ANÁLISIS
Lo que destapa la retirada de una invitación a Ariana Harwicz por su negación del genocidio palestino
La retirada de la invitación a Ariana Harwicz —escritora argentina de origen judío y residencia en Francia—, de unas jornadas que se celebran en la Universidad de Granada estos días, es el ejemplo perfecto para seguir explicando cómo reacciona la cultura, con sus estructuras, ideologías, posicionamiento y capacidad no solo de decir sino de hacer, ante la tragedia más sangrienta de nuestros días, el genocidio sobre el pueblo palestino.
Harwicz lleva tiempo haciendo activismo —textos públicos y cartas privadas— contra lo que ella considera boicot u “hostilidad chic” por parte de los intelectuales hacia Israel, como explicó en este artículo de 2025. Ese mismo verano, publicó un mensaje en X que es quizá lo más citado de ella: “Les angustia terriblemente que no haya genocidio. Lo desean, desean que haya genocidio para confirmar su odio a Israel”. Once días después, la Comisión Internacional de Investigación de la ONU reafirmó que la masacre de Gaza es un genocidio.
Y siguiendo esta línea de opinión, denunciando lo que ella llama cultura del acoso y listas negras en festivales, ha transitado la autora este último año, desde que se estrenó en Cannes la adaptación de su célebre Matate amor (Lengua de Trapo), con Jennifer Lawrence y Robert Pattinson. Una novela, por cierto, que me gustó mucho, así como Perder el juicio (Anagrama), que leí recientemente. Son obras que no hablan de este tema que parece obsesionar tanto a Harwicz (la pobreza intelectual, la cultura de la cancelación, la imposibilidad de la disidencia, según ella) sino de los sentimientos llevados al extremo, a la violencia incluso. Tiene, en cambio, un ensayo dedicado a la moralidad publicado por Gatopardo, El ruido de una época, que no he leído y que no sé si habla explícitamente de Israel, pero por las citas aparecidas parece que defiende una escritura que ofenda.
La conferencia de esta autora en el festival Cultura Ahl llevaba por título “Oponerse al mundo”. El evento había organizado un buen cartel, la verdad, con nombres como Lina Meruane, Gabriela Cabezón Cámara, Ángelo Néstore, Gabriela Wiener, Juan Villoro, Silvia Federici, Sabina Urraca, Sita Segato, Remedios Zafra o John Banville. Pero este último ya no estará, pues ha cancelado su participación —el único que lo ha hecho— tras la expulsión de Harwicz. Banville también ha defendido al Estado de Israel en su guerra en Gaza.
Fue una carta de la Red Universitaria por Palestina de Granada dirigida a la organización lo que motivó la decisión de retirar la invitación a la escritora argentina, aunque la razón que le dio fue no poder garantizar su seguridad. Según una portavoz de aquel colectivo estudiantil, las organizadoras les respondieron que no estaban al tanto de las opiniones de Harwicz. Tomaron una decisión que fue rápidamente contestada por la Universidad de Granada, que no la compartió: “Una universidad pública debe ser un espacio abierto al pensamiento crítico, al contraste de ideas y a la expresión de posiciones plurales, también cuando estas resultan discrepantes o controvertidas”.
En ese punto, ya estaban las cartas sobre la mesa para establecer el debate, más o menos con las mismas preguntas de siempre: ¿qué decide uno poner por encima de sus actos, sus propios principios o la libertad de expresión de las ideas que no comparte?
La respuesta requiere ser meditada, pero la resolución a ese conflicto ético suele tener que ver con la inspección del lugar desde el que se habla. No es lo mismo invitar a un sionista a comer a casa que hacerlo a un programa de debate en la televisión pública, por ejemplo.
En el siguiente capítulo de esta historia llegan los manifiestos y los posicionamientos: hay que elegir bando.
