Más allá del arroz blanco: tres recetas nutritivas y sabrosas que puedes preparar con tu arrocera
Hay un electrodoméstico que casi todas las cocinas españolas han incorporado en última década sin hacer demasiado ruido. No tiene la épica de la freidora de aire ni el aura de los robots de cocina, pero ahí sigue, en la encimera o en el armario esperando su turno: la arrocera. La compramos para una cuestión muy concreta, que es que el arroz salga suelto, en su punto, sin necesidad de vigilarlo y, cumplida esa misión, muchas veces se queda hibernando el resto del año. Es un desperdicio porque una arrocera es, en el fondo, una olla de cocción lenta con superpoderes, ya que mantiene una temperatura constante, no necesita supervisión y perdona errores de cálculo que ninguna sartén ofrece.
La arrocera vive un pequeño renacimiento como herramienta multiuso: se cuecen legumbres, se hacen guisos, se preparan avenas de desayuno e incluso bizcochos. Si el aparato puede mantener una temperatura estable durante el tiempo necesario para que el almidón de arroz se hidrate correctamente, puede hacer lo mismo con cualquier otro ingrediente que necesite cocción húmeda y constante. Aquí van tres recetas que aprovechan justo eso, pensadas para quien quiera sacarle todo el partido a un electrodoméstico que suele estar infrautilizado.
Arroz caldoso de setas y puerro
La primera reivindicación es la más obvia: la propia arrocera puede hacer mucho más que arroz blanco simple. Un caldoso de setas es la prueba perfecta porque normalmente exige atención constante en la cocina de gas —remover, vigilar que no se pegue, corregir el punto de caldo– y con la arrocera desaparece casi todo ese trabajo.
Se sofríen en la propia cubeta, si el modelo lo permite, o en una sartén aparte, un puerro y una cebolla bien picados con un chorro de aceite de oliva. Cuando estén transparentes, se añaden las setas —una mezcla de champiñón y alguna variedad más aromática, como shiitake, y se dejan coger algo de color. Se incorpora el arroz, se remueve un par de minutos para que se impregne de los sabores y se traslada todo a la arrocera, cubriendo con caldo de verduras o pollo en una proporción algo mayor que la habitual, ya que buscamos textura caldosa, no seca. Una pizca de pimentón dulce y un par de ramas de tomillo terminan de redondearlo. Se enciende el programa normal de cocción y, mientras tanto, no hay más nada que hacer. El resultado es un arroz meloso, con el punto justo de caldo, que en la cocina tradicional habría exigido remover sin parar durante veinte minutos.
Avena nocturna con manzana y canela
Aquí es donde la arrocera empieza a demostrar que puede ir mucho más allá de las comidas saladas. La avena cocida a fuego lento gana muchísimo cuando se le da tiempo y calor constante, algo que la arrocera ofrece sin que nadie tenga que madrugar para vigilarla.
La proporción aproximada es una parte de avena por tres de líquido, que puede ser leche, bebida vegetal o una mezcla de ambas con agua. Se añade una manzana troceada en dados pequeños, una cucharadita de canela en polvo y, para quien le guste un extra de dulzor natural, unos dátiles picados o una cucharada de miel. Todo se mezcla en la cubeta de la arrocera y se selecciona el modo de mantenimiento de calor, nunca el de cocción rápida a máxima potencia porque lo que se busca es una cocción suave y prolongada, similar a la de una olla de barro.
Dejada toda la noche, por la mañana la avena está cremosa y la manzana casi deshecha. Es una receta que ha ganado popularidad entre quienes preparan su comida con antelación para toda la semana porque se multiplica sin esfuerzo y se conserva bien en la nevera durante varios días.
Lentejas guisadas con chorizo y zanahoria
El tercer terreno donde la arrocera sorprende es el de las legumbres, un tipo de cocción que, en teoría, exige más tiempo y control, pero que en la práctica se adapta perfectamente a un aparato pensado para mantener el calor de forma homogénea. Las lentejas, en concreto, son agradecidas porque no necesitan remojo previo y absorben bien los sabores que las acompañan.
Se empieza sofriendo en la cubeta —o en una sartén, si se prefiere transferir después—, un poco de chorizo en rodajas, junto con cebolla, zanahoria y un diente de ajo picados. Cuando el chorizo suelta su grasa y color, se añaden las lentejas crudas, un par de hojas de laurel y agua o caldo en cantidad generosa, calculando algo más del doble del volumen de las lentejas. Se activa el programa de cocción normal y, si el modelo de la arrocera lo permite, se repite el ciclo una segunda vez, ya que las legumbres suelen necesitar más tiempo que el arroz para quedar en su punto.
La clave está en comprobar la textura antes de dar por terminada la cocción: si siguen duras, un ciclo adicional con algo más de líquido resuelve el problema sin necesidad de trasladar a otra olla. El resultado es un guiso reconfortante, con la zanahoria deshecha aportando dulzor y el chorizo perfumando todo el conjunto, conseguido sin ensuciar más que un solo recipiente.