas aperturas. ¿Pasará el café con leche de 1,5 € a 3 € con la nueva propiedad? Es bastante probable, y en este sentido habrá que ver si la burbuja del café de especialidad sufrirá el mismo pinchazo que los negocios de vapers o, por contra, se convertirá en la nueva normalidad.
Volviendo al Harmony, menos lágrimas se derramarán por otros dos negocios, también del pasaje Doctor Serra, que tienen los días contados como los tuvo aquel precioso cartel de Peletería Úbeda que presidía su entrada. La zapatería Exprés ha colgado ya el cartel de «se traspasa» en la vitrina y evidencia de que cada vez son más escasos esos zapateros que duplican llaves y agujerean cinturones. Y la tienda de ropa esquinera, estos días liquida sus últimos Levi’s mientras decenas de personas pasean por su puerta cargadas con bolsas del Primark. En los negocios de telas, ropa de cama, peleterías, zapaterías o mercerías la sangría es imparable, y por mucha especialización que haya, como ha pasado en Pitarch, la desaparecida última cordelería de la ciudad, la supervivencia nunca está asegurada.
Los lugares donde has sido feliz, como aquella añorada Pirámide Musical de Nuevo Centro, o como Hobby Centro, un paraíso de juguetes clásicos y modelismo, adquieren un aura especial. Sin necesidad de farmear. Y los cambios afectan tanto a los negocios de lujo que abandonan la milla de oro, como a tiendas más asequibles como Galerías Martín, que también nos abandonó definitivamente, en su ubicación ruzafera, a principios de mes. Algunos tal vez cambien a mejor, o se reinventen como el Mas Masiá de la Plaza de la Merced que acogía hace poco una feria del queso. Otros muchos en cambio perderán su carácter familiar, único y diferencial para convertirse en otra franquicia más de quita y pon.
En este sentido, pienso en el café bar Pegaso, que ha pasado de tener una preciosa barra de mármol a albergar una cafetería insípida decorada por algún enemigo del buen gusto. O en la Mantequería Mossi, que ahora es una cafetería de especialidad de estilo minimal y tostadas de aguacate. Pero bueno, para gustos tapicerías, o cafeterías, que se han multiplicado en los últimos años hasta convertirse en oficinas improvisadas, alternativa ligera a los clásicos almuerzos y sustitutos azucarados de las pastelerías tradicionales.
El tema de los hornos y pastelerías es otro melón por abrir… o por cerrar. Mucho se habló de San Nicolás, el horno más antiguo de València, y su reconversión en cafetería de especialidad. Otro muy cercano, el horno Lourdes del carrer dels Cavallers, también busca nuevos inquilinos. Una pérdida enorme para una zona donde cada vez hay menos hornos artesanales. De hecho, un 10 % de los hornos tradicionales cierra cada año, y aunque también hay nuevas aperturas de hornos que cuidan el producto, como Aspai. El horno tradicional valenciano está convirtiéndose en una especie en extinción.
La València que se vislumbra, cada vez más impersonal y anodina, enraiza perfectamente con ese meninfotisme crónico del que tanto se ha tachado al pueblo valenciano. Los cierres y aperturas evidencian que la capital está viva y en movimiento, otra cosa es que palpite. El sucursalismo actual, visible en la anulación municipal de cualquier atisbo de identidad propia, nos hace ser cada vez más intrascendentes. Un Terra Nullius que permea en los negocios, en la cultura, en el paisaje y en la ausencia de sentimiento de pertenencia. Lugares que ya no reconocemos como nuestros porque podrían ser de cualquier ciudad, y que nos hunden en la añoranza de una València vibrante.