Federici, Urraca, Wiener, Meruane, Segato, Néstore, María Fernanda Ampuero y Brenda Navarro escribieron un comunicado con su posición común: entendían la “provocadora exploración de la complejidad humana” de la obra de Harwicz, pero “eso no está en cuestión”, señalaban. “Lo que sí está en cuestión es si tiene algún valor y es éticamente correcto compartir un espacio público” con la persona que “niega el genocidio”, “injuria” a los que se oponen “al proyecto de aniquilación de todo ese pueblo” y “avala el exterminio”. Como decíamos antes, lo central es el lugar desde el que se habla.
“Criticamos posicionamientos públicos, no identidades”, decían estas autoras, citando a la Red Universitaria por Palestina. Ariana Harwicz no lo ve así: “No me desprogramaron por mis ideas, eso es el eufemismo actual y es falso. Me desprograman por judía para convertirme en paria”, dijo la autora en una entrevista en El País.
Lo que Harwicz llama persecución y “extorsión ideológica” es para las autoras citadas poner un límite a la libertad de expresión cuando se convierte en negacionismo, ya que negar el genocidio —como negar el Holocausto— lo legitima y le concede a esa persona complicidad con esas ideas.
Como suele ocurrir, tras este manifiesto llegó un contramanifiesto. Promovido por el jefe de Cultura del diario ABC, Jesús Calero, y por la escritora y periodista argentina Cecilia Szperling, una carta con 350 firmas, entre ellas Fernando Savater, Andrés Trapiello, Piedad Bonnett, Cayetana Álvarez de Toledo, María Negroni, Santiago Roncagliolo, Fernando Iwasaki, Karina Sainz Borgo o Anna Caballé en defensa de Ariana Harwicz.
“Ningún escritor debería ser excluido de un encuentro cultural por sus posiciones públicas”, dice la carta. “La discrepancia política, por profunda que sea, no justifica la tergiversación, la descalificación personal ni la estigmatización”, añade y exige que “nadie sea apartado de la vida cultural por sostener ideas propias”.
Dos cosas sobre esto último: ¿no son propias todas las ideas? En realidad parece un eufemismo para “ideas hirientes” o “ideas ofensivas”. Y ¿está apartada Ariana Harwicz de la vida cultural al ser desinvitada a unas jornadas? Más bien parece que aquí asoman de nuevo los defensores de la “cultura de la cancelación” que nadie ha conseguido probar todavía, ni siquiera en los casos más extremos de personas acusadas de crímenes graves.
Tras aquella carta de 350 firmas, este viernes ha llegado otra de más de 500 escritores “en respaldo al posicionamiento público contra el negacionismo del genocidio palestino en espacios literarios”. Aquí encontramos que nombres como Cristina Rivera Garza, Marta Sanz, Lucrecia Martel, Rodrigo Sorogoyen, Alejandro Zambra, Camila Sosa, Rita Indiana, Fernanda Trías, Alana S. Portero, Mónica Ojeda, Dahlia de la Cerda, Andrea Abreu, Sandra Gamarra o Lydia Cacho respaldan la posición de las autoras participantes en las jornadas que aplaudieron la decisión de no invitar a Harwicz: “No vamos a dejar solas a las personas que se posicionan contra el genocidio del pueblo palestino”, dicen. Y recalcan: “Organizar un boicot pacífico no es censurar. La discusión es si nuestras instituciones culturales tienen la obligación de proporcionar escenarios, recursos, prestigio y legitimidad a cualquier posición política imaginable. Creemos que no: criticar no es censurar, protestar no es censurar”.
Cada semana estamos viendo cómo la cultura, ese artefacto que sirve para pensarnos como civilización, ha decidido marcar límites. Antes había “posiciones públicas” y “discrepancias políticas” pero, para cada vez un número más grande de pensadores y artistas, lo que hay es un reguero de más de 73.000 cadáveres de palestinos.
La cultura, como la democracia, es una colisión de derechos que hay que manejar día a día, escenario a escenario. Y, dentro de se marco, lo que de verdad nos definiría como sociedad profunda y madura con una cultura crítica y robusta no sería expulsar, sino que sería poder discutir sobre las ideas que nos parezcan incómodas, contrarias, e incluso hirientes y ofensivas, siempre que no estén ahí para alimentar la cultura del odio. Si es que eso es posible.